¿la vanidad de la plenitud o la plenitud de la vanidad?

Hablaba con ella acerca de la auto-referencia (omnipotencia) y el conocimiento.

Imaginemos a un hombre frente a un cuadro: lo mira y algo le llama la atención; le provoca, despierta, revuelve por dentro. Ese es el fundamento de la experiencia estética, pero no es pensamiento estético.  Ahora supongamos que nuestro hombre, maravillado, empieza a ir todos los días al museo a observar el mismo cuadro: conforme pasa el tiempo lo memoriza, entiende lo que le provoca, averigua del pintor, de la época, lee las críticas y los contextos de los críticos. Lee del movimiento artístico y los antecedentes filosóficos de ese movimiento. Teoriza sobre el por qué los curadores lo han puesto donde lo pusieron, etc. Con cada paso que da, se abre para él un universo de pensamiento y, tal vez, se olvida la experiencia estética (origen de todo).

Así, en un extremo el hombre tiene una experiencia interna y en el otro tiene un saber histórico, museográfico, etc. Si somos afortunados y dedicados, la ruta que nos trazamos para navegar el mundo nos llevará a conocer y, después, a la amenaza de desconocernos.

Claramente quedarnos en la auto-referencia de lo que experimentamos y creemos es tan pobre como quedarnos en la alienación de los otros discursos (aún si se trata de discursos académicos), entonces ¿Qué hacer?

¿qué más podemos decir de la “antinomia” auto-referencia (la vocación masturbatoria de la mente del amo obsesivo) VS alienación (la vocación evitativa de la mente del amo fóbico)?

No sé. Pero entretanto conviene recordar a Unamuno:

La razón es una fuerza analítica, esto es, disolvente, cuando dejando de obrar sobre la forma de las intuiciones, ya sean del instinto individual de conservación, ya del instinto social de perpetuación, obra sobre el fondo, sobre la materia misma de ellas.

La razón ordena las percepciones sensibles que nos dan el mundo material; pero cuando su análisis se ejerce sobre la realidad de las percepciones mismas, nos las disuelve y nos sume en un mundo aparencial, de sombras sin consistencia, porque la razón fuera de lo formal es nihilista, aniquiladora.

Y el mismo terrible oficio cumple cuando sacándola del suyo propio la llevamos a escudriñar las intuiciones imaginativas que nos dan el mundo espiritual.

Porque la razón aniquila y la imaginación entera, integra o totaliza; la razón por sí sola mata y la imaginación es la que la vida.

Si bien es cierto que la imaginación por sí sola, al darnos vida sin límites nos lleva a con-fundirnos con todo, y en cuanto individuos, nos mata también, nos mata por exceso de vida.

La razón, la cabeza, nos dice: ¡nada!; la imaginación, el corazón, nos dice: ¡todo!…

La razón repite: ¡vanidad de vanidades, y todo vanidad! Y la imaginación replica: ¡plenitud de plenitudes, y todo plenitud!

Y así vivimos la vanidad de la plenitud o la plenitud de la vanidad.

Las olas de la historia

Nos dice Unamuno que:

Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.

Los que viven en el mundo, en la historia -continúa Unamuno- “atados al «presente momento histórico», peloteados por las olas en la superficie del mar donde se agitan náufragos, éstos no creen más que en las tempestades y los cataclismos seguidos de calmas, éstos creen que puede interrumpirse y reanudarse la vida”. Pero la verdadera tradición no habita ahí, sino en el fondo del mar, “bajo” la historia. Hagamos caso un minuto y busquemos la tradición eterna en el fondo del presente. La tradición eterna, señala Unamuno, “es el fondo del ser del hombre mismo”, se trata del hombre, es decir, de lo que conviene buscar en nuestra alma.