¿Qué es la complejidad? (1/?)

Recientemente hablé de teoría de la complejidad y despertó mucho interés, así que me he propuesto dedicar tiempo al asunto. En un sentido, el tema de este blog ha sido la complejidad: se trata de la aproximación polivalente e imprecisa al mundo, de la lógica difusa, de la tolerancia a la incertidumbre y al “no saber”. La complejidad se viste de poética, de ensoñación y de silencio.

Empezaré con las nociones básicas y de ahí nos iremos moviendo hacia terrenos sofisticados y sorprendentes. Me acompañaré de las ideas del entrañable maestro Rolando García para construir una plataforma de lanzamiento que nos llevará -con suerte- a otros lugares.

García, citando al francés Edgar Morin (a García no le encantaba Morín, pero igual la cita es buena), señala que:

La complejidad se impone de entrada como imposibilidad de simplificar; ella surge allí donde la unidad compleja produce sus emergencias, allí donde se pierden las distinciones y claridades en las identidades y causalidades, allí donde los desórdenes y las incertidumbres perturban los fenómenos, allí donde el sujeto-observador sorprende su propio rostro en el objeto de observación, allí donde las antinomias hacen divagar el curso del razonamiento.

La complejidad emerge como obscurecimiento, desorden, incertidumbre, antinomia (…) [y] fecunda un nuevo tipo de comprensión y de explicación que es el pensamiento complejo [el cual] se forja y se desarrolla en el movimiento mismo donde un nuevo saber sobre la organización y una nueva organización del saber se nutren mutuamente.

Y contrasta su posición sobre el tema:

En nuestra concepción de los sistemas complejos, lo que está en juego es la relación entre el objeto de estudio y las disciplinas a partir de las cuales realizamos el estudio. En dicha relación, la complejidad está asociada con la imposibilidad de considerar aspectos particulares de un fenómeno, proceso o situación a partir de una disciplina específica.

En otros términos, en el “mundo real”, las situaciones y los procesos no se presentan de manera que puedan ser clasificados por su correspondencia con alguna disciplina en particular. En ese sentido, podemos hablar de una realidad compleja. Un sistema complejo es una representación de un recorte de esa realidad, conceptualizado como una totalidad organizada (de ahí la denominación de sistema), en la cual los elementos no son “separables” y, por tanto, no pueden ser estudiados aisladamente.

Aunque estas dos caracterizaciones parecen distintas, podemos conectarlas si observamos que Morín resaltó algo importante acerca de los sistemas complejos, la emergencia.

Para entender mejor esto, consideremos que pensar un fenómeno físico es poder explicarlo (con una mejor o peor explicación) y, en los mejores casos, poder modelarlo (con modelos más o menos sofisticados), esto implica que cuando nosotros hablamos de un fenómeno físico lo hacemos “desde” el lugar de la explicación y la modelación. Así, un fenómeno puede ser desconocido, trivial, inexplicable o explicado (ojo, inexplicable no es sobrenatural, es inexplicable). En la explicación que uno da del mundo se juega todo lo que uno es (mentalmente, culturalmente, históricamente, etc.) Hablar del mundo es hablar desde la perspectiva de la explicación (nuestra explicación), de modo que las narrativas del mundo son explicaciones, aunque no lo parezcan.

Regresando a nuestro asunto, todo lo que decimos de un fenómeno es dicho desde el lugar de la explicación (en este sentido amplio que acabo de proponer) y para explicar nos valemos de todo tipo de artificios y marcos de referencia, que economizan las discusiones y permiten elaborar explicaciones que tienen la ventaja de ser acotadas y sofisticadas. Por ejemplo, cuando un científico da una explicación desde la “mecánica clásica”, ya nos avisó cómo se debe descodificar su narrativa (hacer caso omiso de esto podría ser un indicativo de ignorancia y necedad).

Dentro de nuestros artificios preferidos, aparece el concepto “sistema”, usamos ‘sistema’ para referirnos a fenómenos más o menos sofisticados, que nos interesa caracterizar. Ogata señala que un sistema es una combinación de componentes que actúan conjuntamente para alcanzar un objetivo específico y un componente es una unidad particular en su función en un sistema. De ninguna manera limitado a los sistemas físicos -continúa Ogata- el concepto de sistema se puede ampliar a fenómenos dinámicos abstractos, tales como los que se encuentran en la economía, el transporte, el crecimiento de la población y la biología. Un sistema se llama dinámico si su salida (la resultante de la interacción de los componentes) en el presente depende de una entrada en el pasado; si su salida en curso depende solamente de la entrada en curso, el sistema se conoce como estático.

Hay sistemas dinámicos que muestran comportamientos que no pueden explicarse a partir del análisis de sus componentes aislados, se trata de sistemas que “exhiben” propiedades nuevas (emergentes), que nos hacen suponer que hay interacciones “obscuras”, en el sentido que usa Edgar Morín. Las propiedades emergentes no pueden ser fácilmente modeladas ni explicadas. Además de las propiedades emergentes, un sistema complejo se nos presenta como conectado, interdependiente y adaptativo (iremos viendo).

Mientras que Morín se interesaba en la caracterización de un fenómeno etiquetado como sistema complejo, García se ocupó del cómo conocer al sistema complejo, señalando que requiere abordajes “especiales”, que incluyen la participación concertada de varias disciplinas. Me parece que no existe ninguna discrepancia entre ambos, solamente se aproximan al problema desde diferentes vértices epistemológicos.

Desde este lugar, el lector atrabancado podría juguetear con la idea de que la mente es un sistema complejo, pero nosotros pensamos que no: la mente es una propiedad emergente de un sistema complejo (cerebro-cuerpo-ambiente) y, si es que esta serie despierta interés, iremos dando forma a la argumentación que hará plausible a esta idea. Creo que esta generalización es lo que tenía en mente Donald Meltzer en un artículo muy hermoso (Sincerity: a study in the atmosphere of human relations), al que dedicaré próximamente un montón de trabajo.

Vamos con calma y pensemos, siguiendo un conocido ejemplo de Searle, en las moléculas de agua (H2O). La interacción de las moléculas en un estado de la materia específico (líquido) explica su liquidez (que el agua moje, para decirlo como de primaria), pero una molécula de agua no tiene tal cosa como liquidez, esta es el resultado de un fenómeno (agua en estado líquido) que puede modelarse como un sistema complejo. Algo similar ocurre con las neuronas y la mente, la interacción electroquímica de las neuronas produce una propiedad emergente llamada mente, pero las neuronas por separado no son mente.

Para decirlo claro, el cerebro NO es mente y la mente existe porque hay cerebro. Veremos más adelante que llevar esta idea hasta sus últimas consecuencias nos obliga a reconsiderar nuestra ontología y nuestra metapsicología.

¿por qué leer esta serie, se preguntará el lector?, bueno… igual se sorprenden…

Hasta la próxima.

Perversiones y narrativas paralelas (2 de 3)

Aquí la segunda entrega de la charla que presenté en una de las mesas del LX congreso de la Asociación Psicoanalítica Mexicana. El contenido es un poco más técnico que el de la entrega anterior. En la última entrega presento un fragmento de narrativa en consultorio

II

Continuando nuestra hoja de ruta, demos una vuelta de tuerca a nuestros objetos de reflexión: la narrativa y la perversión.

Donald Spence, en su trabajo seminal acerca de la verdad narrativa y la verdad histórica, señala  que la atención a la narración juega un papel importante no sólo en lo que tratamos de escuchar, sino en lo que el paciente trata de asociar. Si bien las ideas de Spence han sido revisadas y reformuladas por otros y en muchos ámbitos, el papel relevante que él dio a la narrativa no se perdió; así, Rosenwald y Ochberg, a propósito de las narrativas, señalan  que las historias personales no solamente son una manera de decirle a alguien (o decirse a sí mismo) nuestra vida, sino que son modos para moldear nuestra identidad.

Es su poder formativo -y en ocasiones deformativo- lo que hace tan importantes a las narrativas.

Wrye y Churilla, desde otra perspectiva psicoanalítica, proponen  que el proceso de formación de narrativas es central a la vida humana y al cambio terapéutico y Julia Kristeva ha señalado  algo similar al referirse a la narrativa freudiana y su impacto en las mujeres psicoanalistas.

Desde una vena intersubjetiva, Josephs  propone que la misma contratransferencia debe ser entendida en función de las narrativas subjetivas del analista y advierte del peligro de caer en un realismo inocente en caso de no considerar nuestras propias narrativas al registrar nuestra contratransferencia.

Por otro lado, y acerca de nuestro entendimiento de la mente perversa, Grinberg, a propósito de los Estados sexuales de la mente  de Meltzer, señala que el punto nodal de la mente perversa es una organización narcisista infantil que promueve un sometimiento del otro a partir de atribuirle una actitud pasiva de abandono y entrega. Desde este vértice psicoanalítico, el perverso opera pensando que se puede pervertirlo todo, a partir de una actividad agresiva y activamente destructiva.

Meltzer sugiere que en la mente existe un representante de la alteridad y que esto es precisamente lo que niega y ataca el perverso y en su discusión de la génesis de este aspecto de la mente, nos hace notar una paradoja fundamental de la vida humana: se trata de la relación del yo y del no-yo en la misma mente. Según entendemos a Meltzer, de la relación entre el yo y el representante de la alteridad en nuestra mente, podremos o no reconocer al otro y aceptar el dolor de la dependencia y de la inspiración que el otro es para nosotros.

Cuando nuestra mente no soporta el dolor que produce la relación con la alteridad, al otro no se le puede reconocer: se le cosifica y se le reduce a un insumo o una herramienta. Podemos leer a Bach desde aquí: la perversión tiene que ver con no poder enfrentar la paradoja de la alteridad (el otro en mi), porque un funcionamiento perverso no está dispuesto a considerar al otro.

Meltzer señala que el proceso de “precipitación” de la alteridad en nuestra mente nos arroja a esa última figura de la serie que empezó con el reconocimiento de nuestros padres, la muerte. Aquí, nuevamente, podemos pensar las reflexiones de Bach desde Meltzer: ¿cómo podemos aceptar nuestra muerte sino aceptamos nuestra dependencia?

Nos parece, entonces, que hay una “lógica perversa” que, influida por la envidia y buscando evitar el dolor que provoca reconocer la dependencia del otro y la inspiración por el otro, despoja de vida a los demás, convirtiéndolos, para usar las palabras del filósofo Martin Buber , no en un Tú, sino en un Eso. En este orden de ideas, la mente perversa rechaza a alteridad, que es un objeto vivo e inspirador.

Así, es plausible pensar que lo que muestra la narrativa perversa es a un sujeto del discurso que, desde la omnipotencia, no entiende puntos de vista diferentes al suyo, que no perdona y que no se sacrifica ni valora el sacrificio, se trata de  alguien que activamente revertirá cualquier cualidad buena del objeto (ya sea una pareja, una institución, un vínculo, etc.) para convertirla en su antinomia y que, en su discurso, comunicará en modos más o menos claros esta agenda. Meltzer ejemplifica claramente: el ataque perverso le llama candor al beneficio de la duda, debilidad al perdón y estupidez a la disposición al sacrificio.

El quid de la narrativa perversa, y este sería el punto al que conviene dirigir la mirada según nuestra propuesta, es la concepción del otro como algo que no está vivo, que no es confiable ni inspirador.

Siguiendo a Meltzer y Green, identificamos a la indolencia, la sensualidad, la claustrofobia y la desesperación como elementos presentes en las narrativas perversas.

III

Jiménez  hace una reflexión interesante alrededor de las perversiones y la intersubjetividad y para esto parte de definir la realidad intersubjetiva: siguiendo a Wallerstein, señala que la prueba de realidad propuesta por Freud (entre ideas y percepciones) puede extenderse para identificar entre elementos objetivos y subjetivos en nuestro juicio de realidad. Los elementos objetivos, continúa Jiménez, se refieren al mundo de objetos, mientras que los elementos subjetivos se refieren a nuestro mundo experiencial. El autor está consciente de los problemas epistemológicos que se enfrentan al oponer realidad psíquica y realidad material y propone que una manera de evitar esto es empleando el concepto de realidad intersubjetiva, que él define como la porción de nuestros mundos materiales y experienciales que comparten otras personas.  El autor, enfocándose en el analista, reflexiona que cuando éste trata de ponerse en contacto con la mente del perverso, una y otra vez acabará atrapado en una relación dual: por un lado, el perverso opera en el mismo mundo que el analista y por el otro, simultáneamente, el perverso parece habitar un mundo idiosincrático, una pseudo-realidad, un mundo delirante donde la realidad de la castración, la experiencia de las diferencias entre los seres humanos y la diversidad del mundo no existen. Para nosotros, siguiendo a Jimenez, el mundo de los perversos es experiencialmente inaccesible y se cristaliza en la mente del analista como el secreto que el paciente guarda celosamente.

Nuestra lectura de Jiménez nos lleva a pensar que una persona que se muestra predominantemente neurótica puede estar, al mismo tiempo, sosteniendo narrativas perversas del mundo y habrá condiciones bajo las que podría dirigir su atención hacia una u otra narrativa.

Perversiones y narrativas paralelas (1 de 3)

Les incluyo en tres entregas la charla que presenté en una de las mesas de este fin de semana del LX congreso de la Asociación Psicoanalítica Mexicana. Muchas gracias a los organizadores por su generosidad y apertura y a mis compañeros del panel por compartir sus ideas.

Esta primera entrega incluye una visión general desde la literatura y la filosofía, la segunda entrega es un poco más técnica y la tercera incluye un fragmento de una sesión.

Nuestra ruta inicia en la literatura y la historia y, desde ahí, propondremos una caracterización provisional de “lo perverso”; después reseñaremos brevemente el papel que juegan las narrativas en nuestra identidad y en el trabajo clínico y, a partir de eso, presentaremos material de sesión visto como narrativa. Conviene, primeramente, caracterizar nuestros objetos de reflexión: la narrativa y lo perverso.

I

Las historias que nos contamos y les contamos a los demás son el medio principal por el que nos conocemos. Las narraciones se filtran en toda nuestra vida al punto que la vida mental no solamente está ligada a las narrativas personales, sino que está consumida por estas. No decimos que las narrativas y la mente sean la misma cosa, porque claramente no lo son, pero si pensamos que existe una relación compleja e importante entre nuestra mente y nuestras narrativas del mundo. A partir de esta noción, proponemos que es plausible:

  • Considerar a los hechos semióticos (en el sentido que les da Lotman, es decir, cualquier cosa susceptible de recibir un sentido) también como narrativas que pueden ser, a la vez, característica y reflejo de ciertas organizaciones mentales más o menos estables.
  • Considerar la idea muy general de que en la mente se sostienen narrativas inconmensurables (en el sentido de Kuhn y Feyerabend) que pueden ser vistas como reflejo de diferentes aspectos de la mente, modos de funcionamiento o de relación.

Así, definimos para nuestros fines el término ‘narrativa’ como una manera de entender al mundo, es decir, como una teoría del mundo, y pensamos que esta narrativa es más que ideas, imágenes, deseos, afectos y fantasías, se trata de un sistema que integra elementos externos al sujeto y, a la vez, es fruto de su dinámica interna. En este sentido, una narrativa:

  • Configura un modo de estar en el mundo, es decir, de escuchar, mirar y sentir y,
  • Direcciona al mundo, es decir, lo hace un mundo posible.

Desde este vértice, la mente codifica al mundo en muchas narrativas paralelas y entre más rica es nuestra experiencia y nuestro mundo interno más narrativas podemos codificar y en este sentido la mente es un multiverso, que contiene infinitos puntos de fuga e infinitos puntos de anclaje.

Por otra parte, una primera aproximación al término perverso se nos da atendiendo a la etimología de la palabra: perverso, del latín perversus, está compuesta por el prefijo acusativo per-que significa al mismo tiempo moverse de un lado al otro y moverse por completo y versus palabra que deriva del verbo vertere, que traducimos como dar vuelta. Así, lo perverso es aquello que da vuelta por completo, es decir, que invierte el sentido original de las cosas. Lo perverso, etimológicamente, es algo “totalmente opuesto” a lo que es el caso. Pervertir, en este sentido, es invertir, trastornar, voltear.

Armados con estas premisas, consideremos la sentencia bíblica (Gen 4, 8-12):

Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.

Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano?

Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?

Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.

Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.

Caín, aquel célebre fratricida, se ha convertido en el prototipo universal de la maldad, la envidia, la traición y la mentira. Prototipo que vemos, una y otra vez, en la literatura, la historia, la filosofía y la clínica.

Recordemos algunos dichos de Hamlet, sobrino del infame Claudio:

A Ofelia:

 … ¿Es que deseas ser madre y dar al mundo más pecadores de los que ya hay? No soy peor que la mayoría de los hombres, pero ¡ojalá hubiese muerto en el vientre de mi madre! Soy orgulloso, vengativo, ambicioso y despreciable. Pero ¿qué quieres que haga cuando me arrastro como un gusano entre la tierra y el cielo? Los hombres somos todos unos miserables. No pongas tu fe en ninguno de nosotros…

…Y no pienses que me engañas con tus afeites y acicaladuras. Dios te da un rostro y tú te pones otro…

 Acerca de Claudio:

[Él] Cometió pecado mortal asesinando a mi padre. Luego, perpetró tantas ofensas contra la Religión como flores hay en el mes de mayo. Nadie, excepto Dios, conoce el verdadero estado de su alma; pero sus muchos pecados me hacen pensar que la balanza se ha inclinado en su contra…

 Acerca de su madre:

… ¡En menos de un mes! Antes de que se le pudieran manchar los zapatos que se puso para el funeral, cuando toda llorosa… ¡Dios! Un animal irracional hubiera llorado su muerte durante más tiempo ¡Y con mi tío! ¡Casada con el hermano de mi padre! … aunque se parece tanto a mi padre como yo a un dios del Olimpo… En menos de un mes… sin tiempo de que se le secaran las simuladas lágrimas… vuelve a casarse… y a meterse con prontitud… en una cama incestuosa.

Kait (2017), a propósito de la obra de Shakespeare, resalta el diseño de personajes viles, crueles y perversos; verdaderas superestrellas del odio y la malignidad:

  • Yago, envidioso de que su señor, tan negro, sea amado por una bella y deseable mujer, sirviente aplicado en la calumnia hasta incendiar los celos de su amo quien terminará matando a Desdémona, objeto de su amor.
  • Ricardo III, usurpador del trono y asesino de sus niños-sobrinos, los auténticos herederos.
  • Edmundo, hijo envidioso y bastardo de Rey Lear, portador, también, de sus propias maldades como dos de sus interesadas y desamoradas hijas.
  • Macbeth, otro usurpador, asesino instigado por su famosa lady de sangrantes manos, a matar sin pausa para conservar el poder.
  • El odio de Montescos y Capuletos, heraldo de la tragedia.
  • Hasta en Sueño de una Noche de Verano nos encontramos con Oberón, el manipulador rey de las hadas.

Así, el Caín de Shakespeare es un hombre hundido en el deseo del poder, consumido por la envidia y portador de la muerte.

Al lado de la literatura, la historia está llena de relatos de poder y muerte: el genocidio del Peloponeso, la destrucción de los Madianitas en épocas bíblicas, las guerras Púnicas, la segunda cruzada: el terriblemente célebre genocidio Cátaro; los genocidios de Gengis Kan, la destrucción de los asirios en el siglo XIV… la lista parece interminable.

Los filósofos, por su parte, han conectado el odio y la muerte con la sexualidad. Solomon (1974), basado en la discusión de Sartre sobre acto sexual en El Ser y la nada y en el trabajo de Nagel (1969) sobre la Perversión sexual, señala que lo que siempre está en juego en el deseo sexual y las relaciones sexuales es una búsqueda y competencia de los sujetos por la libertad, el reconocimiento, y el poder… libertad, reconocimiento y poder de someter.

Uno, nos dice el autor, generalmente intenta obtener el reconocimiento del otro sobre la propia libertad para someterlo. En el sexo el sometimiento del otro normalmente toma la forma de atrapar su carne, reduciendo el otro a la carne, a un mero objeto; los medios que uno emplea con el fin de lograr esta reducción del otro son la propia carne. El otro, por supuesto, tiene el mismo proyecto; así que el encuentro sexual, para Solomon, está construido como la comunicación interpersonal con el cuerpo como el medio y el sometimiento mutuo como el mensaje.

El Caín de Solomon usa su cuerpo para someter y degradar al otro.

Sheldon Bach, que conecta (1994) psicoanálisis, antropología y filosofía, reflexiona sobre la verdad histórica de la muerte y del poder y señala que, desde la guerra de Troya y hasta los campos de concentración del siglo XX, si algo debe quedarnos claro (como aprendizaje histórico, al menos) es que el hombre posee y muchas veces usa el potencial para tratar a otros seres humanos como cosas, al punto de reducirlos a cuerpos.

Bach, el psicoanalista, denomina a este uso de las personas como una perversión de las relaciones de objeto. Entendemos que la perversión, en el sentido que la usa Bach, es la falta de capacidad para amar a un objeto completo. El autor nos propone que hay una organización del pensamiento que es característica de las personas que tratan a los otros como si fueran objetos parciales y piensa que son intentos muy rudimentarios de resolver o defenderse de las paradojas centrales de la vida humana: nacer de nuestra madre y ser separados de ella, vivir nuestra vida y poder “contemplarla desde afuera”, lidiar con sentimientos a la vez “masculinos y femeninos” o de “niño” y de “adulto” o bien, cómo negociar entre el mundo interno y el estímulo externo y cómo entender a la alteridad.

Según el autor estas paradojas encuentran soluciones muy distintas en el neurótico y en el perverso ya que el “espacio psíquico” del perverso no le permite reconocer la realidad y la legitimidad de distintos puntos de vista (vértices, en el sentido de Bion), por lo que tiende a pensar en dicotomías y a buscar relaciones amo/esclavo. A partir de esta idea y en consonancia con la lectura de Hegel que propone Kojève (2008), Bach afirma que la omnipotencia es un componente fundamental en todas las perversiones.

La omnipotencia del perverso -señala Bach- es particularmente intensa frente a la muerte, ya que la muerte es el “nivelador fatal” para todos los seres humanos. El perverso vive a la muerte como una humillación, ya que no tolera:

  • Verse como una más entre tantas personas
  • Pensar que va a desaparecer, que un día él no será más.

Bach nos propone que lo perverso tiene que ver con el trato de las personas como objetos, con la falta de amor, con la incapacidad de tolerar puntos de vista diferentes al nuestro y con la negación omnipotente de la alteridad y la muerte.

En nuestra lectura el autor considera implícitamente la relación entre la perversión y la existencia (en un sentido filosófico) y vale la pena ver esto más de cerca: los filósofos existencialistas, particularmente Heidegger y también Jaspers, a su manera, nos han dicho que el hombre “existe” en el mundo y que existencia nunca es objeto. La existencia es aquello a partir de lo cual nosotros pensamos, y sobre lo que pensamos, no porque conocemos la experiencia, sino porque la vivimos. Existir es vivir en la historia y no olvidar que nosotros y los demás tenemos pasado y futuro, es decir, trascendemos (uno de los sentidos del Dasein de Heidegger). En este orden de ideas, el perverso niega la existencia del otro.

Meltzer (2008), en el capítulo del Claustrum dedicado a la perversión, y a propósito del patrón de comportamiento perverso, señala que:

En su esencia, quizá se lo pueda definir como frío antes que como cruel. El Satán de Milton es caliente: envidia y admira apasionadamente. La serpiente es fría, astuta, calculadora… Visto desde este vértice adicional del Claustrum, se hace manifiesto que en el centro de una adicción o de una fantasía o relación perversa, la persona en cuestión no es él mismo: está “detrás de sí mismo”, con excitación, confusión respecto de la naturaleza del mundo, y profundamente escéptico acerca de la identidad de cualquier cómplice-en-el-crimen. Tal vez el extraordinario poder evocativo de la crucifixión, dejando de lado su significado espiritual, es el crimen de matar al niño bueno -a los padres del nuevo niño y a la parte infantil de la persona misma-.

El perverso de Meltzer parece un impostor que niega la alegría de vivir y la esperanza.  Incapaz de reconocer la belleza del mundo es un sujeto frío y calculador.

Sumariando lo anterior, proponemos pensar lo perverso como:

  1. Orientado al poder y al control, secuestrador de la relación sexual, que usa al cuerpo para la afirmación exclusiva de la propia libertad y el sometimiento del otro.
  2. Incapaz de tolerar un punto de vista distinto al suyo, que busca la degradación del otro a un mero objeto.
  3. Aterrorizado por la muerte, su motor es el odio y sus monedas de cambio son la desesperanza y el desprecio por la belleza del mundo.
  4. Incapaz de crecer, aprender o inspirarse.
  5. Niega a los demás su existencia, ya que para él son objetos, sin pasado y sin futuro.
  6. Vive agazapado, jugando un juego de recelos en los que lo inocente siempre saldrá apaleado.

En la clínica nos encontramos casos que a simple vista muestran un funcionamiento más o menos neurótico y, a la vez, despliegan narrativas o conductas privadas que podrían ser consideradas, bajo nuestra propuesta de caracterización, como perversas:

  • La mujer de clase media que deja a su esposo para vivir con un hombre que le pega y la trata con todo tipo de violencia y que, después de abandonarlo, le manda videos de algunos de los actos degradantes en los que se involucra con su nueva pareja, todo esto mientras mantiene una vida “normal” de maestra de secundaria.
  • El hombre que, a punto de jubilarse, acusa falsamente a sus empleadores con las autoridades y provoca un lío delicado para ellos, mientras que es un padre y esposo amoroso.
  • El sacerdote que lucha por ayudar a su comunidad a salir de la pobreza extrema, mientras fantasea con abusar de niños entre los 6 y los 9 años.
  • El niño de diez años que llega a terapia porque quiere “ser bueno” y en el juego despliega escenarios de violación y asesinato de todas las mujeres y dice que piensa que lastimarlas se siente rico.

Así, proponemos la idea de que en la mente coexisten narrativas paralelas sobre el mundo que enlazan funcionamientos predominantemente neuróticos con funcionamientos perversos. El efecto de estas conjunciones es un discurso en el que pueden identificarse, en planos narrativos superpuestos, escenarios perversos entrelazados con escenarios neuróticos.

Rostro, pasiones y turbulencia

El arte produce un efecto interesante en la audiencia: la obra de arte primero nos interpela y, después, nos pone a pensar. Igualmente podemos pensar en la ética de la alteridad de Lévinas, en el capítulo del rostro y la exterioridad de Totalidad e Infinito, el maestro distingue dos tipos de sensibilidad: la cognitiva y la del gozo (no en sentido psicoanalítico). Mientras que la primera sensibilidad reduce las sensaciones a contenidos de consciencia, y está asociada con esquemas y categorías articuladas por el lenguaje, la sensibilidad del gozo hace referencia a las sensaciones en tanto que experimentadas, la idea de Lévinas es que la vivencia no es reductible a un contenido de la consciencia.

Bion tiene nociones complementarias a esto: según su teoría del pensamiento las ideas que tienen potencial para causar un cambio catastrófico en la mente primero aparecen en los sueños y es después, cuando se puede, que adquieren una representación verbal y abstracta.

Meltzer, siguiendo a Bion, nos ofrece un entendimiento interesante acerca de un aspecto emocional que resulta escurridizo a la teoría psicoanalítica: las pasiones. Meltzer propone que las pasiones representan estados de turbulencia resultantes de los impactos paradójicos que tiene una emoción sobre otras. La turbulencia, piensa el autor, obedece a que nuestras ideas acerca del significado de nuestras emociones y su relevancia para la organización de nuestro mundo interno cambian y, al suceder esto, cambia nuestra visión del mundo externo. El cambio en la organización de nuestro mundo interno ocurre antes de la verbalización y abstracción, o, como solía decir una paciente: “tuve que cambiar para darme cuenta de que cambié”

Armados con esta idea, pensemos en el acontecimiento de “recibir el rostro” que nos propone Lévinas. La revelación del rostro nos cambia y nos abre a una dimensión distinta, la otredad. El acontecimiento del rostro se vive y, después, se intenta capturar con palabras.

 

I think my contribution has been one of attitude only

I would like to share part of an interesting interview with Donald Meltzer (he was a “hardcore” Kleinian and director of Tavistock clinic -London-). The article originally appeared in Italian and has been translated into English by Mar du Ry.

D.M.

“[T]he Tavistock’s policy has always been to have virtually nothing to do with a person’s training analysis; to set as few limits as possible on the person that can be chosen for the analysis; that if a person who applied for training is already in analysis, not to insist on their changing to somebody who is in some sense ‘more respectable’ and so on. Therefore people could have a Jungian analysis. They have sometimes been accepted with analysts who were not members of either the Jungian society or the British Society. Then eventually, of course, the Tavistock’s own child analysts have become skilled and experienced adult analysts who have become acceptable as training analysts in their own right. It has become self-developing in that way. It also respects people who have had previous analyses and does not insist that they have to be in analysis during the duration of their training; that is, if they have had analyses that have been of adequate duration and in the patient’s and analyst’s opinion have been successful analyses therapeutically, the Tavistock accepts these as the training analysis. I think only the French have done anything like that.

The emphasis at the Tavistock has always been on clinical seminars and work on clinical material rather than any kind of theoretical lectures; the study of the literature has always been placed relatively late in the training so that people start work without a lot of theoretical ideas and preconceptions in their minds. It probably is true that people who have studied at the Tavistock are less enthusiastic and less widely read in cultural psychoanalytic literature, but they are much more widely read in cultural literature. And a good reason for that is quite simply that the people who work at the Tavistock are largely people who have been teachers, who’ve had history and literature degrees and who naturally in the course of their work use literary examples to clarify clinical problems and so on. And it naturally stirs students to read literature rather than psychoanalytic literature.

[M]y idea of the qualities that make for a good analyst have changed through the years. I used to think that it required a very high intelligence; I don’t really think that anymore. I think any good intelligence is adequate because the kind of intelligence that is involved in psychoanalytic work really comes from the depths of the mind and not from the kind of levels that ordinarily manifest themselves in social and academic circles. The main thing that I look for when it comes to referring people and assessing which one of my students I feel free to refer patients to is kindness. This I learned from Roger Money-Kyrle, and it seems to me to be the absolutely essential requirement for an analyst. Kindness means generosity, forbearance, a readiness for sacrifices, and a capacity for intense emotional interest in a person. It is a very complicated concept. I don’t like people who are too steeped in theory, or too interested in theory, or who think that psychoanalytic theories are explanatory, and so on. My recommendations to anybody coming into this field would not be to study medicine but to study English literature or art history or things of that sort, the humanities, literature

M. du R.

As the last question, perhaps a difficult one, how would you evaluate your own influence, which has some weight, on developments in Britain?

D.M.

These are historical judgments. I think what I have contributed is a strong emphasis on clinical work, on clinical observation. I think I have helped people assimilate Bion’s work, which is the next great step in psychoanalysis. I think there are some original bits and pieces in my work, in my thought, and so on, but I don’t think that is how psychoanalysis develops. I think that is part of what used to be called the ‘stepbook’ theory of its development. I mean there have been very few people who have made extraordinary contributions, I would say maybe six or seven altogether, Freud, Abraham, Mrs. Klein, Bion -and I would include people like Paul Schilder and the early Wilhelm Reich. It is only a handful of people who’ve had original ideas. I’m not a person with original ideas.

M. du R.

Some people would contradict you on that.

D.M.

Well, that is because it’s new to them. I say it in a different way, and they don’t know where it comes from. That’s not modesty, but that’s my idea of how psychoanalysis grows. It grows in the consulting rooms, where gradually people become more experienced and able to talk to one another. So long as they stay close to the clinical material, they can talk to one another with more and more understanding. As soon as they start talking theories, pfftt, schools, conflict, politics and so on. I think my contribution has been one of attitude only.”