Billy Budd: el lado absurdo de la bondad

¡Maldición!, decidí leer Billy Budd, de Herman Melville y, por supuesto, me arruinó el sueño. Al fin de la noche uno acaba con la sensación de que Billy intenta un motín, y sólo uno: el de nuestra consciencia.

La bondad es tartamuda: hay que escucharle sin prisas y a sabiendas de que, prisionera del mundo y atacada por la maldad, no alcanzará a articular su defensa. Como Billy, la bondad es víctima de la crueldad, que le priva de todo y que usa sus mejores cualidades en su contra.

Les dejo unos fragmentos que, en mi opinión, muestran el argumento de la terriblemente maravillosa novela:

‘Beg pardon, but you don’t understand, Lieutenant. See here now. Before I shipped that young fellow, my forecastle was a rat-pit of quarrels. It was black times, I tell you, aboard the Rights here. I was worried to that degree my pipe had no comfort for me. But Billy came; and it was like a Catholic priest striking peace in an Irish shindy. Not that he preached to them or said or did anything in particular; but a virtue went out of him, sugaring the sour ones. They took to him like hornets to treacle; all but the bluffer of the gang, the big, shaggy chap with the fire-red whiskers. He indeed, out of envy, perhaps, of the newcomer, and thinking such a “sweet and pleasant fellow,” as he mockingly designated him to the others, could hardly have the spirit of a game-cock, must needs bestir himself in trying to get up an ugly row with him. Billy forbore with him, and reassured with him in a pleasant way—he is something like myself, Lieutenant, to whom aught like a quarrel is hateful—but nothing served.

 

… What was the matter with the master-at-arms? And be the matter what it might, how could it have direct relation to Billy Budd, with whom prior to the affair of the spilled soup he had never come into any special contact, official or otherwise? What indeed could the trouble have to do with one so little inclined to give offense as the merchant ship’s peacemaker, even him who in Claggart’s own phrase was ‘the sweet and pleasant young fellow’? Yes, why should Jemmy Legs, to borrow the Dansker’s expression, be down on the Handsome Sailor?

 

But, at heart and not for nothing, as the late chance encounter may indicate to the discerning, down on him, secretly down on him, he assuredly was.

 

… But the thing which in eminent instances signalizes so exceptional a nature is this: though the man’s even temper and discreet bearing would seem to intimate a mind peculiarly subject to the law of reason, not the less in his soul’s recesses he would seem to riot in complete exemption from that law, having apparently little to do with reason further than to employ it as an ambidexter implement for effecting the irrational. That is to say: toward the accomplishment of an aim which in wantonness of malignity would seem to partake of the insane, he will direct a cool judgment sagacious and sound.

 

These men are true madmen, and of the most dangerous sort, for their lunacy is not continuous, but occasional; evoked by some special object; it is secretive and self-contained, so that when most active it is to the average mind not distinguished from sanity, and for the reason above suggested that whatever its aim may be, and the aim is never disclosed, the method and the outward proceeding is always perfectly rational.

 

… That Claggart’s figure was not amiss, and his face, save the chin, well molded, has already been said. Of these favorable points, he seemed not insensible, for he was not only neat but careful in his dress. But the form of Billy Budd was heroic; and if his face was without the intellectual look of the pallid Claggart’s, not the less was it lit, like his, from within, though from a different source. The bonfire in his heart made luminous the rose-tan in his cheek.

 

In view of the marked contrast between the persons of the twain, it is more than probable that when the master-at-arms in the scene last given applied to the sailor the proverb ‘Handsome is as handsome does,’ he there let escape an ironic inkling, not caught by the young sailors who heard it, as to what it was that had first moved him against Billy, namely, his significant personal beauty.

 

Now envy and antipathy, passions irreconcilable in reason, nevertheless, in fact, may spring conjoined like Chang and Eng in one birth. Is envy then such a monster? Well, though many an arraigned mortal has in hopes of mitigated penalty pleaded guilty to horrible actions, did ever anybody seriously confess to envy? Something there is in it universally felt to be more shameful than even felonious crime. And not only does everybody disown it, but the better sort are inclined to incredulity when it is in earnest imputed to an intelligent man. But since its lodgment is in the heart, not the brain, no degree of intellect supplies a guarantee against it.

Acerca del papel del yo

Hoy nos metemos en un tema un poquito teórico (eso no es sinónimo de aburrido ¿eh?). La idea es explorar el papel que Klein le dió al yo para enfrentar la angustia.

Rachel Blass (2015) en “El yo según Klein: más allá del regreso a Freud”, subraya, acerca de la relación entre mundo pulsional, fantasías y yo, algo importante.

Blass, considerando que el concepto de yo en Klein se relaciona con una amplia gama de temas analíticos (narcisismo, identidad, consciencia, pensamiento y realidad, desarrollo y cura), se pregunta acerca de lo esencial en la concepción kleiniana del yo e identifica dos de los elementos claves para entenderla: (1) la relación entre el modelo pulsional y estructural freudiano (Blass sostiene que en el pensamiento kleiniano se puede identificar una lectura profunda y detallada de los textos freudianos) y (2) la relación entre las fantasías y la calidad del yo.

Primeramente, en el artículo “Sobre el desarrollo del funcionamiento mental” (Klein, 1958), Klein deja claro que:

El trabajo que presentaré es una contribución a la metapsicología en un intento de llevar más allá teorías fundamentales de Freud acerca del tema, sobre la base de conclusiones derivadas del progreso en la práctica psicoanalítica.

La formulación de Freud sobre la estructura mental en términos del ello, yo y superyó, se ha convertido en la base del pensamiento psicoanalítico. Freud aclaró que estas partes no se hallan estrictamente separadas unas de otras y que el ello es la base de toda función mental; agregando que el yo se desarrolla a partir del ello, pero sin dar una indicación consistente acerca del período en que esto ocurre. En el curso de la vida, el yo se extiende profundamente en el ello y por lo tanto se halla bajo la influencia constante de los procesos inconscientes.

Como se ve, continua Blass, Klein se basa en el marco de referencia fundamental de Freud mientras que lo lee de un modo que de espacio a sus propios desarrollos y acepta el modelo estructural como la base del pensamiento analítico, haciendo énfasis en el lugar que Freud da al ello en todo el funcionamiento mental, tomando nota del espacio que Freud deja para pensar el proceso de desarrollo que da como resultado al yo.

Klein, en el artículo referido, enfatiza la importancia del modelo pulsional freudiano y la necesidad de integrarlo con el modelo estructural, que ella pudo apreciar a lo largo de su trabajo con niños, y concluye que:

Yo diría que en la medida en que Freud considera la fusión y separación de las dos pulsiones como subyacentes al conflicto psicológico entre pulsiones agresivas y libidinales, es entonces el yo y no el organismo quien desvía la pulsión de muerte.

Para Klein -señala Blass-  el yo responde a la ansiedad realizando las funciones de proyección e introyección de modo tal que: “El proceso primario es la introyección, también extensamente al servicio de la pulsión de vida; combate a la pulsión de muerte porque conduce a que el yo reciba algo que da vida (los alimentos en especial), atando[1] de este modo a la pulsión de muerte“, mientras que, al proyectar, el yo desvía la pulsión de muerte fuera del cuerpo.

Según Blass, Klein propone que la agresión es una respuesta defensiva al objeto persecutorio creado a partir de la proyección de la pulsión de muerte. En esta lectura la agresión parece tanto constitutiva como una respuesta paranoica al ambiente (similar, creo, a la propuesta de Lacan).

Una consecuencia de la integración del modelo pulsional con el modelo estructural es que la fortaleza yoica resulta de la fusión entre las pulsiones y el grado de esta fusión es constitucional (Klein, 1952): si la pulsión de vida -la capacidad de amor- predomina, el yo y su función primordial de integración serán fuertes, si predomina la pulsión de muerte, la función yoica de integración -sacudida por las oleadas proyectivas- será débil.

Finalmente, Blass recuerda que Freud (1923) pensó al yo en términos de relaciones objetales internalizadas: “el yo es un precipitado de catexias objetales abandonadas… contiene la historia de esas elecciones objetales”  y subraya que Klein elabora con más detalle el tipo de relaciones tempranas en una visión según la cual el yo, desde el principio, está compuesto por objetos parciales buenos y malos internalizados y fundado sobre nuestras fantasías acerca de estos objetos.

Sobre el papel privilegiado que Klein asigna al pecho y a la fantasía primitiva en la conceptualización del yo, Blass recupera -como lo han hecho antes Green y otros- lo siguiente:

Desde el comienzo de la vida las dos pulsiones se adhieren a los objetos, ante todo al pecho materno. Creo, por lo tanto, que mi hipótesis que basa todos los procesos de internalización en la introyección del pecho nutricio materno; clarifica las nociones sobre el desarrollo del yo en conexión con el funcionamiento de las dos pulsiones. Según predominen pulsiones destructivas o sentimientos de amor, el pecho (que puede ser simbólicamente representado por la mamadera) es sentido a veces como bueno, otras como malo. La catexia libidinal del pecho junto con las experiencias gratificantes, estructuran el objeto bueno primario en la mente del bebé; la proyección de impulsos destructivos en el pecho forma al objeto malo primario. Ambos aspectos son introyectados, y así las pulsiones de vida y muerte, que habían sido proyectadas, operan otra vez dentro del yo. La necesidad de dominar la ansiedad persecutoria da ímpetu a la disociación, externa e interna, de pecho y madre, en un objeto que ayuda y es amado, y otro es terrorífico y odiado. Estos son los prototipos de todos los objetos internalizados siguientes.

Así, Klein elabora el papel relacional que Freud asignó al yo y, a partir de aquí, puede concluir:

El objeto internalizado bueno forma el núcleo del yo, alrededor del cual éste se expande y desarrolla. Cuando el yo es asistido por el objeto bueno internalizado, se encuentra más capacitado para dominar la ansiedad y preservar la vida, atando con libido algunas partes de la pulsión de muerte que opera dentro de sí.

[1] En este caso, preferimos la traducción de bind por atar que por ligar, para reforzar el sentido que, pensamos, Klein le da al papel de la introyección del objeto bueno para oponerse a la pulsión de muerte.