Acerca de Avicena, o, ¿por qué me gusta el vino?

Avicena, poeta, filósofo, músico, matemático y místico, sin duda uno de los grandes pensadores del planeta, nació en el 980 y murió en el 1037. Como suele suceder, su producción más interesante ocurrió en el último tercio de su vida. Se considera que el filósofo escribió unos cien libros y, además de la multiplicidad de sus intereses, escribió codificando en paralelo las ideas de Aristóteles y el pensamiento oriental de su época, que -me parece- corresponde a su pensamiento íntimo. Esta doble codificación hace que sobre Avicena se piense como un filósofo y como un místico (como si ambas no fuesen caras de la misma moneda). Por otro lado, Avicena parece reunir igual competencia en aspectos teóricos, experimentales e intuitivos y, en mi opinión, sus intereses intelectuales derivaron de su constante y profunda reflexión sobre su vida y la de sus contemporáneos. Avicena no tuvo empacho en reconocer su “no entender”, como atestigua su confesión de haber leído cuarenta veces la metafísica de Aristóteles y seguir sin entenderla (cosa perfectamente creíble).

Para el filósofo, como para muchos pensadores musulmanes, el conocimiento es algo sagrado ya que, en el mejor de los casos, muestra la existencia y unidad de Dios, por lo que no puede ser tomado a la ligera. Sobre sus padres intelectuales, la influencia del gran Macedonio es evidente al identificar divisiones, taxonomías y propósitos Aristotélicos en varios escritos de Avicena y, por otro lado, Avicena -y esta es una opinión personal- debe haber leído a Platón, a juzgar por sus argumentos lingüísticos y su teoría del universo, de naturaleza tanto aristotélica como neoplatónica.

Me parece que para Avicena la filosofía perfecciona al alma para que tengamos una oportunidad de captar el absoluto (la perfección de Dios), por lo que la originalidad y potencia de su pensamiento se desplegaron particularmente en su metafísica/ontología, donde intentó mostrar una compatibilidad entre lo necesario y lo contingente, siendo su objetivo el ser qua ser y su último referente, Dios.

La antropología de Avicena es muy interesante y, a partir de planteamientos aristotélicos, afirmó que el hombre es un compuesto de cuerpo y alma y también afirmó la inmaterialidad del alma. El sabio también desarrolló una muy interesante psicología y pensaba en un tipo de -para expresarlo en palabras actuales- instanciación del alma en el cuerpo, por lo que cada persona es una expresión única e irrepetible, pero esta instanciación es imperfecta, dando por resultado que el ser humano vive en conflicto consigo mismo.

Para terminar esta primera entrada sobre el sabio del siglo XI, citemos, de su enciclopedia de la salud, su descripción de las virtudes del vino:

El vino es beneficioso y muy eficaz para que la comida se distribuya en el cuerpo. Separa las flemas y las disuelve. Hace que la bilis sea expulsada a la orina… disuelve toda complicación sin calentamientos excesivos y raros… quién es de poderoso cerebro no se embriaga rápidamente ni con facilidad, ya que no le llegan los calores apropiados para la borrachera. Su mente permanece despejada, mientras otras mentes no lo consiguen.

Amén

Con esto en mente, en la siguiente entrega hablaré más de su pensamiento místico.

Pues que tú, reina del cielo

Es diciembre y, a propósito de las fechas, les comparto del “Cancionero” de Juan de Encina (1496) el hermoso villancico “Pues que tú, reina del cielo”.

Para su información: (1) transcribí el digital de la biblioteca Miguel de Cervantes (folio LXXXVIII r.) con los mínimos retoques para un mejor disfrute, (2) Álvaro Bustos Táuler, en su excelente estudio del cancionero, presenta (pp. 330-332) un buen análisis del villancico, (3) señalemos que Encina, a modo de introducción, nos ofrece una pequeña canción que reconoce los méritos de María y, de ahí, continua con el villancico.

Canción a nuestra señora

Pues que tú, Virgen, que pariste

el consuelo divinal,

consuela mi vida triste,

tú, Señora, que naciste

para matar nuestro mal.

Mereciste tanta gloria

viviendo en aqueste suelo,

que en señal de la vitoria

siempre vive tú memoria

por Madre del Rey del cielo:

Pues corona recibiste

de aquel reino celestial,

consuela mi vida triste,

tú, Señora, que naciste

para matar nuestro mal.

Villancico

Pues que tú, reina del cielo

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que reinas con el rey

de aquel reino celestial

tú, lumbre de nuestra ley

luz de linaje humanal:

pues para quitar el mal

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, virgen que mereciste

ser madre de tal señor

tú, que cuando le pariste

le pariste sin dolor:

pues con nuestro salvador

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que del parto quedaste

tan virgen como primero

tú, virgen que te empeñaste

siendo virgen por entero:

pues con Dios verdadero

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que lo que perdió Eva

cobraste por quien tú eres

tú, que nos diste la nueva

de perdurables placeres:

tú, bendita en las mujeres

si nos vales

darás fin a nuestros males.

 

Tú, que te dicen bendita

todas las generaciones

tú, que citas por tal escrita

entre todas las naciones:

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que tienes por oficio

consolar desconsolados

tú, que gastas tú ejercicio

en librarnos de pecados:

tú, que guías los errados

y los vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que tenemos por fe

ser de tanta perfección

que nunca será ni fue

otra de tu condición:

pues para la salvación

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Quien podrá tanto alabarte

según es tu merecer

quien sabrá tan bien loarte

que no le falte saber:

pues que para nos valer

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

O, madre de Dios y hombre

o concierto de concordia

tú. que tienes por renombre

madre de misericordia:

pues para quitar discordia

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que por gran humildad

fuente tan alto ensalzada

que a par de la trinidad

tú, sola estás asentada:

y pues tú, reina sagrada

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que estabas ya criada

cuando el mundo te crio

tú, que estabas muy guardada

para quien de ti nació:

pues por ti nos conoció

si nos vales

fenecerán nuestros males.

Bergson y la intuición original

 

Hace unos días en una charla hablamos acerca de la intuición Original en Kant y en Bion y, a partir de ahí, escribí el post anterior. También se habló del mundo y las apariencias y los objetos y hasta de la importancia de la filosofía. Me quedé dándole vuelta al asunto y recordé lo que Henri Bergson dijo (1911) acerca de nosotros, la filosofía y el pensamiento:

El mundo al que comúnmente nos arrojan nuestros sentidos y consciencia no es más que una sombra de sí mismo, y es frío como la muerte. Todo en ese mundo se arregla para nuestra máxima conveniencia y, al mismo tiempo, todo ahí se encuentra en un tiempo presente que parece en perpetua renovación. Nosotros mismos, confeccionados artificialmente a la imagen de un universo no menos artificial, nos vemos como seres instantáneos, hablamos del pasado como si se tratara de algo ya superado y vemos en los recuerdos cosas extrañas y ajenas a nosotros, un tipo de apoyo que el mundo le da a la mente.

Por el contrario: vamos a permitirnos captar-nos tan renovados como somos, viviendo en un presente que es denso y, aún más, elástico, por lo que podemos estirarle y retorcerle hacia atrás indefinidamente al empujar el velo que nos aleja de nuestro origen; vamos a captar el mundo externo tal y como es, no de manera superficial, en su presente, sino con profundidad, con el pasado amontonado alrededor y dándole su ímpetu; vamos, para acabar pronto, a familiarizarnos con una mirada de las cosas que es sub specie durationis: inmediata en nuestra percepción galvanizada y en la que lo que está estirado se relaja, lo que está dormido despierta y lo que está muerto revive.

Bergson, recordando a Bacon y su máxima para la empresa científica “obedecer para mandar”, señala que el filósofo ni obedece ni manda, sino que busca ser uno con la naturaleza. Desde esa perspectiva la esencia de la filosofía es el espíritu de la simplicidad. Ya sea que uno contemple al espíritu filosófico o a su obra, ya sea que uno compare la filosofía con la ciencia o con otras de las grandes disciplinas, pronto nos percatamos que toda complicación es superficial, que las construcciones son solamente accesorios y que la síntesis es una apariencia, porque el acto filosófico es simple. Y, continúa Bergson, entre más imbuidos estamos con esta verdad, más nos inclinaremos a sacar la filosofía de las escuelas y acercarle a la vida cotidiana.

El francés también nos habla de la intuición y su papel en el quehacer filosófico. Señala que una de las cosas que más le cuesta al filósofo -tal vez nunca tiene éxito en esto- es algo infinitamente simple, algo que no logra poner en palabras y que no termina de desvelar y tal vez por eso el filósofo habla y habla y piensa y habla toda su vida y, aun así, no logra formular lo que tiene en mente sin sentirse obligado a corregir sus formulaciones y a corregir sus correcciones. De este modo va de teoría en teoría, completando sus ideas cuando piensa que ya ha terminado, corrigiendo cuando piensa que ya ha completado. Adiciones que causan nuevas complicaciones, desarrollos sobre desarrollos, todo para expresar con precisión la simplicidad de lo que entendió algún día, su intuición original. Así, toda la complejidad de su doctrina, que puede extenderse ad infinitum, es tan solo la inconmensurabilidad entre la intuición original y los medios a su disposición para expresarla. Esta, sin duda, es una idea brillante.

Pero ¿qué es la intuición? Tal vez lo mejor que podemos decir -continua Bergson- es que se trata de una imagen intermedia entre la simplicidad de la intuición concreta y la complejidad de las abstracciones que usamos para traducirla. Se trata de una imagen difusa, que -tal vez imperceptible- acecha la mente del filósofo, que lo sigue como su sombra por cada recoveco de su pensamiento y que le inspira a buscar una expresión conceptual, necesariamente simbólica, para suministrar una “explicación”.

Bergson continúa preguntándose, ¿qué es lo que caracteriza a esta imagen? A lo que responde, categórico: su poder de negación. Recordaremos -señala- cómo el demonio de Sócrates procedía: escrutando continuamente la mente del filósofo nada prescribía y prevenía el acto. Eso hace la intuición: prohíbe. Frente a las ideas aceptables, todas esas que parecen evidentes, frente a las instituciones y sus currículos respetables, frente a los acólitos lo que “sabemos”, susurra en el oído del filósofo una palabra: ¡imposible!

Imposible, aun si lo fáctico y los argumentos nos inviten a pensarlo posible, plausible, certero y real. Imposible, porque una experiencia particular, confusa, pero -tal vez- determinante, nos habla a través de la voz de la intuición, porque tal vez los hechos no son lo que parece y los argumentos no se siguen.

La fuerza de la intuición, que es la llama del conocimiento, es la negación…

Y toca recordar aquella entrañable estrofa de Yeats:

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Elemental mi querido Freud

Decía Morelli (1898), a propósito de obras de arte y museos, que la personalidad del artista debe ser buscada allí donde el esfuerzo personal es menos intenso. Veamos:

Los museos están llenos de cuadros atribuidos de manera inexacta. Pero restituir cada cuadro a su verdadero autor es difícil; muy a menudo nos encontramos ante obras no firmadas, tal vez vueltas a pintar o en mal estado de conservación. En esta situación es indispensable poder distinguir los originales de las copias. Para hacer esto, sin embargo, no hay que basarse, como se hace habitualmente, en las características más llamativas, y por ello más fácilmente imitables, de los cuadros: los ojos elevados hacia el cielo de los personajes de Perugino, la sonrisa de los de Leonardo, etc. Es preciso, en cambio, examinar los detalles más omitibles y menos influidos por las características de la escuela a la que pertenecía el pintor: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de las manos y de los pies.

Por otro lado, Carlo Ginzburg (2003) señala, siguiendo a Castelnuovo, que los cuidadosos registros de Morelli se asemejan al trabajo detectivesco que Arthur Conan Doyle atribuyó a Sherlock Holmes, o, mejor dicho, que Holmes literalmente “morelliza” y nos acerca una cita de “La aventura de la caja de cartón” (Doyle, 1892). Habla Watson:

se interrumpió, y yo me sorprendí, al mirarlo y al observar que fijaba la vista con singular atención sobre el perfil de la señorita. Por un instante fue posible leer en su rostro expresivo la sorpresa y la satisfacción a un mismo tiempo, aunque cuando ella se volvió para descubrir el motivo de su repentino silencio, Holmes se tornó nuevamente impasible, como de costumbre.

Imagen relacionada

Ginzburg también señala algo interesante respecto a “El Moisés de Miguel Ángel” (Freud, 1914):

Mucho antes de que pudiera enterarme de la existencia del psicoanálisis, supe que un conocedor ruso en materia de arte, Ivan Lermolieff, había provocado una revolución en los museos de Europa revisando la autoría de muchos cuadros, enseñando a distinguir con seguridad las copias de los originales y especulando sobre la individualidad de nuevos artistas, creadores de las obras cuya supuesta autoría demostró ser falsa. Consiguió todo eso tras indicar que debía prescindirse de la impresión global y de los grandes rasgos de una pintura, y destacar el valor característico de los detalles subordinados, pequeñeces como la forma de las uñas, lóbulos de las orejas, la aureola de los santos y otros detalles inadvertidos cuya imitación el copista omitía y que sin embargo cada artista ejecuta de una manera singular. Luego me interesó mucho saber que bajo ese seudónimo ruso se ocultaba un médico italiano de apellido Morelli. Falleció en 1891 siendo senador del Reino de Italia. Creo que su procedimiento está muy emparentado con la técnica del psicoanálisis médico. También este suele colegir lo secreto y escondido desde unos rasgos menospreciados o no advertidos, desde la escoria —«refuse»— de la observación.

Ginzburg ubica el acercamiento de Freud al trabajo de Morelli muy temprano en la historia del psicoanálisis:

En la biblioteca de Freud conservada en Londres figura, en efecto, un ejemplar del volumen de Giovanni Morelli (Iván Lermolieff), “Della pittura italiana. Studii storico critici. –Le gallerie Borghese e Doria Pamphili in Roma, Milán, 1897”. Sobre la portada está escrita la fecha de la adquisición: Milán, 14 de septiembre. La única visita a Milán de Freud se produjo en el otoño de 1898.

En ese momento, por otra parte, el libro de Morelli tenía para Freud un ulterior motivo de interés: desde hacía algunos meses se estaba ocupando de los lapsus: poco tiempo antes, en Dalmacia, se había desarrollado el episodio, después analizado en Psicopatología de la vida cotidiana, en el que había tratado inútilmente de recordar el nombre del autor de los frescos de Orvieto. Casualmente tanto el verdadero autor (Signorelli) como los autores ficticios que en un primer momento se habían presentado a la memoria de Freud (Botticelli, Boltraffio), son mencionados en el libro de Morelli.

Ginzburg sugiere que, para Freud, la lectura de los ensayos de Morelli ofreció un acercamiento a un método interpretativo apoyado sobre lo que normalmente se descarta: se trataba de considerar a los datos marginales como reveladores del espíritu de la obra. La apuesta de Morelli fue que los detalles marginales mostraban el verdadero espíritu del artista, más allá de la técnica de la época, y el italiano teorizó acerca de que los datos marginales de la obra escapan al control consciente del artista. Freud, sin duda, leyó con atención.

Según Max Weber toda sociología es necesariamente ‘relevante al valor’ (Weber, 1949), es decir, la decisión de trabajar ciertos aspectos sobre otros y la lógica y método de investigación usados se encuentran inevitablemente ligados a los valores subjetivos del investigador.

Me parece que este es el caso para toda actividad humana.

No es lo mío…

Tenía un rato sin presentar una traducción libre…

NO ES LO MIO
Jan Baeke

Tan bella, benéfica e implacable
resulta la luna, mientras estás a mi lado
mientras la flores golpean en ti
y ninguna de mis palabras o miradas
logran interponerse
a tu ajetreo telefónico.

Tú, por supuesto, mantienes tu cabello ondulado
y tu aire de portada.

Me gustaría conservar
aquellos rumores selénicos que atraparon mi cuerpo
y calibraron mi ser
como para hacerme digno de alguien más.

Ahí tienes, MIRA el brillo de la navaja.
Ahí tienes, mira mi cuerpo perderse…

-¿qué diablos pasa?
grito mientras me remiendan.

DAT TE HEBBEN
Jan Baeke

Zo mooi, zo bruikbaar, zo onverbiddelijk
deze maan, nu jij naast mij zit
nu bloemen op jou afketsen
en geen van mijn woorden of blikken
zich tussen jouw telefoongesprekken
weet te dringen.
Jij hebt immers al die golvende haren
en die tijdschriftenblik.

Ik zou de maan moeten hebben
fluistert in mij het ingenomen lichaam
dat de stoel test
alsof iemand dit lichaam komt halen.

Daar glinstert het mes.
Daar de ledematen die mij weldra ontvallen.
Wat is hier in godsnaam aan de hand
roep ik
terwijl de verpleegster
de naald op mijn bovenarm scherp stelt.

Por una recuperación del hombre (4 de ?)

En la entrega anterior señalé que una tercera problemática global que parece arrojar a las humanidades a un proceso “irreversible” de trivialización es lo que hemos denominado “el final del arte”, semejante al problema de “la muerte de la filosofía”. Ahí retomé algunos puntos importantes de Danto acerca del arte contemporáneo.

Quisiera elaborar más el punto del final del arte con una subserie que retoma la perspectiva heideggeriana del arte. Veamos:

Heidegger abre el ensayo “El origen de la obra de arte” diciendo:

origen significa aquí aquello de donde una cosa procede y por cuyo medio es lo que es y como es. Lo que es algo, cómo es, lo llamamos su esencia. El origen de algo es la fuente de su esencia. La pregunta sobre el origen de la obra de arte interroga por la fuente de su esencia. La obra surge según la representación habitual de la actividad del artista y por medio de ella. Pero ¿cómo y de dónde es el artista lo que es? Por medio de la obra; pues decir que una obra enaltece al maestro significa que la obra, ante todo, hace que un artista resalte como maestro del arte. El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista. Ninguno es sin el otro. Sin embargo, ninguno de los dos es por sí solo el sostén del otro, pues el artista y la obra son cada uno en sí y en su recíproca relación, por virtud de un tercero, que es lo primordial, a saber, el arte, al cual el artista y la obra deben su nombre. Tan necesariamente como el artista es el origen de la obra de modo distinto a como ésta lo es del artista, tan ciertamente es el arte el origen, de modo aún distinto del artista y sobre todo de la obra. Pero entonces ¿puede el arte en general ser un origen? ¿Dónde y cómo hay arte?

El filósofo señala que para encontrar la esencia del arte que realmente está en la obra, debemos buscar a la obra real y preguntarle qué es y cómo es.

Si bien, continúa Heidegger, la obra de arte es en verdad una cosa confeccionada, dice algo otro de lo que es la mera cosa, ἄλλο ἀγορεύ ει. La obra hace conocer abiertamente a lo otro, revela lo otro; es alegoría. Con la cosa confeccionada se junta algo distinto en la obra de arte. Juntar se dice en griego σύμβά λλειν. La obra es símbolo. Alegoría y símbolo son el marco de representaciones dentro del cual se mueve hace largo tiempo la caracterización de la obra de arte. A pesar de esto, este único en la obra que descubre lo otro, este uno que se junta con lo otro, es lo cósico en la obra de arte. Casi parece que lo cósico en la obra es el cimiento en el cual y sobre el cual está construido lo otro y peculiar.

FREIRE: Esperanza, autonomía y concientización

Hoy nos toca Freire, si, aún nos toca… nos toca la mente y nos mueve a ser otros…

Solamente en la comprensión dialéctica, repitamos, de cómo se dan conciencia y mundo, es posible comprender el fenómeno de la introyección del opresor (u opresora) por el oprimido (u oprimida), la “adherencia” de éste a aquél, la dificultad que tiene el segundo para localizar al primero fuera de sí mismo, oprimido. Otra vez me viene a la memoria el momento en que hace veinticinco años escuché de Erich Fromm, en su casa de Cuernavaca, con la mirada de sus ojos pequeños, azules, brillantes: ‘Una práctica educativa así es una especie de psicoanálisis histórico-socio- cultural y político’. Es esto lo que los mecanicistas dogmáticos, autoritarios, sectarios, no comprenden y rechazan casi siempre como “idealismo”. Si a las grandes mayorías populares les falta una comprensión más crítica del modo cómo funciona la sociedad, no es porque sean, digo yo, naturalmente incapaces, sino por causa de las condiciones precarias en que viven y sobreviven, porque hace mucho que se les prohíbe saber; la salida es la propaganda ideológica, la “esloganización” política y no el esfuerzo crítico a través del cual hombres y mujeres van asumiéndose como seres curiosos, indagadores, como sujetos en proceso permanente de búsqueda, de descubrimiento de [sa raison d’être] de las cosas y de los hechos.

Pedagogía de la Esperanza, p. 132

Como profesor debo saber que sin la curiosidad que me mueve, que me inquieta, que me inserta en la búsqueda, no aprendo ni enseño. Ejercer mi curiosidad de manera correcta es un derecho que tengo como persona y al que corresponde el deber de luchar por él, el derecho a la curiosidad. Con la curiosidad domesticada puedo alcanzar la memorización mecánica del perfil de este o de aquel objeto, pero no el aprendizaje real o el conocimiento cabal del objeto. La construcción o la producción del conocimiento del objeto implica el ejercicio de la curiosidad, su capacidad crítica de “tomar distancia” del objeto, de observarlo, de delimitarlo, de escindirlo, de “cercar” el objeto o hacer su aproximación metódica, su capacidad de comparar, de preguntar; Estimular la pregunta, la reflexión crítica sobre la propia pregunta, lo que se pretende con esta o con aquella pregunta en lugar de la pasividad frente a las explicaciones discursivas del profesor, especie de respuestas a preguntas que nunca fueron hechas. Esto no significa realmente que, en nombre de la defensa de la curiosidad necesaria, debamos reducir la actividad docente al puro ir y venir de preguntas y respuestas que se esterilizan burocráticamente. La capacidad de diálogo no niega la validez de momentos explicativos, narrativos, en que el profesor expone o habla del objeto. Lo fundamental es que profesor y alumnos sepan que la postura que ellos, profesor y alumnos, adoptan, es dialógica, abierta, curiosa, indagadora y no pasiva, en cuanto habla o en cuanto escucha. Lo que importa es que profesor y alumnos se asuman como seres epistemológicamente curiosos.

Pedagogía de la autonomía, 83

La conciencia y el mundo no se estructuran sincrónicamente en una conciencia estática del mundo: visión y espectáculo. Esa estructura se funcionaliza diacrónicamente en una historia. La conciencia humana busca conmensurarse a sí misma en un movimiento que transgrede, continuamente, todos sus límites. Totalizándose más allá de sí misma, nunca llega a totalizarse enteramente, pues siempre se trasciende a sí misma. No es la conciencia vacía del mundo que se dinamiza, ni el mundo es simple proyección del movimiento que la constituye como conciencia humana. La conciencia es conciencia del mundo: el mundo y la conciencia, juntos, como conciencia del mundo, se constituyen dialécticamente en un mismo movimiento, en una misma historia. En otras palabras, objetivar el mundo es historicizarlo, humanizarlo. Entonces, el mundo de la conciencia no es creación sino elaboración humana. Ese mundo no se constituye en la contemplación sino en el trabajo.

Ernani María Fiori en, La concientización, p.17

¿y ahora?

La vocación del alma

Para San Agustín el objetivo de la vida humana en este mundo era “ver la cara de Dios”, él señaló que el alma busca un conocimiento inmediato de Dios y esta idea dominó sus reflexiones. Agustín pensaba que todos tenemos una capacidad innata para conocer a Dios, pero que solamente a través de un duro entrenamiento tendríamos alguna posibilidad de lograr esto. Discernir la presencia Divina, esta es, para Agustín, la vocación del alma. A través de la disciplina moral y de la virtud es que una persona podría iniciar el proceso de despertar su visión interior y, a la vez, despertar la atención Divina para asistirnos. Para Agustín el alma humana no tiene la capacidad de conocer lo divino, solamente cuenta con la vocación (vocatio, acción de llamar) y la Gracia. En este sentido, el tiempo de Agustín es el tiempo de la búsqueda de lo divino y la búsqueda de lo divino es el objeto de las ciencias del espíritu.

Frente al tiempo Agustiniano, el romanticismo alemán tendrá otra cosa que decir. Dilthey, el gran historiador, psicólogo, sociólogo y filósofo, el heredero de la cátedra de Hegel, escribió: “El objeto de las ciencias humanas no debería ser el entender la vida en términos de categorías extrínsecas a ella misma, sino, más bien, a categorías intrínsecas derivadas de la vida. La vida debe ser entendida desde la experiencia de la vida misma. … por las venas del ‘sujeto cognoscente’ de Locke, Hume y Kant, no corre sangre real“. Para Dilthey la vida no es más que la experiencia de estar vivo (Erlebnis). Porque la vida es fundamento de toda experiencia posible, es la vida el objeto de las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften). Y ¿qué hacer frente a la vida?, comprender e interpretar; en palabras de Antonio Gómez Ramos: “en cada punto la comprensión abre un mundo“.

Freud, como Dilthey, también estuvo interesado en la interpretación pero incorporando algo más. Nos dice Habermas que: “El trabajo de interpretación del analista se distingue de la del filólogo no sólo por la articulación de un particular ámbito objetual; exige una hermenéutica específicamente ampliada, que frente a la interpretación habitual de las ciencias del espíritu tenga en cuenta una nueva dimensión“, esa dimensión es, por supuesto, la de la falla causada por la ilusión (el acto fallido, la deformación, la confusión, el olvido).

Ver la cara de Dios, ver la cara de la vida, ver la cara de la ilusión… ¡cuánto hemos caminado!

 

I think my contribution has been one of attitude only

I would like to share part of an interesting interview with Donald Meltzer (he was a “hardcore” Kleinian and director of Tavistock clinic -London-). The article originally appeared in Italian and has been translated into English by Mar du Ry.

D.M.

“[T]he Tavistock’s policy has always been to have virtually nothing to do with a person’s training analysis; to set as few limits as possible on the person that can be chosen for the analysis; that if a person who applied for training is already in analysis, not to insist on their changing to somebody who is in some sense ‘more respectable’ and so on. Therefore people could have a Jungian analysis. They have sometimes been accepted with analysts who were not members of either the Jungian society or the British Society. Then eventually, of course, the Tavistock’s own child analysts have become skilled and experienced adult analysts who have become acceptable as training analysts in their own right. It has become self-developing in that way. It also respects people who have had previous analyses and does not insist that they have to be in analysis during the duration of their training; that is, if they have had analyses that have been of adequate duration and in the patient’s and analyst’s opinion have been successful analyses therapeutically, the Tavistock accepts these as the training analysis. I think only the French have done anything like that.

The emphasis at the Tavistock has always been on clinical seminars and work on clinical material rather than any kind of theoretical lectures; the study of the literature has always been placed relatively late in the training so that people start work without a lot of theoretical ideas and preconceptions in their minds. It probably is true that people who have studied at the Tavistock are less enthusiastic and less widely read in cultural psychoanalytic literature, but they are much more widely read in cultural literature. And a good reason for that is quite simply that the people who work at the Tavistock are largely people who have been teachers, who’ve had history and literature degrees and who naturally in the course of their work use literary examples to clarify clinical problems and so on. And it naturally stirs students to read literature rather than psychoanalytic literature.

[M]y idea of the qualities that make for a good analyst have changed through the years. I used to think that it required a very high intelligence; I don’t really think that anymore. I think any good intelligence is adequate because the kind of intelligence that is involved in psychoanalytic work really comes from the depths of the mind and not from the kind of levels that ordinarily manifest themselves in social and academic circles. The main thing that I look for when it comes to referring people and assessing which one of my students I feel free to refer patients to is kindness. This I learned from Roger Money-Kyrle, and it seems to me to be the absolutely essential requirement for an analyst. Kindness means generosity, forbearance, a readiness for sacrifices, and a capacity for intense emotional interest in a person. It is a very complicated concept. I don’t like people who are too steeped in theory, or too interested in theory, or who think that psychoanalytic theories are explanatory, and so on. My recommendations to anybody coming into this field would not be to study medicine but to study English literature or art history or things of that sort, the humanities, literature

M. du R.

As the last question, perhaps a difficult one, how would you evaluate your own influence, which has some weight, on developments in Britain?

D.M.

These are historical judgments. I think what I have contributed is a strong emphasis on clinical work, on clinical observation. I think I have helped people assimilate Bion’s work, which is the next great step in psychoanalysis. I think there are some original bits and pieces in my work, in my thought, and so on, but I don’t think that is how psychoanalysis develops. I think that is part of what used to be called the ‘stepbook’ theory of its development. I mean there have been very few people who have made extraordinary contributions, I would say maybe six or seven altogether, Freud, Abraham, Mrs. Klein, Bion -and I would include people like Paul Schilder and the early Wilhelm Reich. It is only a handful of people who’ve had original ideas. I’m not a person with original ideas.

M. du R.

Some people would contradict you on that.

D.M.

Well, that is because it’s new to them. I say it in a different way, and they don’t know where it comes from. That’s not modesty, but that’s my idea of how psychoanalysis grows. It grows in the consulting rooms, where gradually people become more experienced and able to talk to one another. So long as they stay close to the clinical material, they can talk to one another with more and more understanding. As soon as they start talking theories, pfftt, schools, conflict, politics and so on. I think my contribution has been one of attitude only.”

Sobre lo real y lo terrible

Caminamos en una playa de sentido con un mar frente a nosotros. Miramos al horizonte y hay una inmensa masa de ‘algo’. “Al otro lado está china” –nos han dicho-, “hay tanto bajo la superficie que no lo creerías” –nos han dicho-

Enterramos los pies en la arena; hacemos castillos, recogemos conchitas y miramos las huellas de los cangrejos, cosas que nos recuerdan de lo otro que está más allá de lo que vemos. Traemos un microscopio y miramos una gota de agua salada. La probamos y comprobamos. Decidimos que la aventura es hacer un bote y meterse al mar.

Entonces corremos y hacemos nuestra casa frente al mar, y sentimos la brisa y escuchamos a las olas y pensamos que conocemos el mar. “No comprendo estas cosas. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar el sol o la luna o las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos”, diría Hemingway.

“No le des la espalda al mar” –nos dicen unos-, “aprende a nadar”, “cuídate de la marea”; bla bla bla…

La cosa en sí, lo incognoscible, lo irrepresentable, lo real. Para la muerte tampoco hay representación, tal vez es lo más real y lo más atemporal en el microcosmos humano.

Lo terrible (Entsetzende) –diría Heidegger- “es aquello que saca a todo lo que es de su esencia primitiva. ¿Qué es esto terrible? Se muestra y se oculta en el modo como todo es presente, a saber, en el hecho de que, a pesar de haber superado todas las distancias, la cercanía de aquello que es, sigue estando ausente