Sin título

Dear Empire, I am confused each time I wake inside you.
You invent addictions.
Are you a high-end graveyard or a child?
I see your children dragging their brains along.
Why not a god who loves water and dancing
instead of mirrors that recite your pretty features only?

You wear a different face to each atrocity.
You are un-unified and tangled.
Are you just gluttony?
Are you civilization’s slow grenade?

I am confused each time I’m swallowed by your doors.

 

Jesús Castillo

Las olas de la historia

Nos dice Unamuno que:

Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.

Los que viven en el mundo, en la historia -continúa Unamuno- “atados al «presente momento histórico», peloteados por las olas en la superficie del mar donde se agitan náufragos, éstos no creen más que en las tempestades y los cataclismos seguidos de calmas, éstos creen que puede interrumpirse y reanudarse la vida”. Pero la verdadera tradición no habita ahí, sino en el fondo del mar, “bajo” la historia. Hagamos caso un minuto y busquemos la tradición eterna en el fondo del presente. La tradición eterna, señala Unamuno, “es el fondo del ser del hombre mismo”, se trata del hombre, es decir, de lo que conviene buscar en nuestra alma.

Corruption, evil and society: Baudrillard and dissolution

Baudrillard:

Getting to the roots of corruption would be an endless business. No one could plumb its depths. Without any doubt, it is consubstantial with social functioning. But at least the ‘war on corruption’ evokes its spectra and presents us with it as spectacle. Now, the spectacle of corruption is a vital function in a democracy: it provides entertainment and has an educative, cathartic function. It does not produce any deep-seated bitterness; otherwise revolt would be permanently festering. In the end, corruption does not arouse any collective indignation (though, this, naturally, is filtered by the media).

Everyone dimly realizes that any system functions in denial of its own principles, transgressing its own rules. And this resignation over principles feeds an abashed consensus on the hidden, immoral rules by which our society operates. Corruption in democracy is simply the new form assumed by privilege –the rule in earlier societies –which has merely become illegal, thus adding further to its charm. Corruption itself is, in this way, a vital function: a secret mechanism of a whole society, a source of political energy, a public service.

What people ultimately want is to be given a chance to give, as they have elsewhere been given the chance to vote or, on any of the confessional TV programs, the chance to speak. So those who satisfy this desire, taking their cut from it as they do, are performing a genuine public service. At any rate, the money misappropriated in the process, being deflected first from its useful (private) purposes, then from its useful (public) purposes by the cancer crooks, still meets the same fate: it is squandered. In this respect it is similar to the money sacrificed in gambling and in playing the lottery.

It has never been the primordial function of a society to put money and resources to moral ends, even if it is the alleged ideal of all our democracies. Money remains at all times and in all places the accursed share, the immoral share, the evil portion. And the primordial function remains that of managing that accursed share, of voiding and laundering money through gambling, waste, misappropriation and corruption; destroying money by its immoral use; destroying evil with evil. This is the strategy of evil, the politics of evil which preserves the symbolic equilibrium of a society. Evil be to him who evil thinks.

Razones de mujer

Les comparto Razones, de Maya-Cú, poetisa guatemalteca

Razones

Si la memoria no me falla

hay en mi árbol genealógico

una madre

abatida por

trabajo, hambre, abandono…

algún hermano desterrado

por padecer cierta lepra moderna

una hija sobreviviendo

a un padre ausente

más allá

hay dos abuelas

cuyas bisabuelas

parieron frutos híbridos

quienes

a su vez

parieron otras frutas

poblando

siglo tras siglo

este Paraíso Violado

del otro lado del océano

llegó un abuelo

cuyo abuelo

cruzó la puerta de los esclavos

en las isla de Goré

de ellos heredé

la terquedad del ritmo

aun cuando el espíritu agonice

deberás comprender

entonces

lo difícil que es

olvidar este dolor

que nació conmigo

como herencia familiar

tendrás

que sumarle además

la rabia

de saberme

mujer no nacida

amante mutilada

arco iris abortado

-recuerda que fui parida

durante la guerra eterna-

que

no te extrañe entonces

si a tu pedido de

bondad

alegría y olvido

respondo

justicia

ahora que conoces

esta historia personal

te pido:

no apresures tu reacción

o tu discurso

détente

escucha

por ahí

en algún

espacio de vida

corre todavía un riachuelo

que, si lo dejas inundarte

te convertirá

en la continuación

de mi cauce

de esperanza.

Ortega, “Olmedo” y la inteligencia

Del favorito Ortega y Gasset les comparto un fragmento que se encuentra en la colección “Estudios sobre el amor”, el texto NO trata (directamente) sobre el amor, sino sobre la inteligencia.

“Me he encontrado con Olmedo. ¿Que quién es Olmedo? Para mi gusto, un hombre admirable. Es inteligente y no es intelectual. Ignoro si los otros habrían tenido mayor ventura; pero lo que la vida ha puesto delante de mí me impone la enojosa convicción de que, al menos en nuestro tiempo, casi no hay más hombres inteligentes que los intelectuales. Y como la mayor parte de los intelectuales no son tampoco inteligentes, resulta que la inteligencia es un suceso sobremanera insólito en el planeta Tierra. Esta convicción, cuyo enunciado irritará tan justamente al lector, es también para el que la abriga sumamente penosa y azorante. Por muchas razones; pero, ante todo, porque partiendo de ella se hace enormemente probable que uno mismo no sea nada inteligente y, en consecuencia, que todas las ideas de uno sean falsas, incluso ésta que califica de hecho insólito a la inteligencia. Pero ello es irremediable. Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. Sólo cabe solicitar que cada cual cante su canción con lealtad. Y la mía ahora podrá llevar el mismo título que el famoso sermón de Massillon Sur le petit nombre des élus. Nada ha sembrado en uno tanta melancolía como esta averiguación de que el número de los inteligentes es escasísimo.

Porque no se trata de exigir al prójimo genialidad. Por inteligencia entiendo tan sólo que la mente reaccione ante los hechos con alguna agudeza y precisión, que no se tome el rábano perpetuamente por las hojas, que no se confunda lo gris con lo pardo y, sobre todo, que se vea lo que se tiene delante con un poco de exactitud y de rigor, sin suplantar la visión con palabras mecánicamente repetidas. Mas, de ordinario, se tiene la impresión de vivir entre sonámbulos que avanzan por la vida sumergidos en un sueño hermético de que no es posible despertarlos para hacerles percatarse del contorno. Probablemente, la Humanidad ha vivido casi siempre en este estado sonambúlico en que las ideas no son reacción despierta y consciente ante las cosas, sino uso ciego, automático de un repertorio de fórmulas que el ambiente insufla en el individuo.

Es innegable que mucha parte de la ciencia y de la literatura se ha hecho también en trance sonambúlico; es decir, por criaturas nada inteligentes. Sobre todo, la ciencia de nuestros días, a la vez especializada y metodizada, permite el aprovechamiento del tonto, y así vemos a toda hora que hacen obra estimable personas que no podemos estimar. Ciencia y literatura, pues, no implican perspicacia; pero su cultivo es, sin duda, un excitante que favorece el despertar de la mente y la mantiene en esa alerta luminosa que constituye la inteligencia.

Porque después de todo la diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia contra sus propias tonterías, las reconoce en cuanto apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas.

Por esa razón del estímulo constante hay más probabilidades para que un intelectual sea inteligente; pero yo considero grave desdicha que en una época o en una nación la inteligencia quede prácticamente reducida a los límites de la intelectualidad. Porque la inteligencia se manifiesta, sobre todo -no en el arte, no en la ciencia- en la intuición de la vida. Ahora bien: el intelectual no vive apenas, suele ser un hombre muy pobre de intuiciones, no actúa apenas en el orbe, conoce poco la mujer, los negocios, los placeres, las pasiones. Lleva una existencia abstracta y raramente puede arrojar un trozo de auténtica carne viva a los colmillos puntiagudos de su intelecto.

La inteligencia del intelectual nos sirve de muy poco: actúa casi siempre sobre temas irreales, sobre cuestiones de su propio oficio. Por eso es una delicia para mí encontrar a Olmedo, verle llegar sonriente, precedido por el doble florete de su mirada -mirada perforante y casi cínica, que parece levantar las faldas a todas las cosas para ver cómo son por dentro. Olmedo es banquero y hombre del gran mundo. Cuando atraviesa rápido por mi existencia, al fin y al cabo, escuálida, como de intelectual, me parece un meteorito coruscante que llega cargado de áureo polvo sideral. Venga de donde venga, yo sé que viene siempre del Universo y que, en su viaje, al paso, ha visto de soslayo lo que se hacía en Venus y ha dado en el anca una palmada a Neptuno. Olmedo sabe mucho también de libros; sabe tanto como un intelectual; pero no lo sabe en intelectual, sino en hombre de mundo. No ha permitido nunca que el eje de su persona quede hincado en ningún oficio, y por lo mismo limitado, sino que lo deja vagar a la deriva de su destino unipersonal.”

¿por qué el arte conmueve?

Es más o menos sabido el disgusto de algunos sectores de la escena cultural posmoderna con el ‘posmodernismo’; muchos de sus detractores lo consideran jerigonza y otros se limitan a decir que es burgués, pretensioso e incomprensible. Habitan el ciberespacio excelentes ejemplos de crítica posmoderna -en el peor sentido que podemos dar al término- a la posmodernidad, usualmente vienen de filósofos ocupados de problemas “realmente importantes”, como la demarcación entre las ciencias y las pseudo-ciencias.

Como sea, les dejo un par de ideas de Anne Sauvagnargues a propósito de territorialidad y arte.

Dice Sauvagnargues que “el arte no es un rasgo antropomórfico, no es lo propio del hombre, sino que debe ser comprendido conforme la lección de Nietzsche, es decir, como fenómeno vital. Allí donde Nietzsche funda la creación en la potencia de la voluntad, Deleuze, lo mismo que Uexküll, Ruyer y Leroi-Gourhan, piensa el arte como agenciamiento territorial, algo que es propio, no de la vida, sino del animal que posee un territorio y una casa, es decir, que agencia materias expresivas en una operación vital tributaria de la territorialización.

El arte, así pensado, corresponde más a una afectología, ya que el afecto implica una signaléctica y una capacidad expresiva que modulan materiales y cualidades y los transforman de lo funcional a lo expresivo. Por eso, continúa Sauvagnargues siguiendo a Deleuze, el arte no es la expresión de lo vital, sino de la territorialización.

El territorio no es un espacio ya dado, un lugar, sino un acto de relación , la de una “distancia crítica entre dos seres de la misma especie” que sirve para “marcar sus distancias”. Así, el territorio no es un lugar, sino un acto que arranca del caos del mundo a fuerzas que él condensa y hace visibles. El medio no territorializado, señala Sauvagnargues, carece de existencia para cualquier viviente.

Aquí sigo yo: sin umbral, pues, no hay nada y el arte es intento de captura de las fuerzas que producen al umbral. Tal vez por esto es que el arte conmueve, porque nos relaciona con las fuerzas que hacen algo de la nada.

A partir de aquí, tal vez resulta más fácil entender a qué se refiere Meltzer con el lenguaje de los sueños. Él señala que este utiliza tanto una forma lingüística simbólica (lenguaje interno) como una forma plástica simbólica (imagen). El lenguaje interno consiste principalmente en gestos y sonidos (canto y danza), de manera parecida al primer lenguaje instintivo infantil que precede el desarrollo verbal del lenguaje para la comunicación con el mundo exterior. Es un lenguaje que frecuentemente expresa experiencias preverbales, las mismas evocadas por el arte, que el lenguaje verbal no es siempre capaz de expresar.

¿En qué Iglesia estamos?

P. Román Fortuny, Comunidad de los Traperos de Emaús en Sabadell, Barcelona, Testimonio.

El día 8 de marzo del 1998 estábamos en Huixtán para pernoctar allá y al día siguiente llegar a la comunidad de Chanal. Un lugar donde las autoridades civiles se habían incautado del templo para que únicamente estuviera al servicio de la población católica llamada de “la tradición”, lo cual significa que la población que seguía la orientación y las propuestas diocesanas no puede entrar en el templo.
Esta tarde tuve ocasión de ver las noticias en la TV, y escuché cómo varias personas, intelectuales y del campo de la política, se referían a la visita de los obispos de Chiapas a la población de Chanal. Todos hablaban en un tono despectivo y con afirmaciones como éstas: “Obispos nefastos para este país”, es como para “avergonzarnos de tener una plática con ellos”, “personas subversivas que desmerecen la dignidad que requiere un obispo”, etc. Para colmo, aquella misma noche cayó una piedra en el patio de la parroquia que llevaba un mensaje escrito atado con un lazo; el mensaje decía: “Esta Noche habrá Sangre”.
Al día siguiente, los obispos con rostro de preocupación decidieron convocar a los servidores de la comunidad de Chanal para una reunión por la tarde. Llegaron como unas doce personas, la palabra de Samuel fue la siguiente: “Hermanos, nosotros somos sus obispos, estamos de visita pastoral. Ustedes sufren mucho y por ello queremos acompañarlos en este sufrimiento; pero nos damos cuenta de que ustedes y nosotros corremos un riesgo grande. Nosotros queremos correr todo el riesgo que ustedes quieran correr, por eso somos sus obispos; pero lo que no podemos, es que todos corramos un riesgo que ustedes no quieran correr. Así pues, nuestra pregunta es: ¿Posponemos esta visita para otro momento o decidimos mantenerla de todos modos?
Se hizo un silencio intenso, y un hermano dijo: hagamos oración. Se inició una oración colectiva en la que cada uno expresa a media voz lo que nace de su corazón. Unos diez minutos de oración, un breve silencio, y se cruzan las miradas entre unos y otros, para que los principales digan: “Vengan, que no pasará nada”. Samuel cerró el encuentro diciendo: “Mañana, si Dios quiere, a las 6 de la mañana estaremos en el crucero de Chanal“. Aquí empecé a preguntarme: ¿En qué iglesia me encuentro? En la que yo conozco un asunto de esta envergadura no se contempla ni se resuelve de esta manera…
Cenamos y nos vamos al descanso.
A media noche, como a la una de la madrugada: golpes de piedra o de palos en las ventanas, gritos y ruidos nos desvelan a todos los de la casa. Don Raúl pide a un hermano tzeltal que pregunte a quienes golpean y gritan, ¿Quiénes son y qué desean? La respuesta es: “Somos la policía que venimos a buscar a los obispos”. Don Raúl expresó que Don Samuel no estaba, intentó eludir respuestas, pero no le quedó otra que ir con los policías.
En aquel momento le dije: Yo le acompaño; su respuesta fue: No, porque puede ser que en el trayecto nos maten y ¿porqué has de acabar aquí cuando no tienes nada que ver con todo esto? Mañana, Ustedes (el P. Henry y tú) estén en el crucero a las seis.
Quien lea esta comunicación comprenderá que el grado de sorpresa y de perplejidad iba en aumento: ¿En qué Iglesia estamos?
Sin pegar ojo, a las seis, ambos estábamos en el crucero de Chanal. Al rato llegó una camioneta con una persona, su conductor, para decirnos: No ha pasado nada, los obispos están bien y vienen hacia acá. Me adelanto para decirles que se ha llegado a un acuerdo, es decir: se puede hacer la visita a Chanal con las siguientes condiciones: no se puede entrar en el templo, no lanzar cohetes, ni vivas, ni aplausos. Únicamente pueden buscar un espacio para rezar. La respuesta inmediata del P. Henry fue: He de ir a avisar a la gente porque en cuanto vean el carro de Samuel y el de Don Raúl, saltará el primer cohete. El señor de la camioneta dice: No, me han dicho expresamente que no vaya Ud. porque existe la posibilidad de que le maten por el camino.
El P. Henry replica y dice: O voy yo o no va nadie, porque no puedo cargar en mi conciencia enviar a un Hermano y que lo maten. Se armó como una controversia, de cómo evitar los cohetes y los aplausos impidiéndonos dar el aviso para ello. A unos metros de lejanía, estaba una redila cubierta con la lona y con hermanos en oración en su interior, que podíamos escuchar desde nuestro lugar. De pronto, dos jóvenes saltan de la redila para acercarse y decir sin preguntar nada: Vamos nosotros. Otro momento de perplejidad y de tener una percepción en mi interior totalmente nueva para mí.
Al rato llegan los carros con Samuel y Don Raúl. Se forma la comitiva y nos acercamos a la población de Chanal.
Me impresionó el “espectáculo”: ver a toda una población indígena, con sus trajes propios del lugar. Hombres con sus sombreros, con los cohetes en la mano y boca abajo, las mujeres con sus mantos bordados sobre blanco, con ramos de flores y palmas en sus manos. Todos ellos manteniendo un silencio sepulcral en el centro de la plaza del pueblo. Alrededor, formando un círculo en toda la plaza, numerosos carros de combate, tanquetas, camiones, soldados y policías armados con fusiles y ametralladoras, en posición amenazante apuntando hacia la gente.
Me cuesta describir lo que sentí en aquel momento; pero puedo afirmar que comprendí qué significa la fuerza de la dignidad de un pueblo, con su silencio y mirada serena, frente a otra fuerza: la fuerza del poder que necesita instrumentos para matar, es decir las armas que les dan una seguridad, más allá de cualquier razón.
Percibí cómo la mirada y la actitud de los indígenas hacia los soldados y sus armas amenazantes, tenían una fuerza infinitamente superior a la de aquel montón de fierros para matar. El pueblo miraba a los soldados como a hermanos, y los soldados fríamente cumplían órdenes superiores, que ni siquiera lograron meter el miedo en el corazón de aquel pueblo.
Entendí como nunca la expresión de San Pablo: “la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad”.
La oración consistió en la lectura de un fragmento de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios capítulo cuatro: “Pues al parecer, a nosotros los apóstoles, Dios nos ha destinado al último lugar, como condenados a muerte; nos ha convertido en espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres. Así que nosotros somos unos necios por Cristo y ustedes sabios en Cristo; nosotros débiles, ustedes fuertes; ustedes alabados, nosotros despreciados. Hasta el presente no hemos padecido más que hambre, sed, desnudez y malos tratos; andamos de un lado a otro y nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos. Nos insultan y nosotros bendecimos; nos persiguen y lo soportamos; nos calumnian y respondemos con bondad. Nos hemos convertido en la basura del mundo, hemos llegado a ser el desecho de todos hasta ahora” (I Cor. 4, 9-13)
Con la escucha de esta Palabra, se me inundaron los ojos, se perdió la sorpresa, se acabó la perplejidad, y hallé la respuesta a: “¿En qué Iglesia estamos?”
En este instante comprendí, no desde la racionalidad, sino desde la vida, que la Palabra dice mucho más: “la Palabra de Dios: no sólo habla para nosotros, sino que habla de nosotros

Mi empresa no es difícil, esencialmente.

Hagamos una deconstrucción -creo- de un fragmento de Pierre Menard, autor del Quijote, de Borges. Conviene hacer tres aclaraciones impertinentes (te las puedes brincar):

  1. Gödel y Tarski probaron que no todo enunciado verdadero es demostrable (bueno, esto ya lo venían diciendo desde la Edad media) y que no todo lo irrefutable es verdadero (esto nadie lo quiere decir).
  2. Paul Cohen descubre (este es un asunto bien serio de ontología… ¿descubre o construye?) un método (Forcing) que permite construir distintos modelos de una teoría (van Fraassen “seguro” que lo leyó). El método Forcing permite crear mundos en los que suceden cosas sorprendentes (mundos posibles)
  3. Según el lema Borell-Cantelli, un solo mono inmortal que ejecutase infinitamente tecleos sobre una máquina de escribir casi seguramente (esta es una convergencia a una variable límite, no es un modo de hablar, ¿eh?) podría escribir cualquier texto dado, además, el texto sería producido un infinito número de veces.

Bueno, a lo que vamos (este es el texto de Borges reacomodado) …

[después de enumerar] la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese «dislate» es el objeto primordial de esta nota.

Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria. No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino «el» Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes.

30 de septiembre de 1934, Bayonne. Escribe Pierre Menard:

Mi propósito es meramente asombroso… el término final de una demostración teológica o metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales— no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas…

En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo: conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero lo descartó por fácil.

–      ¡Más bien por imposible!

De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo XVII le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo —por consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.)

Mi empresa no es difícil, esencialmente. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.

Billy Budd: el lado absurdo de la bondad

¡Maldición!, decidí leer Billy Budd, de Herman Melville y, por supuesto, me arruinó el sueño. Al fin de la noche uno acaba con la sensación de que Billy intenta un motín, y sólo uno: el de nuestra consciencia.

La bondad es tartamuda: hay que escucharle sin prisas y a sabiendas de que, prisionera del mundo y atacada por la maldad, no alcanzará a articular su defensa. Como Billy, la bondad es víctima de la crueldad, que le priva de todo y que usa sus mejores cualidades en su contra.

Les dejo unos fragmentos que, en mi opinión, muestran el argumento de la terriblemente maravillosa novela:

‘Beg pardon, but you don’t understand, Lieutenant. See here now. Before I shipped that young fellow, my forecastle was a rat-pit of quarrels. It was black times, I tell you, aboard the Rights here. I was worried to that degree my pipe had no comfort for me. But Billy came; and it was like a Catholic priest striking peace in an Irish shindy. Not that he preached to them or said or did anything in particular; but a virtue went out of him, sugaring the sour ones. They took to him like hornets to treacle; all but the bluffer of the gang, the big, shaggy chap with the fire-red whiskers. He indeed, out of envy, perhaps, of the newcomer, and thinking such a “sweet and pleasant fellow,” as he mockingly designated him to the others, could hardly have the spirit of a game-cock, must needs bestir himself in trying to get up an ugly row with him. Billy forbore with him, and reassured with him in a pleasant way—he is something like myself, Lieutenant, to whom aught like a quarrel is hateful—but nothing served.

 

… What was the matter with the master-at-arms? And be the matter what it might, how could it have direct relation to Billy Budd, with whom prior to the affair of the spilled soup he had never come into any special contact, official or otherwise? What indeed could the trouble have to do with one so little inclined to give offense as the merchant ship’s peacemaker, even him who in Claggart’s own phrase was ‘the sweet and pleasant young fellow’? Yes, why should Jemmy Legs, to borrow the Dansker’s expression, be down on the Handsome Sailor?

 

But, at heart and not for nothing, as the late chance encounter may indicate to the discerning, down on him, secretly down on him, he assuredly was.

 

… But the thing which in eminent instances signalizes so exceptional a nature is this: though the man’s even temper and discreet bearing would seem to intimate a mind peculiarly subject to the law of reason, not the less in his soul’s recesses he would seem to riot in complete exemption from that law, having apparently little to do with reason further than to employ it as an ambidexter implement for effecting the irrational. That is to say: toward the accomplishment of an aim which in wantonness of malignity would seem to partake of the insane, he will direct a cool judgment sagacious and sound.

 

These men are true madmen, and of the most dangerous sort, for their lunacy is not continuous, but occasional; evoked by some special object; it is secretive and self-contained, so that when most active it is to the average mind not distinguished from sanity, and for the reason above suggested that whatever its aim may be, and the aim is never disclosed, the method and the outward proceeding is always perfectly rational.

 

… That Claggart’s figure was not amiss, and his face, save the chin, well molded, has already been said. Of these favorable points, he seemed not insensible, for he was not only neat but careful in his dress. But the form of Billy Budd was heroic; and if his face was without the intellectual look of the pallid Claggart’s, not the less was it lit, like his, from within, though from a different source. The bonfire in his heart made luminous the rose-tan in his cheek.

 

In view of the marked contrast between the persons of the twain, it is more than probable that when the master-at-arms in the scene last given applied to the sailor the proverb ‘Handsome is as handsome does,’ he there let escape an ironic inkling, not caught by the young sailors who heard it, as to what it was that had first moved him against Billy, namely, his significant personal beauty.

 

Now envy and antipathy, passions irreconcilable in reason, nevertheless, in fact, may spring conjoined like Chang and Eng in one birth. Is envy then such a monster? Well, though many an arraigned mortal has in hopes of mitigated penalty pleaded guilty to horrible actions, did ever anybody seriously confess to envy? Something there is in it universally felt to be more shameful than even felonious crime. And not only does everybody disown it, but the better sort are inclined to incredulity when it is in earnest imputed to an intelligent man. But since its lodgment is in the heart, not the brain, no degree of intellect supplies a guarantee against it.

El horizonte de lo infinito

Hemos dejado tierra, ¡nos hemos embarcado!

Hemos cortado los puentes, o más aún, ¡hemos dejado la tierra atrás!

Desde ahora, ¡ten cuidado, barcaza! A tu lado se extiende el océano;

por supuesto, no siempre brama y a veces se despliega

como seda y oro y como un ensueño de la bondad.

Pero llegan horas en que reconocerás que no tiene límite

 y que no hay nada más espantoso que el infinito.

¡Pobre pájaro que te sentiste libre y que

ahora chocas con los barrotes de semejante jaula!

¡Desgraciado de ti si te asalta la nostalgia de la tierra,

como si en ella hubiese habido más libertad,

ahora que ya no hay tierras!

Nietzsche, Aforismo 124: El horizonte de lo infinito