La humanidad del otro hombre

Transferirse, aceptar la debilidad sin cobardía; es el ser cayendo en humanidad, como una lágrima.

Where have I been? Where am I? Fair daylight,

I am mightily abus’d. I should e’en die with pity,

To see another thus. I know not what to say.

I will not swear these are my hands. Let’s see.

I feel this pin prick. Would I were assur’d

Of my condition!

Shakespeare, King Lear IV, 7.

 

Para evitar la desesperanza existencial solemos tomar la salida que desmiembra al otro. Lo que no vemos es que esta violencia también nos borra a nosotros: humanos “apenas”, brincamos de evento en evento, de cuerpo en cuerpo, de acto en acto, de una noche a la que sigue. Consumimos sin nutrirnos y, languideciendo, necesitamos más.

Hace unos años leí un trabajo de Kristeva en que nos recuerda que la libertad tiene que ver con la capacidad del hombre de encontrar a los otros como otros. No se trata -digo yo- de ignorar a los otros, ni de usar a los otros, ni de acordarse de los otros cuando uno necesita de sus servicios o está aburrido o triste, sino de transferirse al lugar de los otros (eso es diferente a proyectarse). Transferirse al lugar de los otros nos permite escoger bien entre los muchos -no infinitos- vínculos posibles y nos permite hacer juicios apropiados.

Transferirse al lugar de los otros nos permite darnos cuenta de que querer no es querer complacer y respetar no es permitir que hagan de nosotros una alfombra. También nos permite darnos cuenta de que contener no es digerir por el otro. Si podemos hacer esto, nuestra relación se hará re-unión: conciencia de sí y ser-en-acto (para usar los términos de Levinas). Solamente así la experiencia es fuente de sentido.

Mother

Alguien escribió por ahí:

Is there any association with landscape and the (body of the) mother? I recently spent a week at the Kruger National Park in South Africa and was amazed with the river beds with no water.

Pensé su pregunta desde la infancia de la palabra: ‘landscape’

  • Land de landja (country-one’s native land)
  • Scape de Scap (vessel-container)

Mother – landscape : Container of one’s native land.

Sentir

“Me siento sola y asustada” -me dijo.

Lo siento mucho, pensé.

Je sens. Resulta que el verbo sentir, en francés, significa oír/sentir/oler.

  1. Sentir es “to feel” y también “to sense”. “Lo siento”, literalmente “I feel it”; es una de esas expresiones sabias que hablan del adentro (el psiquismo), la frontera (la piel) y el afuera (las cosas).
  2. Sentir es una palabra que ha caminado desde el latín sentire, vinculada con la raíz indoeuropea *sent, que podemos entender como tomar una dirección. Así, sentir es también dirigirse a algún lugar.
  3. Sentire también está vinculada con el germánico sinn, que puede entenderse como deseo, comprensión y significado (sinn machen)

Sentir nos recuerda cómo alma y cuerpo están anudados, también nos recuerda que alma y sentido están anudados e igualmente que tú y yo estamos anudados.

Sentir es sentir el mundo y, con suerte, cuando uno siente, lo siente.

Así está bien

Bion, sus cogitaciones y nuestras pequeñeces

Hace unos días escuché a unos colegas hablando acerca del taller/conferencia que dio respetadísima maestra sobre temas del quehacer de los psicoanalistas. Confieso que yo no asistí al taller, tenía pacientes y -como suele pasarme- andaba un poco empachado de teoría. Como sea, los colegas se armaron sendos pseudo-argumentos a favor y en contra del conocimiento de la ponente.

Hipnotizado por las palabras de mis colegas, me sorprendí “entrando” a su debate y jalando recuerdos e ideaciones de aquí y de allá, haciendo pequeñas escaramuzas mentales que, por suerte, se extinguieron pronto. Ayer por la mañana llegó a mi mente un pequeño texto de Bion, de sus pre-postumas Cogitaciones.

El texto es de 1969, ¿tal vez del 15 de marzo?. La traducción es mía (seguro hay otra mejor).

Mucha de la controversia psicoanalítica no es ninguna controversia. Si la escuchamos por suficiente tiempo -ponga usted un año, aunque preferentemente dos o tres- los patrones empiezan a emerger, al punto que podría escribir una ponencia apropiada para citarse en cualquier mesa de jornada, taller o simposio, simplemente alterando una o dos frases.

“Damas y Caballeros, hemos escuchado un texto estimulante y muy interesante. Yo tuve la gran ventaja de leerlo con anticipación y, aunque no puedo decir que coincido en todo lo que ha dicho el Dr. X” (principalmente porque no tengo una remota idea de lo que él piensa que está diciendo y estoy seguro de que él tampoco), “encuentro su presentación extremadamente estimulante. Hay muchos puntos que me gustaría discutir con él si tuviésemos el tiempo” (gracias a Dios no lo tenemos), “pero sé que aquí hay muchos colegas ansiosos por tomar el micrófono” (en particular todos nuestros insoportables residentes que hasta el momento nadie ha logrado callar). “Así que no tomaré mucho de nuestro tiempo. Sin embargo, hay un asunto en el que a mi me gustaría que el Dr. X pudiese compartir sus ideas” (en este punto me preparo para dar a uno de mis rollos favoritos su periódica salida a pasear, no importa ni mínimamente cuán irrelevante sea o que tan improbable sea que el Dr. X tenga algo que decir sobre el asunto, tampoco importa que yo no tenga la menor intención de escuchar los puntos de vista del Dr. X, en el improbable caso de que los tenga.) “Pienso que” (y solamente los pobres diablos de mi grupillo saben qué tan a menudo pienso) “que… etc… etc.”

The mystery of consciousness

Why such an interest in consciousness at the present time? Could it be because of a feeling that we might in this phenomenon be in the presence of something absolutely inexplicable? After all, not everything is explicable. The greatness of a particular work of art, while not pure mystery, is a matter of ‘noumenal’ depth, a bottomless well, beyond demonstration. Is consciousness such a thing? Are we in this phenomenon running our heads up against the limits of explanation?

This seems unlikely. It is worth remembering that at some point during the history of the life-system of which we are part, consciousness evolved into being, and that the laws of physics cannot have relaxed their hold upon physical phenomena as it did. And it seems equally certain that supervenience must have characterized the emergence of consciousness upon such a physical basis, and that it is inconsistent with a radical contingency. If one physical condition corresponds to consciousness in one animal in one life-system in one sector of physical space, it is not going to correspond to unconsciousness or something quite other either in another animal or in a different life-system in another part of the universe. These considerations suggest that there cannot be much to the idea that consciousness is an essentially inexplicable phenomenon. What that explanation is, and whether we can ever hope to find it, are naturally enough other matters.

And so when people speak of ‘the mystery of consciousness’, they perhaps mean that nothing could explain the appearance of so radical a novelty on the world scene. But it is possible that what they are thinking of is something rather different. It could be that what they have in mind is, that whatever the explanation of consciousness may be, that explanation must be one that is marked by a natural depth which is barely to be plumbed in its entirety. And it is easy to sympathize with such a sentiment. And yet why single out consciousness in this regard? Are we to assume that a comparable attitude is out of place concerning Mentality itself—or even Life? Are not these phenomena marked likewise by depth of this particular type, and in that specific sense of the term by ‘mystery’ of a kind?

Brian O’Shaughnessy

Sin título

Dear Empire, I am confused each time I wake inside you.
You invent addictions.
Are you a high-end graveyard or a child?
I see your children dragging their brains along.
Why not a god who loves water and dancing
instead of mirrors that recite your pretty features only?

You wear a different face to each atrocity.
You are un-unified and tangled.
Are you just gluttony?
Are you civilization’s slow grenade?

I am confused each time I’m swallowed by your doors.

 

Jesús Castillo

Las olas de la historia

Nos dice Unamuno que:

Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.

Los que viven en el mundo, en la historia -continúa Unamuno- “atados al «presente momento histórico», peloteados por las olas en la superficie del mar donde se agitan náufragos, éstos no creen más que en las tempestades y los cataclismos seguidos de calmas, éstos creen que puede interrumpirse y reanudarse la vida”. Pero la verdadera tradición no habita ahí, sino en el fondo del mar, “bajo” la historia. Hagamos caso un minuto y busquemos la tradición eterna en el fondo del presente. La tradición eterna, señala Unamuno, “es el fondo del ser del hombre mismo”, se trata del hombre, es decir, de lo que conviene buscar en nuestra alma.

Corruption, evil and society: Baudrillard and dissolution

Baudrillard:

Getting to the roots of corruption would be an endless business. No one could plumb its depths. Without any doubt, it is consubstantial with social functioning. But at least the ‘war on corruption’ evokes its spectra and presents us with it as spectacle. Now, the spectacle of corruption is a vital function in a democracy: it provides entertainment and has an educative, cathartic function. It does not produce any deep-seated bitterness; otherwise revolt would be permanently festering. In the end, corruption does not arouse any collective indignation (though, this, naturally, is filtered by the media).

Everyone dimly realizes that any system functions in denial of its own principles, transgressing its own rules. And this resignation over principles feeds an abashed consensus on the hidden, immoral rules by which our society operates. Corruption in democracy is simply the new form assumed by privilege –the rule in earlier societies –which has merely become illegal, thus adding further to its charm. Corruption itself is, in this way, a vital function: a secret mechanism of a whole society, a source of political energy, a public service.

What people ultimately want is to be given a chance to give, as they have elsewhere been given the chance to vote or, on any of the confessional TV programs, the chance to speak. So those who satisfy this desire, taking their cut from it as they do, are performing a genuine public service. At any rate, the money misappropriated in the process, being deflected first from its useful (private) purposes, then from its useful (public) purposes by the cancer crooks, still meets the same fate: it is squandered. In this respect it is similar to the money sacrificed in gambling and in playing the lottery.

It has never been the primordial function of a society to put money and resources to moral ends, even if it is the alleged ideal of all our democracies. Money remains at all times and in all places the accursed share, the immoral share, the evil portion. And the primordial function remains that of managing that accursed share, of voiding and laundering money through gambling, waste, misappropriation and corruption; destroying money by its immoral use; destroying evil with evil. This is the strategy of evil, the politics of evil which preserves the symbolic equilibrium of a society. Evil be to him who evil thinks.

Razones de mujer

Les comparto Razones, de Maya-Cú, poetisa guatemalteca

Razones

Si la memoria no me falla

hay en mi árbol genealógico

una madre

abatida por

trabajo, hambre, abandono…

algún hermano desterrado

por padecer cierta lepra moderna

una hija sobreviviendo

a un padre ausente

más allá

hay dos abuelas

cuyas bisabuelas

parieron frutos híbridos

quienes

a su vez

parieron otras frutas

poblando

siglo tras siglo

este Paraíso Violado

del otro lado del océano

llegó un abuelo

cuyo abuelo

cruzó la puerta de los esclavos

en las isla de Goré

de ellos heredé

la terquedad del ritmo

aun cuando el espíritu agonice

deberás comprender

entonces

lo difícil que es

olvidar este dolor

que nació conmigo

como herencia familiar

tendrás

que sumarle además

la rabia

de saberme

mujer no nacida

amante mutilada

arco iris abortado

-recuerda que fui parida

durante la guerra eterna-

que

no te extrañe entonces

si a tu pedido de

bondad

alegría y olvido

respondo

justicia

ahora que conoces

esta historia personal

te pido:

no apresures tu reacción

o tu discurso

détente

escucha

por ahí

en algún

espacio de vida

corre todavía un riachuelo

que, si lo dejas inundarte

te convertirá

en la continuación

de mi cauce

de esperanza.

Ortega, “Olmedo” y la inteligencia

Del favorito Ortega y Gasset les comparto un fragmento que se encuentra en la colección “Estudios sobre el amor”, el texto NO trata (directamente) sobre el amor, sino sobre la inteligencia.

“Me he encontrado con Olmedo. ¿Que quién es Olmedo? Para mi gusto, un hombre admirable. Es inteligente y no es intelectual. Ignoro si los otros habrían tenido mayor ventura; pero lo que la vida ha puesto delante de mí me impone la enojosa convicción de que, al menos en nuestro tiempo, casi no hay más hombres inteligentes que los intelectuales. Y como la mayor parte de los intelectuales no son tampoco inteligentes, resulta que la inteligencia es un suceso sobremanera insólito en el planeta Tierra. Esta convicción, cuyo enunciado irritará tan justamente al lector, es también para el que la abriga sumamente penosa y azorante. Por muchas razones; pero, ante todo, porque partiendo de ella se hace enormemente probable que uno mismo no sea nada inteligente y, en consecuencia, que todas las ideas de uno sean falsas, incluso ésta que califica de hecho insólito a la inteligencia. Pero ello es irremediable. Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. Sólo cabe solicitar que cada cual cante su canción con lealtad. Y la mía ahora podrá llevar el mismo título que el famoso sermón de Massillon Sur le petit nombre des élus. Nada ha sembrado en uno tanta melancolía como esta averiguación de que el número de los inteligentes es escasísimo.

Porque no se trata de exigir al prójimo genialidad. Por inteligencia entiendo tan sólo que la mente reaccione ante los hechos con alguna agudeza y precisión, que no se tome el rábano perpetuamente por las hojas, que no se confunda lo gris con lo pardo y, sobre todo, que se vea lo que se tiene delante con un poco de exactitud y de rigor, sin suplantar la visión con palabras mecánicamente repetidas. Mas, de ordinario, se tiene la impresión de vivir entre sonámbulos que avanzan por la vida sumergidos en un sueño hermético de que no es posible despertarlos para hacerles percatarse del contorno. Probablemente, la Humanidad ha vivido casi siempre en este estado sonambúlico en que las ideas no son reacción despierta y consciente ante las cosas, sino uso ciego, automático de un repertorio de fórmulas que el ambiente insufla en el individuo.

Es innegable que mucha parte de la ciencia y de la literatura se ha hecho también en trance sonambúlico; es decir, por criaturas nada inteligentes. Sobre todo, la ciencia de nuestros días, a la vez especializada y metodizada, permite el aprovechamiento del tonto, y así vemos a toda hora que hacen obra estimable personas que no podemos estimar. Ciencia y literatura, pues, no implican perspicacia; pero su cultivo es, sin duda, un excitante que favorece el despertar de la mente y la mantiene en esa alerta luminosa que constituye la inteligencia.

Porque después de todo la diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia contra sus propias tonterías, las reconoce en cuanto apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas.

Por esa razón del estímulo constante hay más probabilidades para que un intelectual sea inteligente; pero yo considero grave desdicha que en una época o en una nación la inteligencia quede prácticamente reducida a los límites de la intelectualidad. Porque la inteligencia se manifiesta, sobre todo -no en el arte, no en la ciencia- en la intuición de la vida. Ahora bien: el intelectual no vive apenas, suele ser un hombre muy pobre de intuiciones, no actúa apenas en el orbe, conoce poco la mujer, los negocios, los placeres, las pasiones. Lleva una existencia abstracta y raramente puede arrojar un trozo de auténtica carne viva a los colmillos puntiagudos de su intelecto.

La inteligencia del intelectual nos sirve de muy poco: actúa casi siempre sobre temas irreales, sobre cuestiones de su propio oficio. Por eso es una delicia para mí encontrar a Olmedo, verle llegar sonriente, precedido por el doble florete de su mirada -mirada perforante y casi cínica, que parece levantar las faldas a todas las cosas para ver cómo son por dentro. Olmedo es banquero y hombre del gran mundo. Cuando atraviesa rápido por mi existencia, al fin y al cabo, escuálida, como de intelectual, me parece un meteorito coruscante que llega cargado de áureo polvo sideral. Venga de donde venga, yo sé que viene siempre del Universo y que, en su viaje, al paso, ha visto de soslayo lo que se hacía en Venus y ha dado en el anca una palmada a Neptuno. Olmedo sabe mucho también de libros; sabe tanto como un intelectual; pero no lo sabe en intelectual, sino en hombre de mundo. No ha permitido nunca que el eje de su persona quede hincado en ningún oficio, y por lo mismo limitado, sino que lo deja vagar a la deriva de su destino unipersonal.”