¿Por qué luchamos?

Come the war
Come the avarice
Come the war
Come hell

Come attrition
Come the reek of bones
Come attrition
Come hell

This is why
Why we fight
Why we lie awake
And this is why
This is why we fight

The Decemberists

Hay algo acerca de la muerte que es, al mismo tiempo, obvio y un poco estresante. Jankélévitch lo resumió bastante bien reflexionando sobre una idea sencilla de su maestro Bergson.

Bergson dice curiosamente, pero muy profundamente además, que el ojo es desde luego el órgano de la visión, porque sin los ojos no se vería, pero en otro sentido, es un obstáculo para la visión. No dice que si no tuviéramos ojos, veríamos todavía mejor, sino que el ojo es una limitación de la visión. Tener ojos es ver pero al mismo tiempo no es sino ver.

Pensemos en los cráteres de la luna o los ácaros en la almohada o la coloración ultravioleta que guía a las mariposas al néctar y entenderemos cómo la visión tiene un alcance, un campo limitado. En consecuencia, el ojo no es solamente un medio para ver, es también un impedimento para ver.

Igualmente, el cuerpo por el cuál estoy presente aquí, por el cual me expreso, existo, vivo, al mismo tiempo me impide estar en otra parte, me deja a merced de las enfermedades, de todas las miserias de las cuales el cuerpo es la fuente.

El lenguaje por el cual me expreso y al mismo tiempo con el que me debato, siempre más acá o más allá de mi pensamiento, en retirada. En un sentido, el lenguaje es un impedimento para expresarse, pero el hombre no puede expresarse sino porque está impedido de expresarse. El impedimento de expresarse es el medio de expresión, porque somos hombres.

Es lo mismo para la muerte. La muerte no solamente nos impide vivir, limita la vida, y después un buen día la acorta, sino que al mismo tiempo comprendemos que el hombre no sería él mismo un hombre sin la muerte, que es la presencia latente de esa muerte la que hace las grandes existencias, la que les brinda su fervor, su ardor, su tono. Se puede decir entonces que lo que no muere no vive.

No es la muerte lo que está a la derecha del nacimiento, ni se trata del engaño de la linealidad en donde nada hay antes del nacimiento y nada después y en medio de esa nada hay, con suerte, diez mil veces diez mil latidos. Más bien es la muerte la que nos hace hombres.

Se trata del poder de la antítesis, es lo no visto lo que define la visión, como es la muerte la que define la vida. Como el paciente que ha articulado eso que sabía pero ignoraba, a quien le duele el pecho frente a una verdad distinta que le impide regresar al punto de origen, así la muerte es el desconocimiento al final del conocimiento.

Es cierto, entre más nos conocemos más nos desconocemos.

“No me digas que entre más nos conocemos más nos desconocemos, eso es muy triste” – me dijo.

Hay una fatiga vital, independiente de la fatiga del cuerpo, que acompaña la mejor salud y que proviene del incremento del volumen de recuerdos y del hecho de que un hombre dotado de pensamiento, de conciencia no puede no tener conciencia. No puede impedirse sobrevolar su propio devenir. No puede impedirse tarde o temprano volver a medir la pista jalonada de la existencia, lo que ya ha vivido y lo que le queda por vivir. De pronto, se da cuenta. Vaya, nací en tal año. Vaya, tengo todavía para quince años antes de mi retiro. Empieza a contar los años . . .

Esto proviene de que el hombre no es solamente un ser que es, sino que toma conciencia de que es. Sobrevuela su devenir y no puede hacerlo de otro modo porque tiene una conciencia para tornar conciencia. Cuando se sobrevuela el devenir al mismo tiempo que se está dentro de él, entonces la colisión engendra la angustia de la muerte. Pero la alternativa es la inmortalidad del alma animal, esa que no tiene idea de su muerte.

Diría Cioran, ““La ruptura del ser te pone enfermo de ti mismo, de manera que basta pronunciar palabras como olvido, desdicha o separación para disolverse en un mortal escalofrío. Y, entonces, para vivir arriesgas lo imposible: aceptas la vida”

El chileno Roberto Bolaño lo resume así:

Yo soy de los que creen que el ser humano
está condenado de antemano a la derrota,
a la derrota sin apelaciones,
pero que hay que salir y dar la pelea
y darla además de la mejor forma posible,
de cara y limpiamente, sin pedir cuartel
(porque además no te lo darán),
e intentar caer como un valiente,
y eso es nuestra victoria.

Corruption, evil and society: Baudrillard and dissolution

Baudrillard:

Getting to the roots of corruption would be an endless business. No one could plumb its depths. Without any doubt, it is consubstantial with social functioning. But at least the ‘war on corruption’ evokes its spectra and presents us with it as spectacle. Now, the spectacle of corruption is a vital function in a democracy: it provides entertainment and has an educative, cathartic function. It does not produce any deep-seated bitterness; otherwise revolt would be permanently festering. In the end, corruption does not arouse any collective indignation (though, this, naturally, is filtered by the media).

Everyone dimly realizes that any system functions in denial of its own principles, transgressing its own rules. And this resignation over principles feeds an abashed consensus on the hidden, immoral rules by which our society operates. Corruption in democracy is simply the new form assumed by privilege –the rule in earlier societies –which has merely become illegal, thus adding further to its charm. Corruption itself is, in this way, a vital function: a secret mechanism of a whole society, a source of political energy, a public service.

What people ultimately want is to be given a chance to give, as they have elsewhere been given the chance to vote or, on any of the confessional TV programs, the chance to speak. So those who satisfy this desire, taking their cut from it as they do, are performing a genuine public service. At any rate, the money misappropriated in the process, being deflected first from its useful (private) purposes, then from its useful (public) purposes by the cancer crooks, still meets the same fate: it is squandered. In this respect it is similar to the money sacrificed in gambling and in playing the lottery.

It has never been the primordial function of a society to put money and resources to moral ends, even if it is the alleged ideal of all our democracies. Money remains at all times and in all places the accursed share, the immoral share, the evil portion. And the primordial function remains that of managing that accursed share, of voiding and laundering money through gambling, waste, misappropriation and corruption; destroying money by its immoral use; destroying evil with evil. This is the strategy of evil, the politics of evil which preserves the symbolic equilibrium of a society. Evil be to him who evil thinks.

¿Qué es la complejidad? (1/?)

Recientemente hablé de teoría de la complejidad y despertó mucho interés, así que me he propuesto dedicar tiempo al asunto. En un sentido, el tema de este blog ha sido la complejidad: se trata de la aproximación polivalente e imprecisa al mundo, de la lógica difusa, de la tolerancia a la incertidumbre y al “no saber”. La complejidad se viste de poética, de ensoñación y de silencio.

Empezaré con las nociones básicas y de ahí nos iremos moviendo hacia terrenos sofisticados y sorprendentes. Me acompañaré de las ideas del entrañable maestro Rolando García para construir una plataforma de lanzamiento que nos llevará -con suerte- a otros lugares.

García, citando al francés Edgar Morin (a García no le encantaba Morín, pero igual la cita es buena), señala que:

La complejidad se impone de entrada como imposibilidad de simplificar; ella surge allí donde la unidad compleja produce sus emergencias, allí donde se pierden las distinciones y claridades en las identidades y causalidades, allí donde los desórdenes y las incertidumbres perturban los fenómenos, allí donde el sujeto-observador sorprende su propio rostro en el objeto de observación, allí donde las antinomias hacen divagar el curso del razonamiento.

La complejidad emerge como obscurecimiento, desorden, incertidumbre, antinomia (…) [y] fecunda un nuevo tipo de comprensión y de explicación que es el pensamiento complejo [el cual] se forja y se desarrolla en el movimiento mismo donde un nuevo saber sobre la organización y una nueva organización del saber se nutren mutuamente.

Y contrasta su posición sobre el tema:

En nuestra concepción de los sistemas complejos, lo que está en juego es la relación entre el objeto de estudio y las disciplinas a partir de las cuales realizamos el estudio. En dicha relación, la complejidad está asociada con la imposibilidad de considerar aspectos particulares de un fenómeno, proceso o situación a partir de una disciplina específica.

En otros términos, en el “mundo real”, las situaciones y los procesos no se presentan de manera que puedan ser clasificados por su correspondencia con alguna disciplina en particular. En ese sentido, podemos hablar de una realidad compleja. Un sistema complejo es una representación de un recorte de esa realidad, conceptualizado como una totalidad organizada (de ahí la denominación de sistema), en la cual los elementos no son “separables” y, por tanto, no pueden ser estudiados aisladamente.

Aunque estas dos caracterizaciones parecen distintas, podemos conectarlas si observamos que Morín resaltó algo importante acerca de los sistemas complejos, la emergencia.

Para entender mejor esto, consideremos que pensar un fenómeno físico es poder explicarlo (con una mejor o peor explicación) y, en los mejores casos, poder modelarlo (con modelos más o menos sofisticados), esto implica que cuando nosotros hablamos de un fenómeno físico lo hacemos “desde” el lugar de la explicación y la modelación. Así, un fenómeno puede ser desconocido, trivial, inexplicable o explicado (ojo, inexplicable no es sobrenatural, es inexplicable). En la explicación que uno da del mundo se juega todo lo que uno es (mentalmente, culturalmente, históricamente, etc.) Hablar del mundo es hablar desde la perspectiva de la explicación (nuestra explicación), de modo que las narrativas del mundo son explicaciones, aunque no lo parezcan.

Regresando a nuestro asunto, todo lo que decimos de un fenómeno es dicho desde el lugar de la explicación (en este sentido amplio que acabo de proponer) y para explicar nos valemos de todo tipo de artificios y marcos de referencia, que economizan las discusiones y permiten elaborar explicaciones que tienen la ventaja de ser acotadas y sofisticadas. Por ejemplo, cuando un científico da una explicación desde la “mecánica clásica”, ya nos avisó cómo se debe descodificar su narrativa (hacer caso omiso de esto podría ser un indicativo de ignorancia y necedad).

Dentro de nuestros artificios preferidos, aparece el concepto “sistema”, usamos ‘sistema’ para referirnos a fenómenos más o menos sofisticados, que nos interesa caracterizar. Ogata señala que un sistema es una combinación de componentes que actúan conjuntamente para alcanzar un objetivo específico y un componente es una unidad particular en su función en un sistema. De ninguna manera limitado a los sistemas físicos -continúa Ogata- el concepto de sistema se puede ampliar a fenómenos dinámicos abstractos, tales como los que se encuentran en la economía, el transporte, el crecimiento de la población y la biología. Un sistema se llama dinámico si su salida (la resultante de la interacción de los componentes) en el presente depende de una entrada en el pasado; si su salida en curso depende solamente de la entrada en curso, el sistema se conoce como estático.

Hay sistemas dinámicos que muestran comportamientos que no pueden explicarse a partir del análisis de sus componentes aislados, se trata de sistemas que “exhiben” propiedades nuevas (emergentes), que nos hacen suponer que hay interacciones “obscuras”, en el sentido que usa Edgar Morín. Las propiedades emergentes no pueden ser fácilmente modeladas ni explicadas. Además de las propiedades emergentes, un sistema complejo se nos presenta como conectado, interdependiente y adaptativo (iremos viendo).

Mientras que Morín se interesaba en la caracterización de un fenómeno etiquetado como sistema complejo, García se ocupó del cómo conocer al sistema complejo, señalando que requiere abordajes “especiales”, que incluyen la participación concertada de varias disciplinas. Me parece que no existe ninguna discrepancia entre ambos, solamente se aproximan al problema desde diferentes vértices epistemológicos.

Desde este lugar, el lector atrabancado podría juguetear con la idea de que la mente es un sistema complejo, pero nosotros pensamos que no: la mente es una propiedad emergente de un sistema complejo (cerebro-cuerpo-ambiente) y, si es que esta serie despierta interés, iremos dando forma a la argumentación que hará plausible a esta idea. Creo que esta generalización es lo que tenía en mente Donald Meltzer en un artículo muy hermoso (Sincerity: a study in the atmosphere of human relations), al que dedicaré próximamente un montón de trabajo.

Vamos con calma y pensemos, siguiendo un conocido ejemplo de Searle, en las moléculas de agua (H2O). La interacción de las moléculas en un estado de la materia específico (líquido) explica su liquidez (que el agua moje, para decirlo como de primaria), pero una molécula de agua no tiene tal cosa como liquidez, esta es el resultado de un fenómeno (agua en estado líquido) que puede modelarse como un sistema complejo. Algo similar ocurre con las neuronas y la mente, la interacción electroquímica de las neuronas produce una propiedad emergente llamada mente, pero las neuronas por separado no son mente.

Para decirlo claro, el cerebro NO es mente y la mente existe porque hay cerebro. Veremos más adelante que llevar esta idea hasta sus últimas consecuencias nos obliga a reconsiderar nuestra ontología y nuestra metapsicología.

¿por qué leer esta serie, se preguntará el lector?, bueno… igual se sorprenden…

Hasta la próxima.

El sentido del universo

Hoy me desperté con la “curiosa necesidad” de investigar a qué se refieren los científicos cuando nos hablan del big bang, así que me di a la tarea de recopilar algunas ideas y hacer mis propios cálculos, de entre los cientos de sitios en la web que hablan del asunto -obvio, no vi todos-.

Pasaré rápido por aquí, a ver qué tal…

Georges Lemaître, en 1927, tuvo la ocurrencia de que el universo empezó como un punto, que se extendió en una expansión “febril” hasta tener las dimensiones colosales que hoy creemos que tiene.

  • El cosmos tiene -calculan los que saben- unos 14 mil millones de años (este número es 5,600 veces más grande que los 2.5 millones de años que lleva el género homo en la tierra)
  • Durante todo este tiempo el universo se ha estado expandiendo a una velocidad endiablada, unos 73 km por segundo por megapársec (esto quiere decir que la expansión del universo hace que los cúmulos de galaxias se alejen unos de otros, y lo hacen a un ritmo tal que por cada megapársec de distancia, o sea, cada 3 millones de años-luz, la velocidad de alejamiento se incrementa en 73 kilómetros por segundo).
  • Los científicos estiman que al momento el tamaño del universo visible es de unos 90 mil millones de años luz (esto es, unos 8.51 x 1026  kilómetros), es decir, cabrían unos 67 trillones de tierras puestas una junto a la otra.
  • Pero… el universo visible es una fracción (la que podemos detectar, porque de ver… ver… no vemos un carajo) del universo, el resto lo hemos calculado a partir de nuestros modelos matemáticos tan divertidos. Algunos estiman que hay que multiplicar por 250 el tamaño del universo visible para llegar a las dimensiones cósmicas totales.

Vamos al grano, y conviene hacerse dos preguntas importantes: (1) ¿cómo surgió todo este relajo de materia, velocidad, expansión, distancia, etc. del punto propuesto por Lemaître?, y (2) ¿qué había antes del big bang?

El notable Hawking, en su respuesta a Neil deGrasse Tyson (anfitrión del remake de Cosmos, original de don Carl Sagan), dijo que antes del big bang no había NADA que tenga que ver con lo que vino después.

Aclaremos la respuesta de tan renombrado físico: si NADA de lo que había antes del big bang tiene que ver con lo que apareció después del big bang y no hay manera de averiguarlo porque el big bang ES el límite por excelencia a nuestro conocimiento (como una especie de velocidad de la luz epistémica), lo que creo que Hawking contestó a la pregunta ¿qué había antes del big bang? fue: “quién sabe”.

Después, Hawking se pone filosófico -posiblemente él nunca lo habría aceptado, ya que la filosofía y la religión no le caían bien-, y dice algo realmente provocador que, en mis palabras, podemos expresar así: nuestro entendimiento actual sobre el espacio y el tiempo nos hace pensar que todo lo que ha sido, es y será es como una gota de agua que se recompone una y otra vez, eternamente, y que nunca resulta igual a si misma. Toda nuestra existencia y nuestro conocimiento transcurren en una versión de esa gota, no aspiramos a conocer más que nuestro pequeñísimo pero significativo momento.

Esto me recuerda a la respuesta de Buda según se registra en el  Kosambiya sutta del Canon Pali: “Si un bikkhu está absorto en la especulación sobre este mundo, entonces su mente está obsesionada. Si un bikkhu está absorto en la especulación sobre el otro mundo, entonces su mente está obsesionada”.

Con esto en mente, me puedo regresar a la cama

Ortega, “Olmedo” y la inteligencia

Del favorito Ortega y Gasset les comparto un fragmento que se encuentra en la colección “Estudios sobre el amor”, el texto NO trata (directamente) sobre el amor, sino sobre la inteligencia.

“Me he encontrado con Olmedo. ¿Que quién es Olmedo? Para mi gusto, un hombre admirable. Es inteligente y no es intelectual. Ignoro si los otros habrían tenido mayor ventura; pero lo que la vida ha puesto delante de mí me impone la enojosa convicción de que, al menos en nuestro tiempo, casi no hay más hombres inteligentes que los intelectuales. Y como la mayor parte de los intelectuales no son tampoco inteligentes, resulta que la inteligencia es un suceso sobremanera insólito en el planeta Tierra. Esta convicción, cuyo enunciado irritará tan justamente al lector, es también para el que la abriga sumamente penosa y azorante. Por muchas razones; pero, ante todo, porque partiendo de ella se hace enormemente probable que uno mismo no sea nada inteligente y, en consecuencia, que todas las ideas de uno sean falsas, incluso ésta que califica de hecho insólito a la inteligencia. Pero ello es irremediable. Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. Sólo cabe solicitar que cada cual cante su canción con lealtad. Y la mía ahora podrá llevar el mismo título que el famoso sermón de Massillon Sur le petit nombre des élus. Nada ha sembrado en uno tanta melancolía como esta averiguación de que el número de los inteligentes es escasísimo.

Porque no se trata de exigir al prójimo genialidad. Por inteligencia entiendo tan sólo que la mente reaccione ante los hechos con alguna agudeza y precisión, que no se tome el rábano perpetuamente por las hojas, que no se confunda lo gris con lo pardo y, sobre todo, que se vea lo que se tiene delante con un poco de exactitud y de rigor, sin suplantar la visión con palabras mecánicamente repetidas. Mas, de ordinario, se tiene la impresión de vivir entre sonámbulos que avanzan por la vida sumergidos en un sueño hermético de que no es posible despertarlos para hacerles percatarse del contorno. Probablemente, la Humanidad ha vivido casi siempre en este estado sonambúlico en que las ideas no son reacción despierta y consciente ante las cosas, sino uso ciego, automático de un repertorio de fórmulas que el ambiente insufla en el individuo.

Es innegable que mucha parte de la ciencia y de la literatura se ha hecho también en trance sonambúlico; es decir, por criaturas nada inteligentes. Sobre todo, la ciencia de nuestros días, a la vez especializada y metodizada, permite el aprovechamiento del tonto, y así vemos a toda hora que hacen obra estimable personas que no podemos estimar. Ciencia y literatura, pues, no implican perspicacia; pero su cultivo es, sin duda, un excitante que favorece el despertar de la mente y la mantiene en esa alerta luminosa que constituye la inteligencia.

Porque después de todo la diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia contra sus propias tonterías, las reconoce en cuanto apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas.

Por esa razón del estímulo constante hay más probabilidades para que un intelectual sea inteligente; pero yo considero grave desdicha que en una época o en una nación la inteligencia quede prácticamente reducida a los límites de la intelectualidad. Porque la inteligencia se manifiesta, sobre todo -no en el arte, no en la ciencia- en la intuición de la vida. Ahora bien: el intelectual no vive apenas, suele ser un hombre muy pobre de intuiciones, no actúa apenas en el orbe, conoce poco la mujer, los negocios, los placeres, las pasiones. Lleva una existencia abstracta y raramente puede arrojar un trozo de auténtica carne viva a los colmillos puntiagudos de su intelecto.

La inteligencia del intelectual nos sirve de muy poco: actúa casi siempre sobre temas irreales, sobre cuestiones de su propio oficio. Por eso es una delicia para mí encontrar a Olmedo, verle llegar sonriente, precedido por el doble florete de su mirada -mirada perforante y casi cínica, que parece levantar las faldas a todas las cosas para ver cómo son por dentro. Olmedo es banquero y hombre del gran mundo. Cuando atraviesa rápido por mi existencia, al fin y al cabo, escuálida, como de intelectual, me parece un meteorito coruscante que llega cargado de áureo polvo sideral. Venga de donde venga, yo sé que viene siempre del Universo y que, en su viaje, al paso, ha visto de soslayo lo que se hacía en Venus y ha dado en el anca una palmada a Neptuno. Olmedo sabe mucho también de libros; sabe tanto como un intelectual; pero no lo sabe en intelectual, sino en hombre de mundo. No ha permitido nunca que el eje de su persona quede hincado en ningún oficio, y por lo mismo limitado, sino que lo deja vagar a la deriva de su destino unipersonal.”

¿por qué el arte conmueve?

Es más o menos sabido el disgusto de algunos sectores de la escena cultural posmoderna con el ‘posmodernismo’; muchos de sus detractores lo consideran jerigonza y otros se limitan a decir que es burgués, pretensioso e incomprensible. Habitan el ciberespacio excelentes ejemplos de crítica posmoderna -en el peor sentido que podemos dar al término- a la posmodernidad, usualmente vienen de filósofos ocupados de problemas “realmente importantes”, como la demarcación entre las ciencias y las pseudo-ciencias.

Como sea, les dejo un par de ideas de Anne Sauvagnargues a propósito de territorialidad y arte.

Dice Sauvagnargues que “el arte no es un rasgo antropomórfico, no es lo propio del hombre, sino que debe ser comprendido conforme la lección de Nietzsche, es decir, como fenómeno vital. Allí donde Nietzsche funda la creación en la potencia de la voluntad, Deleuze, lo mismo que Uexküll, Ruyer y Leroi-Gourhan, piensa el arte como agenciamiento territorial, algo que es propio, no de la vida, sino del animal que posee un territorio y una casa, es decir, que agencia materias expresivas en una operación vital tributaria de la territorialización.

El arte, así pensado, corresponde más a una afectología, ya que el afecto implica una signaléctica y una capacidad expresiva que modulan materiales y cualidades y los transforman de lo funcional a lo expresivo. Por eso, continúa Sauvagnargues siguiendo a Deleuze, el arte no es la expresión de lo vital, sino de la territorialización.

El territorio no es un espacio ya dado, un lugar, sino un acto de relación , la de una “distancia crítica entre dos seres de la misma especie” que sirve para “marcar sus distancias”. Así, el territorio no es un lugar, sino un acto que arranca del caos del mundo a fuerzas que él condensa y hace visibles. El medio no territorializado, señala Sauvagnargues, carece de existencia para cualquier viviente.

Aquí sigo yo: sin umbral, pues, no hay nada y el arte es intento de captura de las fuerzas que producen al umbral. Tal vez por esto es que el arte conmueve, porque nos relaciona con las fuerzas que hacen algo de la nada.

A partir de aquí, tal vez resulta más fácil entender a qué se refiere Meltzer con el lenguaje de los sueños. Él señala que este utiliza tanto una forma lingüística simbólica (lenguaje interno) como una forma plástica simbólica (imagen). El lenguaje interno consiste principalmente en gestos y sonidos (canto y danza), de manera parecida al primer lenguaje instintivo infantil que precede el desarrollo verbal del lenguaje para la comunicación con el mundo exterior. Es un lenguaje que frecuentemente expresa experiencias preverbales, las mismas evocadas por el arte, que el lenguaje verbal no es siempre capaz de expresar.

El Ser se dice de una sola manera

Hoy nos toca una escritura más psicoanalítica…

Dijo por ahí Jacques-Alain Miller que a Deleuze no le gustaba Heidegger y que hacía una sátira de él para morirse de la risa… no sé.

  • Deleuze contrapone a la analogía la repetición. Frente al pensamiento analógico, que es de gestos lentos y geografías sedentarias (para decirlo citando a José Luis Pardo), tenemos a la repetición, la univocidad y la diferencia. El lugarteniente del pensamiento analógico es la representación, mientras que la repetición es su opuesto.

La compulsión a la repetición es el empuje del Ser. Cito a Deleuze:

“La univocidad significa: lo que es unívoco es el ser mismo, lo que es equívoco es aquello de lo que se dice. Justo lo contrario de la analogía. El ser se dice según formas que no rompen la unidad de su sentido, se dice en un solo y mismo sentido a través de todas sus formas; de ahí que nos hayamos opuesto a las categorías de nociones de distinta naturaleza. Pero aquello de lo que se dice difiere, aquello de lo que se dice es la diferencia en sí misma. Lo que no es el ser análogo que se distribuye entre las categorías y reparte un lote fijo de sí entre los entes, sino que los entes se distribuyen en el espacio del ser unívoco abierto mediante la totalidad de las formas. La apertura pertenece esencialmente a la univocidad. A las distribuciones sedentarias de la analogía se oponen las distribuciones nómadas o las anarquías coronadas en lo unívoco”

  • Yo no sé si es esto a lo que se refería también Badiou como el clamor del Ser, creo que sí… se trata de un solo y mismo océano para todas las gotas, se trata de O. Si, Bion se refería a la pregunta por el Ser.

Miller discurre sobre la pregunta “¿Qué significa pensar?” y señala que, “siendo una pregunta filosófica, tiene, desde luego, mucho eco en la clínica”.

  • Mi versión de la respuesta de Bion va así:  una cosa es tener pensamientos y emociones y otra, bien distinta, es darse cuenta de estos pensamientos y emociones. Darse cuenta ES pensar, ¿lo ves?

Regresando a Miller, no recuerda que “Hay pensamientos que se acarician, hay pensamientos que se guardan para uno y para su analista, cuando se está en análisis y se es honesto, lo que no siempre es el caso. Me entero a veces que tal analizante se abstuvo durante tres años, a pedido de sus amigos, de decirme algo que tal vez me hubiese dolido, que se ocultaba un pequeño secreto de grupo que era mejor dejar de lado. Eso es malgastar un análisis… Pero, en fin, normalmente, hay pensamientos que uno conserva para sí y que solo comparte con su analista. Hay que compartir todo con su analista. Se comparte con él una parte de su fortuna, se comparte con él una parte de su vida, y en el orden del pensamiento, hay que compartir todo. Incluso cuando no está, se comparte. El analista es un espectro. Está presente en los pensamientos del analizante, lo sepa o no.”

  • Analogía y univocidad… no van.
  • Duns Scoto llegó a esto pensando en la posibilidad del conocimiento de Dios: no hay forma de conocerlo por analogía, sólo por univocidad. “Toda investigación sobre Dios supone entonces que el intelecto tenga el mismo concepto unívoco, que saca de las criaturas.”
  • Deleuze, tal vez pensando en esto, dirá -una y otra vez, por cierto-, MONISMO = PLURALISMO. Formalmente diverso, ontológicamente uno. (Otra vez Duns Scoto)

Bueno pues… dejemos este asunto abierto.

  • Otra vez Deleuze (este verso sólo hace sentido bien pronunciado): “Ninguna dimensión es el centro del tiempo, pero cada una vuelve en todas las demás, y a su vez las hace volver. Cada una es entonces una suerte de círculo, pero descentrado por relación a los demás y no coincidente consigo mismo en su retorno (puesto que vuelve en los otros). El círculo se repite deviniendo otros círculos: de uno a otro o a los otros corre la línea abstracta o línea de fuga, que no hace contorno sino que se enrolla desenrollándose de un círculo a otro.”

Ah no, esta entrada va sin conclusiones ni moraleja.

El horizonte de lo infinito

Hemos dejado tierra, ¡nos hemos embarcado!

Hemos cortado los puentes, o más aún, ¡hemos dejado la tierra atrás!

Desde ahora, ¡ten cuidado, barcaza! A tu lado se extiende el océano;

por supuesto, no siempre brama y a veces se despliega

como seda y oro y como un ensueño de la bondad.

Pero llegan horas en que reconocerás que no tiene límite

 y que no hay nada más espantoso que el infinito.

¡Pobre pájaro que te sentiste libre y que

ahora chocas con los barrotes de semejante jaula!

¡Desgraciado de ti si te asalta la nostalgia de la tierra,

como si en ella hubiese habido más libertad,

ahora que ya no hay tierras!

Nietzsche, Aforismo 124: El horizonte de lo infinito

The centre cannot hold, the perfect crime

Yeats, in the aftermath of WWI, famously wrote: “Turning and turning in the widening gyre / The falcon cannot hear the falconer; / Things fall apart; the centre cannot hold;  /Mere anarchy is loosed upon the world”. 70 years later Elias Canetti, reflecting on postmodern world, came with a rather grim thought:

As of a certain point, history was no longer real. Without noticing it, all mankind suddenly left reality: everything happening since then was supposedly not true; but we supposedly didn’t notice. Our task would now be to find that point, and as long as we didn’t have it, we would be forced to abide in our present destruction.”

Jean Baudrillard put it as follows:

“We live as if inside Borges’s fable of the map and the territory; in this story, nothing is left but pieces of the map scattered throughout the empty space of the territory. Except that we must turn the tale upside down: today there is nothing left but a map (the virtual abstraction of the territory), and on this map, some fragments of the real are still floating and drifting. The human species could be dedicating itself to a sort of automatic writing of the world, to an automated and operationalized virtual reality, where human beings as such have no reason for existing anymore. Human subjectivity becomes a set of useless functions, as useless as sexuality is to clones. More generally, all traditional functions—the critical, the political, the sexual, the social functions—become useless in a virtual world. Or they survive only in simulation, like body-building in a disincarnated culture, as mock functions or alibis.

Let us be clear about this: if the Real is disappearing, it is not because of a lack of it—on the contrary, there is too much of it. It is the excess of reality that puts an end to reality, just as the excess of information puts an end to information, or the excess of communication puts an end to communication.

By shifting to a virtual world, we go beyond alienation, into a state of radical deprivation of the Other, or indeed of any otherness, alterity, or negativity. We move into a world where everything that exists only as idea, dream, fantasy, utopia will be eradicated because it will immediately be realized, operationalized. Nothing will survive as an idea or a concept. You will not even have time enough to imagine. Events, real events, will not even have time to take place. Everything will be preceded by its virtual realization. We are dealing with an attempt to construct an entirely positive world, a perfect world, expurgated of every illusion, of every sort of evil and negativity, exempt from death itself. This pure, absolute reality, this unconditional realization of the world—this is what I call the Perfect Crime.”

¿qué carajos es el agua?, una rápida mirada a Foster Wallace

Recordando las hoy famosas palabras con las que David Foster Wallace abrió aquel único discurso:

“There are these two young fish swimming along, and they happen to meet an older fish swimming the other way, who nods at them and says, ‘Morning, boys, how’s the water?’ And the two young fish swim on for a bit, and then eventually one of them looks over at the other and goes, ‘What the hell is water?'”

Tenemos una pista para pensar lo que tanto le interesó: ¿qué diablos es esto que nos hace permanecer?… dio la mejor respuesta que pudo, tal vez la mejor respuesta que puede darse: no sé, pero pon atención.

“It is about simple awareness-awareness of what is so real and essential, so hidden in plain sight all around us, that we have to keep reminding ourselves, over and over: ‘This is water, this is water.'”

Su mensaje de lo que no cuenta era claro:

Worship your own body and beauty and sexual allure and you will always feel ugly, and when time and age start showing, you will die a million deaths before they finally plant you. On one level, we all know this stuff already-it’s been codified as myths, proverbs, clichés, bromides, epigrams, parables: the skeleton of every great story. The trick is keeping the truth up-front in daily consciousness. Worship power-you will feel weak and afraid, and you will need ever more power over others to keep the fear at bay. Worship your intellect, being seen as smart-you will end up feeling stupid, a fraud, always on the verge of being found out.

Y lo mismo de lo que cuenta:

The really important kind of freedom involves attention, and awareness, and discipline, and effort, and being able truly to care about other people and to sacrifice for them, over and over, in myriad petty little unsexy ways, every day. That is real freedom. The alternative is unconsciousness, the default-setting, the “rat race”-the constant gnawing sense of having had and lost some infinite thing.