¿Por qué luchamos?

Come the war
Come the avarice
Come the war
Come hell

Come attrition
Come the reek of bones
Come attrition
Come hell

This is why
Why we fight
Why we lie awake
And this is why
This is why we fight

The Decemberists

Hay algo acerca de la muerte que es, al mismo tiempo, obvio y un poco estresante. Jankélévitch lo resumió bastante bien reflexionando sobre una idea sencilla de su maestro Bergson.

Bergson dice curiosamente, pero muy profundamente además, que el ojo es desde luego el órgano de la visión, porque sin los ojos no se vería, pero en otro sentido, es un obstáculo para la visión. No dice que si no tuviéramos ojos, veríamos todavía mejor, sino que el ojo es una limitación de la visión. Tener ojos es ver pero al mismo tiempo no es sino ver.

Pensemos en los cráteres de la luna o los ácaros en la almohada o la coloración ultravioleta que guía a las mariposas al néctar y entenderemos cómo la visión tiene un alcance, un campo limitado. En consecuencia, el ojo no es solamente un medio para ver, es también un impedimento para ver.

Igualmente, el cuerpo por el cuál estoy presente aquí, por el cual me expreso, existo, vivo, al mismo tiempo me impide estar en otra parte, me deja a merced de las enfermedades, de todas las miserias de las cuales el cuerpo es la fuente.

El lenguaje por el cual me expreso y al mismo tiempo con el que me debato, siempre más acá o más allá de mi pensamiento, en retirada. En un sentido, el lenguaje es un impedimento para expresarse, pero el hombre no puede expresarse sino porque está impedido de expresarse. El impedimento de expresarse es el medio de expresión, porque somos hombres.

Es lo mismo para la muerte. La muerte no solamente nos impide vivir, limita la vida, y después un buen día la acorta, sino que al mismo tiempo comprendemos que el hombre no sería él mismo un hombre sin la muerte, que es la presencia latente de esa muerte la que hace las grandes existencias, la que les brinda su fervor, su ardor, su tono. Se puede decir entonces que lo que no muere no vive.

No es la muerte lo que está a la derecha del nacimiento, ni se trata del engaño de la linealidad en donde nada hay antes del nacimiento y nada después y en medio de esa nada hay, con suerte, diez mil veces diez mil latidos. Más bien es la muerte la que nos hace hombres.

Se trata del poder de la antítesis, es lo no visto lo que define la visión, como es la muerte la que define la vida. Como el paciente que ha articulado eso que sabía pero ignoraba, a quien le duele el pecho frente a una verdad distinta que le impide regresar al punto de origen, así la muerte es el desconocimiento al final del conocimiento.

Es cierto, entre más nos conocemos más nos desconocemos.

“No me digas que entre más nos conocemos más nos desconocemos, eso es muy triste” – me dijo.

Hay una fatiga vital, independiente de la fatiga del cuerpo, que acompaña la mejor salud y que proviene del incremento del volumen de recuerdos y del hecho de que un hombre dotado de pensamiento, de conciencia no puede no tener conciencia. No puede impedirse sobrevolar su propio devenir. No puede impedirse tarde o temprano volver a medir la pista jalonada de la existencia, lo que ya ha vivido y lo que le queda por vivir. De pronto, se da cuenta. Vaya, nací en tal año. Vaya, tengo todavía para quince años antes de mi retiro. Empieza a contar los años . . .

Esto proviene de que el hombre no es solamente un ser que es, sino que toma conciencia de que es. Sobrevuela su devenir y no puede hacerlo de otro modo porque tiene una conciencia para tornar conciencia. Cuando se sobrevuela el devenir al mismo tiempo que se está dentro de él, entonces la colisión engendra la angustia de la muerte. Pero la alternativa es la inmortalidad del alma animal, esa que no tiene idea de su muerte.

Diría Cioran, ““La ruptura del ser te pone enfermo de ti mismo, de manera que basta pronunciar palabras como olvido, desdicha o separación para disolverse en un mortal escalofrío. Y, entonces, para vivir arriesgas lo imposible: aceptas la vida”

El chileno Roberto Bolaño lo resume así:

Yo soy de los que creen que el ser humano
está condenado de antemano a la derrota,
a la derrota sin apelaciones,
pero que hay que salir y dar la pelea
y darla además de la mejor forma posible,
de cara y limpiamente, sin pedir cuartel
(porque además no te lo darán),
e intentar caer como un valiente,
y eso es nuestra victoria.

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