De organilleros y monos cilindreros

Últimamente leemos en los periódicos o escuchamos opiniones acerca de personajes de la política que son impredecibles, caprichosos, indolentes o brillantes. Son gente que por la mañana insulta a sus amigos y para la hora de la comida les dice que son geniales o bien que daña -a veces letalmente- a sus enemigos y después aparece en actos públicos mostrando una fachada santurrona. Y claro, no solamente habitan las arenas de la política, los encontramos en corporaciones, religiones, academia, etc.

No somos ajenos a esto (baste con recordar varias escenas de la serie “El Padrino” para identificar lo que se podría pensar como el modus operandi de estos personajes), es más, ni siquiera sería interesante escribir sobre el asunto si las cosas se quedaran en guiones de Hollywood o con uno que otro de estos personajes anecdóticos.

Pero algo que me parece preocupante es que este “modo de ser” impredecible, agresivo, mentiroso, contradictorio y  confuso de unos pocos y que les ha dado resultado y les ha permitido crecer hasta convertirse en figuras con diferentes cuotas de poder, está siendo imitado por otros. No es que sea deconstruido o decantado o copiado, como el escriba lo hacía con los textos antiguos, se trata de una simple mímica -en el peor sentido del término-, un vil y vulgar copy & paste.

La lógica de los imitadores parece bastante obvia: “si le funciona a X, si le ha dado el poder para encantar a la masa, usurpar una función y paralizar a los otros, ¿por qué no usarlo?”. El imitador, cual mono cilindrero, recoge las ganancias de su amo, el organillero. Ninguno de los dos hace música, pero mientras que uno gira la manivela de la caja musical el otro pasa el plato.

Sobre los organilleros se hacen teorías: que si son genios de la negociación, hombres fríos y calculadores cuyo objetivo es aumentar sus activos a costa de los demás; que si son narcisistas malignos, personajes oscuros que se sirven de los otros, usando todos los medios posibles, sin reparos, memorias, lealtades o moral alguna.

El asunto es que al organillero esto no le importa, no le importa decir y des-decir, no le importa mentir, usar o traicionar, no le importa lastimar ni le importa favorecer. Al organillero no le importa nada. No le importa porque no tiene idea de lo que está pasando.

El mundo emocional del organillero es como el de todos, rico e interesante. Pero él ha adoptado la estrategia de alejarse y darle la espalda; tal vez porque le asusta mucho o porque sentir le resulta insoportable, ha preferido negar lo que siente -todo lo que siente-. Es el más profundo de los ignorantes, es la antítesis del dictum del Oráculo: el organillero ha decidido no conocerse a si mismo.

Como sea, nuestro “organillero favorito”, negando que siente, se conecta con el resto de las personas de un modo “torcido”: no habita en él la curiosidad, ni una necesidad de relacionarse, de buscar compañía, inclusión, apoyo, pertenencia, etc. NO, para el organillero las personas son “usos”; unas nalgas, unos senos, el que me da los boletos, me lava el auto, paga mis vacaciones, mis lujos, vota por mi, etc. Al organillero no le importa la música, ni las perforaciones en el rollo de papel, ni el funcionamiento de la caja, el organillero solamente mueve la manivela, azuza al mono y recibe su recompensa.

Se da cuenta que para “navegar” el mundo humano es necesario mostrar emociones, porque las emociones son los enchufes de los vínculos, así que el organillero las imita (él tiene emociones, pero decidió ignorarlas y después tiene que imitarlas para funcionar, ¿qué loco no?).

El espectáculo, visto desde este ángulo, es patético: por la mañana te odia y por la tarde te ama, y en algún punto del día te humilló, violó, robo y también te dio un beso. Él no te quiere a ti, solamente quiere lo que eres para él: un voto, una lavada, un acostón, un aplauso, etc. y para conseguirlo imitará tantas emociones como sea necesario, repitiendo la que mejor resultado le entregue, así, por puro reforzamiento positivo. Cuando se enoja, no está enojado y cuando se muestra contento no lo está. No te ama, no te odia, no te ignora, no te desprecia. El organillero no entiende nada de él y, por ende, tampoco entiende al mundo. No es un personaje tan complicado, no hay grandes habilidades de negociación ni un método en su locura, ni siquiera es personal. El sujeto brinca de una emoción a otra porque no tiene idea de lo que es sentir y, mucho menos, de lo que sienten los demás.

Nuevamente: el organillero imita la emoción que él piensa le permitirá obtener lo que busca. Las “víctimas” se sienten confundidas, coléricas, asustadas, no entienden por qué les hizo eso ni aceptan la realidad ante sus ojos, están paralizadas.

El organillero no tiene noción de la temporalidad: ni del pasado ni del futuro, vive el hoy porque no puede registrar lo demás, por eso hoy puede decir la barbaridad más terrible y mañana actuar como sino pasara nada. Hay quien piensa que este cambio en el discurso es una estrategia, pero no; realmente no tiene idea de la sucesión temporal (de ayer a mañana).

Pero aunque él crea que no hay mañana todo en el mundo tiene fecha de caducidad. En unos años dejará su posición de poder, se terminará de marchitar la vida orgánica en él y ya: algunos se quedarán recogiendo el tiradero y pagando la cuenta.

El imitador ha decidido, por avaricia, emplear lo que cree es una táctica, sin darse cuenta de lo que en realidad está pasando.

Conviene que todos dejemos la confusión y la parálisis: los organilleros no hacen música, solamente mueven la manivela para que les llenemos el plato, y los imitadores no son gente que se adapta y aprende, son monos cilindreros.

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