Perversiones y narrativas paralelas (2 de 3)

Aquí la segunda entrega de la charla que presenté en una de las mesas del LX congreso de la Asociación Psicoanalítica Mexicana. El contenido es un poco más técnico que el de la entrega anterior. En la última entrega presento un fragmento de narrativa en consultorio

II

Continuando nuestra hoja de ruta, demos una vuelta de tuerca a nuestros objetos de reflexión: la narrativa y la perversión.

Donald Spence, en su trabajo seminal acerca de la verdad narrativa y la verdad histórica, señala  que la atención a la narración juega un papel importante no sólo en lo que tratamos de escuchar, sino en lo que el paciente trata de asociar. Si bien las ideas de Spence han sido revisadas y reformuladas por otros y en muchos ámbitos, el papel relevante que él dio a la narrativa no se perdió; así, Rosenwald y Ochberg, a propósito de las narrativas, señalan  que las historias personales no solamente son una manera de decirle a alguien (o decirse a sí mismo) nuestra vida, sino que son modos para moldear nuestra identidad.

Es su poder formativo -y en ocasiones deformativo- lo que hace tan importantes a las narrativas.

Wrye y Churilla, desde otra perspectiva psicoanalítica, proponen  que el proceso de formación de narrativas es central a la vida humana y al cambio terapéutico y Julia Kristeva ha señalado  algo similar al referirse a la narrativa freudiana y su impacto en las mujeres psicoanalistas.

Desde una vena intersubjetiva, Josephs  propone que la misma contratransferencia debe ser entendida en función de las narrativas subjetivas del analista y advierte del peligro de caer en un realismo inocente en caso de no considerar nuestras propias narrativas al registrar nuestra contratransferencia.

Por otro lado, y acerca de nuestro entendimiento de la mente perversa, Grinberg, a propósito de los Estados sexuales de la mente  de Meltzer, señala que el punto nodal de la mente perversa es una organización narcisista infantil que promueve un sometimiento del otro a partir de atribuirle una actitud pasiva de abandono y entrega. Desde este vértice psicoanalítico, el perverso opera pensando que se puede pervertirlo todo, a partir de una actividad agresiva y activamente destructiva.

Meltzer sugiere que en la mente existe un representante de la alteridad y que esto es precisamente lo que niega y ataca el perverso y en su discusión de la génesis de este aspecto de la mente, nos hace notar una paradoja fundamental de la vida humana: se trata de la relación del yo y del no-yo en la misma mente. Según entendemos a Meltzer, de la relación entre el yo y el representante de la alteridad en nuestra mente, podremos o no reconocer al otro y aceptar el dolor de la dependencia y de la inspiración que el otro es para nosotros.

Cuando nuestra mente no soporta el dolor que produce la relación con la alteridad, al otro no se le puede reconocer: se le cosifica y se le reduce a un insumo o una herramienta. Podemos leer a Bach desde aquí: la perversión tiene que ver con no poder enfrentar la paradoja de la alteridad (el otro en mi), porque un funcionamiento perverso no está dispuesto a considerar al otro.

Meltzer señala que el proceso de “precipitación” de la alteridad en nuestra mente nos arroja a esa última figura de la serie que empezó con el reconocimiento de nuestros padres, la muerte. Aquí, nuevamente, podemos pensar las reflexiones de Bach desde Meltzer: ¿cómo podemos aceptar nuestra muerte sino aceptamos nuestra dependencia?

Nos parece, entonces, que hay una “lógica perversa” que, influida por la envidia y buscando evitar el dolor que provoca reconocer la dependencia del otro y la inspiración por el otro, despoja de vida a los demás, convirtiéndolos, para usar las palabras del filósofo Martin Buber , no en un Tú, sino en un Eso. En este orden de ideas, la mente perversa rechaza a alteridad, que es un objeto vivo e inspirador.

Así, es plausible pensar que lo que muestra la narrativa perversa es a un sujeto del discurso que, desde la omnipotencia, no entiende puntos de vista diferentes al suyo, que no perdona y que no se sacrifica ni valora el sacrificio, se trata de  alguien que activamente revertirá cualquier cualidad buena del objeto (ya sea una pareja, una institución, un vínculo, etc.) para convertirla en su antinomia y que, en su discurso, comunicará en modos más o menos claros esta agenda. Meltzer ejemplifica claramente: el ataque perverso le llama candor al beneficio de la duda, debilidad al perdón y estupidez a la disposición al sacrificio.

El quid de la narrativa perversa, y este sería el punto al que conviene dirigir la mirada según nuestra propuesta, es la concepción del otro como algo que no está vivo, que no es confiable ni inspirador.

Siguiendo a Meltzer y Green, identificamos a la indolencia, la sensualidad, la claustrofobia y la desesperación como elementos presentes en las narrativas perversas.

III

Jiménez  hace una reflexión interesante alrededor de las perversiones y la intersubjetividad y para esto parte de definir la realidad intersubjetiva: siguiendo a Wallerstein, señala que la prueba de realidad propuesta por Freud (entre ideas y percepciones) puede extenderse para identificar entre elementos objetivos y subjetivos en nuestro juicio de realidad. Los elementos objetivos, continúa Jiménez, se refieren al mundo de objetos, mientras que los elementos subjetivos se refieren a nuestro mundo experiencial. El autor está consciente de los problemas epistemológicos que se enfrentan al oponer realidad psíquica y realidad material y propone que una manera de evitar esto es empleando el concepto de realidad intersubjetiva, que él define como la porción de nuestros mundos materiales y experienciales que comparten otras personas.  El autor, enfocándose en el analista, reflexiona que cuando éste trata de ponerse en contacto con la mente del perverso, una y otra vez acabará atrapado en una relación dual: por un lado, el perverso opera en el mismo mundo que el analista y por el otro, simultáneamente, el perverso parece habitar un mundo idiosincrático, una pseudo-realidad, un mundo delirante donde la realidad de la castración, la experiencia de las diferencias entre los seres humanos y la diversidad del mundo no existen. Para nosotros, siguiendo a Jimenez, el mundo de los perversos es experiencialmente inaccesible y se cristaliza en la mente del analista como el secreto que el paciente guarda celosamente.

Nuestra lectura de Jiménez nos lleva a pensar que una persona que se muestra predominantemente neurótica puede estar, al mismo tiempo, sosteniendo narrativas perversas del mundo y habrá condiciones bajo las que podría dirigir su atención hacia una u otra narrativa.

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