Pues que tú, reina del cielo

Es diciembre y, a propósito de las fechas, les comparto del “Cancionero” de Juan de Encina (1496) el hermoso villancico “Pues que tú, reina del cielo”.

Para su información: (1) transcribí el digital de la biblioteca Miguel de Cervantes (folio LXXXVIII r.) con los mínimos retoques para un mejor disfrute, (2) Álvaro Bustos Táuler, en su excelente estudio del cancionero, presenta (pp. 330-332) un buen análisis del villancico, (3) señalemos que Encina, a modo de introducción, nos ofrece una pequeña canción que reconoce los méritos de María y, de ahí, continua con el villancico.

Canción a nuestra señora

Pues que tú, Virgen, que pariste

el consuelo divinal,

consuela mi vida triste,

tú, Señora, que naciste

para matar nuestro mal.

Mereciste tanta gloria

viviendo en aqueste suelo,

que en señal de la vitoria

siempre vive tú memoria

por Madre del Rey del cielo:

Pues corona recibiste

de aquel reino celestial,

consuela mi vida triste,

tú, Señora, que naciste

para matar nuestro mal.

Villancico

Pues que tú, reina del cielo

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que reinas con el rey

de aquel reino celestial

tú, lumbre de nuestra ley

luz de linaje humanal:

pues para quitar el mal

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, virgen que mereciste

ser madre de tal señor

tú, que cuando le pariste

le pariste sin dolor:

pues con nuestro salvador

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que del parto quedaste

tan virgen como primero

tú, virgen que te empeñaste

siendo virgen por entero:

pues con Dios verdadero

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que lo que perdió Eva

cobraste por quien tú eres

tú, que nos diste la nueva

de perdurables placeres:

tú, bendita en las mujeres

si nos vales

darás fin a nuestros males.

 

Tú, que te dicen bendita

todas las generaciones

tú, que citas por tal escrita

entre todas las naciones:

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que tienes por oficio

consolar desconsolados

tú, que gastas tú ejercicio

en librarnos de pecados:

tú, que guías los errados

y los vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que tenemos por fe

ser de tanta perfección

que nunca será ni fue

otra de tu condición:

pues para la salvación

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Quien podrá tanto alabarte

según es tu merecer

quien sabrá tan bien loarte

que no le falte saber:

pues que para nos valer

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

O, madre de Dios y hombre

o concierto de concordia

tú. que tienes por renombre

madre de misericordia:

pues para quitar discordia

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que por gran humildad

fuente tan alto ensalzada

que a par de la trinidad

tú, sola estás asentada:

y pues tú, reina sagrada

tanto vales

da remedio a nuestros males.

 

Tú, que estabas ya criada

cuando el mundo te crio

tú, que estabas muy guardada

para quien de ti nació:

pues por ti nos conoció

si nos vales

fenecerán nuestros males.

Bergson y la intuición original

 

Hace unos días en una charla hablamos acerca de la intuición Original en Kant y en Bion y, a partir de ahí, escribí el post anterior. También se habló del mundo y las apariencias y los objetos y hasta de la importancia de la filosofía. Me quedé dándole vuelta al asunto y recordé lo que Henri Bergson dijo (1911) acerca de nosotros, la filosofía y el pensamiento:

El mundo al que comúnmente nos arrojan nuestros sentidos y consciencia no es más que una sombra de sí mismo, y es frío como la muerte. Todo en ese mundo se arregla para nuestra máxima conveniencia y, al mismo tiempo, todo ahí se encuentra en un tiempo presente que parece en perpetua renovación. Nosotros mismos, confeccionados artificialmente a la imagen de un universo no menos artificial, nos vemos como seres instantáneos, hablamos del pasado como si se tratara de algo ya superado y vemos en los recuerdos cosas extrañas y ajenas a nosotros, un tipo de apoyo que el mundo le da a la mente.

Por el contrario: vamos a permitirnos captar-nos tan renovados como somos, viviendo en un presente que es denso y, aún más, elástico, por lo que podemos estirarle y retorcerle hacia atrás indefinidamente al empujar el velo que nos aleja de nuestro origen; vamos a captar el mundo externo tal y como es, no de manera superficial, en su presente, sino con profundidad, con el pasado amontonado alrededor y dándole su ímpetu; vamos, para acabar pronto, a familiarizarnos con una mirada de las cosas que es sub specie durationis: inmediata en nuestra percepción galvanizada y en la que lo que está estirado se relaja, lo que está dormido despierta y lo que está muerto revive.

Bergson, recordando a Bacon y su máxima para la empresa científica “obedecer para mandar”, señala que el filósofo ni obedece ni manda, sino que busca ser uno con la naturaleza. Desde esa perspectiva la esencia de la filosofía es el espíritu de la simplicidad. Ya sea que uno contemple al espíritu filosófico o a su obra, ya sea que uno compare la filosofía con la ciencia o con otras de las grandes disciplinas, pronto nos percatamos que toda complicación es superficial, que las construcciones son solamente accesorios y que la síntesis es una apariencia, porque el acto filosófico es simple. Y, continúa Bergson, entre más imbuidos estamos con esta verdad, más nos inclinaremos a sacar la filosofía de las escuelas y acercarle a la vida cotidiana.

El francés también nos habla de la intuición y su papel en el quehacer filosófico. Señala que una de las cosas que más le cuesta al filósofo -tal vez nunca tiene éxito en esto- es algo infinitamente simple, algo que no logra poner en palabras y que no termina de desvelar y tal vez por eso el filósofo habla y habla y piensa y habla toda su vida y, aun así, no logra formular lo que tiene en mente sin sentirse obligado a corregir sus formulaciones y a corregir sus correcciones. De este modo va de teoría en teoría, completando sus ideas cuando piensa que ya ha terminado, corrigiendo cuando piensa que ya ha completado. Adiciones que causan nuevas complicaciones, desarrollos sobre desarrollos, todo para expresar con precisión la simplicidad de lo que entendió algún día, su intuición original. Así, toda la complejidad de su doctrina, que puede extenderse ad infinitum, es tan solo la inconmensurabilidad entre la intuición original y los medios a su disposición para expresarla. Esta, sin duda, es una idea brillante.

Pero ¿qué es la intuición? Tal vez lo mejor que podemos decir -continua Bergson- es que se trata de una imagen intermedia entre la simplicidad de la intuición concreta y la complejidad de las abstracciones que usamos para traducirla. Se trata de una imagen difusa, que -tal vez imperceptible- acecha la mente del filósofo, que lo sigue como su sombra por cada recoveco de su pensamiento y que le inspira a buscar una expresión conceptual, necesariamente simbólica, para suministrar una “explicación”.

Bergson continúa preguntándose, ¿qué es lo que caracteriza a esta imagen? A lo que responde, categórico: su poder de negación. Recordaremos -señala- cómo el demonio de Sócrates procedía: escrutando continuamente la mente del filósofo nada prescribía y prevenía el acto. Eso hace la intuición: prohíbe. Frente a las ideas aceptables, todas esas que parecen evidentes, frente a las instituciones y sus currículos respetables, frente a los acólitos lo que “sabemos”, susurra en el oído del filósofo una palabra: ¡imposible!

Imposible, aun si lo fáctico y los argumentos nos inviten a pensarlo posible, plausible, certero y real. Imposible, porque una experiencia particular, confusa, pero -tal vez- determinante, nos habla a través de la voz de la intuición, porque tal vez los hechos no son lo que parece y los argumentos no se siguen.

La fuerza de la intuición, que es la llama del conocimiento, es la negación…

Y toca recordar aquella entrañable estrofa de Yeats:

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Bion desde Kant

En esta ocasión les dejo algunas reflexiones sobre la relación entre la ontología bioniana y la kantiana, a ver qué les parecen:

La envergadura del particular genio de Kant es tal, que hoy es considerado por muchos como el filósofo más influyente de todos los tiempos. Es difícil encontrar algún trabajo en filosofía después del siglo XVIII que no haga referencia a la obra y pensamiento kantianos. Para decirlo rápido, Kant nos regaló la modernidad. Acerca del prusiano, el historiador Michclet dirá: “En el fondo de los mares del norte, vivía entonces una extraña y poderosa criatura, un hombre, no, un sistema, una escolástica viviente, erizada, dura, una roca, un escollo tallado a punta de diamante como el granito del Báltico. Toda filosofía que había chocado con ella se había despedazado. Y ella, la roca, seguía inmutable.

Durante la segunda parte del siglo XVII ocurrió el despegue y rápido crecimiento de las matemáticas y las ciencias naturales, como resultado de su pretensión de domesticar el mundo surgieron nuevas explicaciones que inspiraron a los filósofos ingleses a proponer que la única manera de producir conocimiento es a partir de la experimentación, es decir, por contrastación con la experiencia. Así, la filosofía empírica, como se le llamó, tenía tres encantos: (1) estaba en línea con la tradición aristotélica, bien vista por los protestantes, (2) estaba en línea con la producción científica -principalmente inglesa- y, (3) se oponía a la filosofía racionalista (francesa y alemana).

Por su parte los racionalistas, albaceas de la línea filosófica platónica, propusieron que nosotros tenemos una capacidad innata para pensar y que esta capacidad colorea al mundo, de modo que es la forma particular de la mente humana la que nos permite el conocimiento. No necesitamos del mundo para pensar, dirán los racionalistas en el famoso cogito cartesiano, mientras que los empiristas opondrán la tabula rasa que Locke retoma de Aristóteles. En el terreno de entender la mente, la oposición entre empirismo y racionalismo se tradujo en el pleito entre innatismo (nosotros nacemos con ciertas preconcepciones) vs naturalismo (nosotros nos hacemos en nuestra relación con el mundo). Los siglos XIX y XX nos ofrecerán nuevas y divertidas opciones, pero por ahora eso no nos interesa.

Regresando a nuestra historia, la primera mitad del siglo XVIII quedó, como suele pasar, dividida en dos equipos: los empiristas (abanderados por los filósofos ingleses), y los racionalistas (abanderados por los franceses y alemanes). Kant, resultado del racionalismo alemán y el cientificismo de la era de Newton, intentó reconciliar ambas ideologías a lo largo de su pensamiento.

En 1778 él dirá que hay dos cosas que llenan la mente de admiración y reverencia: el cielo estrellado que está sobre nosotros y la ley moral que nos da sentido. Al considerar esto, pensó Kant, nos hacemos conscientes de nuestra existencia: mientras que el cielo nos permite contemplar el lugar que ocupamos en el mundo externo y nos deja ver la conexión con infinidad de mundos posibles y de tiempos inmemorables, la ley (moral) nos conecta con un universo igualmente basto, conformado por nuestro mundo interno y nuestros semejantes.

Superficialmente y sin entrar en un Kant riguroso (no es necesario), quisiera señalar algunos paralelismos entre las ontologías y teorías de la mente kantianas y bionianas: la idea de Kant, que se puede rastrear en Bion, es que la experiencia presenta hechos dispersos, diversos, y el espíritu los une según leyes necesarias que él inventa, por consiguiente, es el espíritu humano, por su actividad, el que confiere la inteligencia a los hechos, pero es la experiencia la que da un contenido real al pensamiento.

Kant pensó que el conocimiento (Erkenntnis) resulta de la conjunción en nuestra mente de una serie de elementos que definió cuidadosamente: las percepciones, las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y las formas del entendimiento (categorías y principios). El algoritmo kantiano fue retomado por Bion 150 años después, traduciendo la conjunción kantiana entre cosas, percepciones, intuiciones y objetos por su famosa idea de preconcepciones y realizaciones.

Vayamos por partes:

I

Para Kant el conocimiento requiere el encuentro (conjunción) de: (1) Forma (a priori, es decir, independiente de la experiencia, es principio de unidad, de enlace, de síntesis) y, (2) Materia (pura diversidad, está constituida de elementos dispersos que se encuentran en el mundo que se experimenta)

El modo en que el ser humano se conecta con el mundo (la materia o las entelequias) y lo capta, es a partir de la percepción (de los sentidos) y de las intuiciones (anschauung). Kant ordenó a las intuiciones en tres tipos, según su papel en la mente: (1) las intuiciones sensibles (que se pueden conectar con las percepciones de los sentidos), (2) las intuiciones puras (que son el espacio y el tiempo, a partir de los cuales podemos separar el caos del mundo en una experiencia ordenada) y, (3) la intuición intelectual, que llamó intuición original, experiencia Original, y realidad última de Bion “O”.

Lo tres tipos de intuiciones ocurren en la mente, siendo al mismo tiempo una precondición para que el hombre se relacione con el mundo y, la manera misma en que el hombre se relaciona con el mundo.

II

En mi lectura, Kant propone que cuando las percepciones de los sentidos se conectan con las intuiciones sensibles se forman en la mente lo que él llamó un objeto (objekt), así, los objetos no se pueden entender fuera de la relación con nuestra mente y todo lo que no es un objeto es incognoscible, es decir, es una cosa en sí misma.

El objeto, que es mental y es una cosa para nosotros que puede ser: (1) un fenómeno: que son cosas captadas por los sentidos y, por lo tanto, que tienen realidad empírica, (2) un nóumeno: que son las cosas que podemos pensar, pero de las que no tenemos experiencia, como los unicornios o Dios. La cosa en sí (Ding an sich), simplemente no se puede conocer y es “invisible” para nosotros, “de la cosa en si nada se puede saber y nada se puede decir”.

Kant aclara que los fenómenos, que tienen una correspondencia con cosas del mundo, NO son cosas del mundo, solamente son apariencias (Erscheinung) de las cosas.

III

Finalmente, no debe confundirse la cosa en sí kantiana con un elemento beta, ya que la cosa en sí kantiana es invisible para nosotros mientras que el elemento beta es algo no metabolizado. Aquí, si mi lectura es aproximada, Bion no se refiere a la misma “cosa en sí” que Kant. El elemento beta, me parece, corresponde a lo que Kant llamó una percepción mientras que el elemento alfa corresponde a lo que Kant llamó un objeto.

Bion tomó prestada la ontología kantiana para desarrollar su propia ontología y se inspiró en la teoría del pensamiento de Kant, pero a partir de su comprensión clínica y genio teórico desarrolló desde el psicoanálisis una teoría del pensamiento distinta a la kantiana.

Acerca del papel del yo

Hoy nos metemos en un tema un poquito teórico (eso no es sinónimo de aburrido ¿eh?). La idea es explorar el papel que Klein le dió al yo para enfrentar la angustia.

Rachel Blass (2015) en “El yo según Klein: más allá del regreso a Freud”, subraya, acerca de la relación entre mundo pulsional, fantasías y yo, algo importante.

Blass, considerando que el concepto de yo en Klein se relaciona con una amplia gama de temas analíticos (narcisismo, identidad, consciencia, pensamiento y realidad, desarrollo y cura), se pregunta acerca de lo esencial en la concepción kleiniana del yo e identifica dos de los elementos claves para entenderla: (1) la relación entre el modelo pulsional y estructural freudiano (Blass sostiene que en el pensamiento kleiniano se puede identificar una lectura profunda y detallada de los textos freudianos) y (2) la relación entre las fantasías y la calidad del yo.

Primeramente, en el artículo “Sobre el desarrollo del funcionamiento mental” (Klein, 1958), Klein deja claro que:

El trabajo que presentaré es una contribución a la metapsicología en un intento de llevar más allá teorías fundamentales de Freud acerca del tema, sobre la base de conclusiones derivadas del progreso en la práctica psicoanalítica.

La formulación de Freud sobre la estructura mental en términos del ello, yo y superyó, se ha convertido en la base del pensamiento psicoanalítico. Freud aclaró que estas partes no se hallan estrictamente separadas unas de otras y que el ello es la base de toda función mental; agregando que el yo se desarrolla a partir del ello, pero sin dar una indicación consistente acerca del período en que esto ocurre. En el curso de la vida, el yo se extiende profundamente en el ello y por lo tanto se halla bajo la influencia constante de los procesos inconscientes.

Como se ve, continua Blass, Klein se basa en el marco de referencia fundamental de Freud mientras que lo lee de un modo que de espacio a sus propios desarrollos y acepta el modelo estructural como la base del pensamiento analítico, haciendo énfasis en el lugar que Freud da al ello en todo el funcionamiento mental, tomando nota del espacio que Freud deja para pensar el proceso de desarrollo que da como resultado al yo.

Klein, en el artículo referido, enfatiza la importancia del modelo pulsional freudiano y la necesidad de integrarlo con el modelo estructural, que ella pudo apreciar a lo largo de su trabajo con niños, y concluye que:

Yo diría que en la medida en que Freud considera la fusión y separación de las dos pulsiones como subyacentes al conflicto psicológico entre pulsiones agresivas y libidinales, es entonces el yo y no el organismo quien desvía la pulsión de muerte.

Para Klein -señala Blass-  el yo responde a la ansiedad realizando las funciones de proyección e introyección de modo tal que: “El proceso primario es la introyección, también extensamente al servicio de la pulsión de vida; combate a la pulsión de muerte porque conduce a que el yo reciba algo que da vida (los alimentos en especial), atando[1] de este modo a la pulsión de muerte“, mientras que, al proyectar, el yo desvía la pulsión de muerte fuera del cuerpo.

Según Blass, Klein propone que la agresión es una respuesta defensiva al objeto persecutorio creado a partir de la proyección de la pulsión de muerte. En esta lectura la agresión parece tanto constitutiva como una respuesta paranoica al ambiente (similar, creo, a la propuesta de Lacan).

Una consecuencia de la integración del modelo pulsional con el modelo estructural es que la fortaleza yoica resulta de la fusión entre las pulsiones y el grado de esta fusión es constitucional (Klein, 1952): si la pulsión de vida -la capacidad de amor- predomina, el yo y su función primordial de integración serán fuertes, si predomina la pulsión de muerte, la función yoica de integración -sacudida por las oleadas proyectivas- será débil.

Finalmente, Blass recuerda que Freud (1923) pensó al yo en términos de relaciones objetales internalizadas: “el yo es un precipitado de catexias objetales abandonadas… contiene la historia de esas elecciones objetales”  y subraya que Klein elabora con más detalle el tipo de relaciones tempranas en una visión según la cual el yo, desde el principio, está compuesto por objetos parciales buenos y malos internalizados y fundado sobre nuestras fantasías acerca de estos objetos.

Sobre el papel privilegiado que Klein asigna al pecho y a la fantasía primitiva en la conceptualización del yo, Blass recupera -como lo han hecho antes Green y otros- lo siguiente:

Desde el comienzo de la vida las dos pulsiones se adhieren a los objetos, ante todo al pecho materno. Creo, por lo tanto, que mi hipótesis que basa todos los procesos de internalización en la introyección del pecho nutricio materno; clarifica las nociones sobre el desarrollo del yo en conexión con el funcionamiento de las dos pulsiones. Según predominen pulsiones destructivas o sentimientos de amor, el pecho (que puede ser simbólicamente representado por la mamadera) es sentido a veces como bueno, otras como malo. La catexia libidinal del pecho junto con las experiencias gratificantes, estructuran el objeto bueno primario en la mente del bebé; la proyección de impulsos destructivos en el pecho forma al objeto malo primario. Ambos aspectos son introyectados, y así las pulsiones de vida y muerte, que habían sido proyectadas, operan otra vez dentro del yo. La necesidad de dominar la ansiedad persecutoria da ímpetu a la disociación, externa e interna, de pecho y madre, en un objeto que ayuda y es amado, y otro es terrorífico y odiado. Estos son los prototipos de todos los objetos internalizados siguientes.

Así, Klein elabora el papel relacional que Freud asignó al yo y, a partir de aquí, puede concluir:

El objeto internalizado bueno forma el núcleo del yo, alrededor del cual éste se expande y desarrolla. Cuando el yo es asistido por el objeto bueno internalizado, se encuentra más capacitado para dominar la ansiedad y preservar la vida, atando con libido algunas partes de la pulsión de muerte que opera dentro de sí.

[1] En este caso, preferimos la traducción de bind por atar que por ligar, para reforzar el sentido que, pensamos, Klein le da al papel de la introyección del objeto bueno para oponerse a la pulsión de muerte.

Elemental mi querido Freud

Decía Morelli (1898), a propósito de obras de arte y museos, que la personalidad del artista debe ser buscada allí donde el esfuerzo personal es menos intenso. Veamos:

Los museos están llenos de cuadros atribuidos de manera inexacta. Pero restituir cada cuadro a su verdadero autor es difícil; muy a menudo nos encontramos ante obras no firmadas, tal vez vueltas a pintar o en mal estado de conservación. En esta situación es indispensable poder distinguir los originales de las copias. Para hacer esto, sin embargo, no hay que basarse, como se hace habitualmente, en las características más llamativas, y por ello más fácilmente imitables, de los cuadros: los ojos elevados hacia el cielo de los personajes de Perugino, la sonrisa de los de Leonardo, etc. Es preciso, en cambio, examinar los detalles más omitibles y menos influidos por las características de la escuela a la que pertenecía el pintor: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de las manos y de los pies.

Por otro lado, Carlo Ginzburg (2003) señala, siguiendo a Castelnuovo, que los cuidadosos registros de Morelli se asemejan al trabajo detectivesco que Arthur Conan Doyle atribuyó a Sherlock Holmes, o, mejor dicho, que Holmes literalmente “morelliza” y nos acerca una cita de “La aventura de la caja de cartón” (Doyle, 1892). Habla Watson:

se interrumpió, y yo me sorprendí, al mirarlo y al observar que fijaba la vista con singular atención sobre el perfil de la señorita. Por un instante fue posible leer en su rostro expresivo la sorpresa y la satisfacción a un mismo tiempo, aunque cuando ella se volvió para descubrir el motivo de su repentino silencio, Holmes se tornó nuevamente impasible, como de costumbre.

Imagen relacionada

Ginzburg también señala algo interesante respecto a “El Moisés de Miguel Ángel” (Freud, 1914):

Mucho antes de que pudiera enterarme de la existencia del psicoanálisis, supe que un conocedor ruso en materia de arte, Ivan Lermolieff, había provocado una revolución en los museos de Europa revisando la autoría de muchos cuadros, enseñando a distinguir con seguridad las copias de los originales y especulando sobre la individualidad de nuevos artistas, creadores de las obras cuya supuesta autoría demostró ser falsa. Consiguió todo eso tras indicar que debía prescindirse de la impresión global y de los grandes rasgos de una pintura, y destacar el valor característico de los detalles subordinados, pequeñeces como la forma de las uñas, lóbulos de las orejas, la aureola de los santos y otros detalles inadvertidos cuya imitación el copista omitía y que sin embargo cada artista ejecuta de una manera singular. Luego me interesó mucho saber que bajo ese seudónimo ruso se ocultaba un médico italiano de apellido Morelli. Falleció en 1891 siendo senador del Reino de Italia. Creo que su procedimiento está muy emparentado con la técnica del psicoanálisis médico. También este suele colegir lo secreto y escondido desde unos rasgos menospreciados o no advertidos, desde la escoria —«refuse»— de la observación.

Ginzburg ubica el acercamiento de Freud al trabajo de Morelli muy temprano en la historia del psicoanálisis:

En la biblioteca de Freud conservada en Londres figura, en efecto, un ejemplar del volumen de Giovanni Morelli (Iván Lermolieff), “Della pittura italiana. Studii storico critici. –Le gallerie Borghese e Doria Pamphili in Roma, Milán, 1897”. Sobre la portada está escrita la fecha de la adquisición: Milán, 14 de septiembre. La única visita a Milán de Freud se produjo en el otoño de 1898.

En ese momento, por otra parte, el libro de Morelli tenía para Freud un ulterior motivo de interés: desde hacía algunos meses se estaba ocupando de los lapsus: poco tiempo antes, en Dalmacia, se había desarrollado el episodio, después analizado en Psicopatología de la vida cotidiana, en el que había tratado inútilmente de recordar el nombre del autor de los frescos de Orvieto. Casualmente tanto el verdadero autor (Signorelli) como los autores ficticios que en un primer momento se habían presentado a la memoria de Freud (Botticelli, Boltraffio), son mencionados en el libro de Morelli.

Ginzburg sugiere que, para Freud, la lectura de los ensayos de Morelli ofreció un acercamiento a un método interpretativo apoyado sobre lo que normalmente se descarta: se trataba de considerar a los datos marginales como reveladores del espíritu de la obra. La apuesta de Morelli fue que los detalles marginales mostraban el verdadero espíritu del artista, más allá de la técnica de la época, y el italiano teorizó acerca de que los datos marginales de la obra escapan al control consciente del artista. Freud, sin duda, leyó con atención.

Según Max Weber toda sociología es necesariamente ‘relevante al valor’ (Weber, 1949), es decir, la decisión de trabajar ciertos aspectos sobre otros y la lógica y método de investigación usados se encuentran inevitablemente ligados a los valores subjetivos del investigador.

Me parece que este es el caso para toda actividad humana.