No es lo mío…

Tenía un rato sin presentar una traducción libre…

NO ES LO MIO
Jan Baeke

Tan bella, benéfica e implacable
resulta la luna, mientras estás a mi lado
mientras la flores golpean en ti
y ninguna de mis palabras o miradas
logran interponerse
a tu ajetreo telefónico.

Tú, por supuesto, mantienes tu cabello ondulado
y tu aire de portada.

Me gustaría conservar
aquellos rumores selénicos que atraparon mi cuerpo
y calibraron mi ser
como para hacerme digno de alguien más.

Ahí tienes, MIRA el brillo de la navaja.
Ahí tienes, mira mi cuerpo perderse…

-¿qué diablos pasa?
grito mientras me remiendan.

DAT TE HEBBEN
Jan Baeke

Zo mooi, zo bruikbaar, zo onverbiddelijk
deze maan, nu jij naast mij zit
nu bloemen op jou afketsen
en geen van mijn woorden of blikken
zich tussen jouw telefoongesprekken
weet te dringen.
Jij hebt immers al die golvende haren
en die tijdschriftenblik.

Ik zou de maan moeten hebben
fluistert in mij het ingenomen lichaam
dat de stoel test
alsof iemand dit lichaam komt halen.

Daar glinstert het mes.
Daar de ledematen die mij weldra ontvallen.
Wat is hier in godsnaam aan de hand
roep ik
terwijl de verpleegster
de naald op mijn bovenarm scherp stelt.

Por una recuperación del hombre (4 de ?)

En la entrega anterior señalé que una tercera problemática global que parece arrojar a las humanidades a un proceso “irreversible” de trivialización es lo que hemos denominado “el final del arte”, semejante al problema de “la muerte de la filosofía”. Ahí retomé algunos puntos importantes de Danto acerca del arte contemporáneo.

Quisiera elaborar más el punto del final del arte con una subserie que retoma la perspectiva heideggeriana del arte. Veamos:

Heidegger abre el ensayo “El origen de la obra de arte” diciendo:

origen significa aquí aquello de donde una cosa procede y por cuyo medio es lo que es y como es. Lo que es algo, cómo es, lo llamamos su esencia. El origen de algo es la fuente de su esencia. La pregunta sobre el origen de la obra de arte interroga por la fuente de su esencia. La obra surge según la representación habitual de la actividad del artista y por medio de ella. Pero ¿cómo y de dónde es el artista lo que es? Por medio de la obra; pues decir que una obra enaltece al maestro significa que la obra, ante todo, hace que un artista resalte como maestro del arte. El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista. Ninguno es sin el otro. Sin embargo, ninguno de los dos es por sí solo el sostén del otro, pues el artista y la obra son cada uno en sí y en su recíproca relación, por virtud de un tercero, que es lo primordial, a saber, el arte, al cual el artista y la obra deben su nombre. Tan necesariamente como el artista es el origen de la obra de modo distinto a como ésta lo es del artista, tan ciertamente es el arte el origen, de modo aún distinto del artista y sobre todo de la obra. Pero entonces ¿puede el arte en general ser un origen? ¿Dónde y cómo hay arte?

El filósofo señala que para encontrar la esencia del arte que realmente está en la obra, debemos buscar a la obra real y preguntarle qué es y cómo es.

Si bien, continúa Heidegger, la obra de arte es en verdad una cosa confeccionada, dice algo otro de lo que es la mera cosa, ἄλλο ἀγορεύ ει. La obra hace conocer abiertamente a lo otro, revela lo otro; es alegoría. Con la cosa confeccionada se junta algo distinto en la obra de arte. Juntar se dice en griego σύμβά λλειν. La obra es símbolo. Alegoría y símbolo son el marco de representaciones dentro del cual se mueve hace largo tiempo la caracterización de la obra de arte. A pesar de esto, este único en la obra que descubre lo otro, este uno que se junta con lo otro, es lo cósico en la obra de arte. Casi parece que lo cósico en la obra es el cimiento en el cual y sobre el cual está construido lo otro y peculiar.

Mente, espacio y estar en el mundo

Meltzer introduce una metáfora espacial muy interesante para pensar la relación entre el desarrollo de la mente y el “estar en el mundo”.

El autor señala que, en tanto pueda decirse de un organismo que tiene vida mental y no meramente que existe en un sistema de respuestas neurofisiológicas a los estímulos provenientes de fuentes externas e internas, es porque vive en “el mundo”, y este mundo debe estar estructurado en diversas formas y que tal vez uno se ha acostumbrado a pensar “el mundo” como tetradimensional y constituyendo el “espacio vital” del organismo.  Desde el punto de vista psicoanalítico, señala Meltzer, este espacio vital comprende varios compartimientos de la “geografía de Ja fantasía” y se mueve en la dimensión temporal. Esta geografía está de ordinario organizada en cuatro compartimientos: dentro del self, fuera del self, dentro de los objetos internos, dentro de los objetos externos; y a esto debe a veces agregarse, o tal vez siempre, el quinto compartimiento, el “no-lugar” del sistema delirante, fuera de la atracción gravitacional de los objetos buenos. Por otro lado, puede reconocerse que la dimensión del tiempo tiene un desarrollo que va de la circularidad a la oscilación y finalmente al tiempo lineal del “tiempo de vida” para el individuo, desde la concepción hasta la muerte.

Este punto de vista evolucionista de la dimensionalidad en la visión-del-mundo probablemente nos lleva de vuelta a procesos de diferenciación y organización próximos a la disociación e idealización del self y el objeto -señala Meltzer- Melanie Klein lo consideró como el primer paso definitivo en el desarrollo sano. A Meltzer le parece que la disociación e idealización emergen como una necesidad lógica en algún punto dentro del establecimiento de la bidimensionalidad y antes de la transición a la tridimensionalidad.

Pero ¿qué es la bidimensionalidad para Meltzer?

Dice Meltzer: “cuando la significación de los objetos se vivencia como inseparable de las cualidades sensuales que pueden captarse de sus superficies, la concepción del self debe ser por fuerza limitada. El self también va a ser vivenciado como una superficie sensible, una visión no significativamente distinta de la visión del yo que Freud presentó en El yo y el ello. Esta superficie sensible puede ser maravillosamente inteligente en la percepción y apreciación de las cualidades de la superficie de los Objetos, pero sus objetivos van a ser necesariamente cercenados por una empobrecida imaginación, dado que carece de medios para construir en su pensamiento objetos o hechos distintos de aquellos experimentados de manera concreta. En el lenguaje de Bion, el yo no tendría medios para distinguir entre un objeto bueno ausente y la presencia de un objeto ausente persecutorio. La razón para esta limitación del pensamiento y la imaginación residiría en la carencia de espacio interno dentro de la mente, en el que pudiera tener lugar la fantasía como una acción de ensayo y, por ende, como un pensamiento experimental.”

Termina Meltzer su descripción de la bidimensionalidad señalando que: “Más aún, y por la misma razón, el self que está viviendo en un mundo bidimensional va a quedar disminuido tanto en memoria como en deseo, o en previsión. Sus experiencias no podrán resultar en la introyección de objetos o en la modificación introyectiva de los objetos ya existentes. No se podrá entonces llevar a cabo el pensamiento experimental en regresión o progresión, a partir del cual fuera posible reconstruir los hechos pasados más o menos certeramente, y bosquejar las posibilidades futuras con cierto grado de convicción. Su relación con el tiempo será básicamente circular, pues sería incapaz de concebir cambios perdurables y, por lo tanto, de· concebir su desarrollo o su cesación. Las circunstancias que amenazan esta inmutabilidad tenderán a vivenciarse como ruptura de las superficies: rajar, desgarrar, supuración, disolución, liquenificación o desensibilización ictiótica, entumecimiento congelante (freering numbness) o una sensación difusa, sin sentido y por ende atormentadora.

FREIRE: Esperanza, autonomía y concientización

Hoy nos toca Freire, si, aún nos toca… nos toca la mente y nos mueve a ser otros…

Solamente en la comprensión dialéctica, repitamos, de cómo se dan conciencia y mundo, es posible comprender el fenómeno de la introyección del opresor (u opresora) por el oprimido (u oprimida), la “adherencia” de éste a aquél, la dificultad que tiene el segundo para localizar al primero fuera de sí mismo, oprimido. Otra vez me viene a la memoria el momento en que hace veinticinco años escuché de Erich Fromm, en su casa de Cuernavaca, con la mirada de sus ojos pequeños, azules, brillantes: ‘Una práctica educativa así es una especie de psicoanálisis histórico-socio- cultural y político’. Es esto lo que los mecanicistas dogmáticos, autoritarios, sectarios, no comprenden y rechazan casi siempre como “idealismo”. Si a las grandes mayorías populares les falta una comprensión más crítica del modo cómo funciona la sociedad, no es porque sean, digo yo, naturalmente incapaces, sino por causa de las condiciones precarias en que viven y sobreviven, porque hace mucho que se les prohíbe saber; la salida es la propaganda ideológica, la “esloganización” política y no el esfuerzo crítico a través del cual hombres y mujeres van asumiéndose como seres curiosos, indagadores, como sujetos en proceso permanente de búsqueda, de descubrimiento de [sa raison d’être] de las cosas y de los hechos.

Pedagogía de la Esperanza, p. 132

Como profesor debo saber que sin la curiosidad que me mueve, que me inquieta, que me inserta en la búsqueda, no aprendo ni enseño. Ejercer mi curiosidad de manera correcta es un derecho que tengo como persona y al que corresponde el deber de luchar por él, el derecho a la curiosidad. Con la curiosidad domesticada puedo alcanzar la memorización mecánica del perfil de este o de aquel objeto, pero no el aprendizaje real o el conocimiento cabal del objeto. La construcción o la producción del conocimiento del objeto implica el ejercicio de la curiosidad, su capacidad crítica de “tomar distancia” del objeto, de observarlo, de delimitarlo, de escindirlo, de “cercar” el objeto o hacer su aproximación metódica, su capacidad de comparar, de preguntar; Estimular la pregunta, la reflexión crítica sobre la propia pregunta, lo que se pretende con esta o con aquella pregunta en lugar de la pasividad frente a las explicaciones discursivas del profesor, especie de respuestas a preguntas que nunca fueron hechas. Esto no significa realmente que, en nombre de la defensa de la curiosidad necesaria, debamos reducir la actividad docente al puro ir y venir de preguntas y respuestas que se esterilizan burocráticamente. La capacidad de diálogo no niega la validez de momentos explicativos, narrativos, en que el profesor expone o habla del objeto. Lo fundamental es que profesor y alumnos sepan que la postura que ellos, profesor y alumnos, adoptan, es dialógica, abierta, curiosa, indagadora y no pasiva, en cuanto habla o en cuanto escucha. Lo que importa es que profesor y alumnos se asuman como seres epistemológicamente curiosos.

Pedagogía de la autonomía, 83

La conciencia y el mundo no se estructuran sincrónicamente en una conciencia estática del mundo: visión y espectáculo. Esa estructura se funcionaliza diacrónicamente en una historia. La conciencia humana busca conmensurarse a sí misma en un movimiento que transgrede, continuamente, todos sus límites. Totalizándose más allá de sí misma, nunca llega a totalizarse enteramente, pues siempre se trasciende a sí misma. No es la conciencia vacía del mundo que se dinamiza, ni el mundo es simple proyección del movimiento que la constituye como conciencia humana. La conciencia es conciencia del mundo: el mundo y la conciencia, juntos, como conciencia del mundo, se constituyen dialécticamente en un mismo movimiento, en una misma historia. En otras palabras, objetivar el mundo es historicizarlo, humanizarlo. Entonces, el mundo de la conciencia no es creación sino elaboración humana. Ese mundo no se constituye en la contemplación sino en el trabajo.

Ernani María Fiori en, La concientización, p.17

¿y ahora?

La alegría de la muerte

Les dejo el interesante cuento de Bernardo Couto Castillo, que murió a los 21 años. Buen lector de Baudelaire, pensó que era “preferible la barbarie al tedio”.

Nuestra Señora, La muerte, sentíase profundamente malhumorada.

Durante toda la noche había errado de un lado al otro del cementerio, paseando su manto blanco a lo largo de las avenidas, haciendo chocar los huesos de sus manos y mirando con sus miradas profundas y sin expresión las blancas pilas de sepulturas. Se detenía antes los túmulos suntuosos plegando sus labios secos con macábrico gesto, y los observaba sintiéndose llena de satisfacción al considerarse a dueña de todo lo creado, la soberana derramadora de lágrimas el terror del pobre  mundo, la grande la Todopoderosa.

A lo lejos, de la ciudad se levantaba luminosa polvareda, la malhumorada la veía fríamente preguntándose si todos cuanto a habitaban podrían fácilmente caber en su tenebroso dominio y extendía su vista sobre los campos, pensando en reemplazar trigos y árboles por denudas o labradas piedras y en apagar con paletadas de tierra el brillo de la ciudad.

Al amanecer se puso en marcha razonando silenciosa, su descontento era en verdad bien grande: desde arriba no la ayudaban; los tiempos eran malos hasta el exceso; durante todo el año ninguna epidemia, ninguna guerra, ninguna de esas matanzas en grande que la regocijaban llenándola de trabajo y librándola del roedor fastidio.

Para alimentar a sus gusanos, pobres y débiles criaturas, confiadas a su cuidado; para nutrir la voraz tierra, había tenido que ir de un lugar a otro, acechando, sitiando, poniendo el revolver o el veneno en las manos de los cansados, afligiendo madres, viéndose obligaba a ahogar las súplicas y a apartar bruscamente los brazos defensores de las vidas queridas en su irritación, se proponía trabajar duro y poblar toda un avenida del camposantos, que en sus nocturnos paseos le disgustaba por hallarse virgen por despojos humano.

En la primera casa que acercó a distinguir, penetró fieramente como señora y reina, encontrándose a un anciano, lo que la lleno de despecho aumentando su criminal impaciencia y su fastidio. Los cabellos blandos le hacen pensar en la nieve y en lo frío de sus cementerios. Las arrugas, los rostros ajados, le recuerdan su existencia, vieja y como el mundo. Ella busca, sobretodo, los rostros jóvenes, los cuerpos fuertes, los seres que harán falta y sobre los que el llanto dejará su humedad. El anciano pensó que en el pasaba algo de anormal; su cabeza y sus miembros se entorpecía, sus pies se enfriaban, se turbaba su vista y un inmenso terror le invadía; alarmado, pidió a gritos el auxilio de un médico. La Muerte exasperada, ahogó el grito, rompió el hilo que a la vida lo sujetara y se alejó impávida.

–Decididamente –se decía al salir–, soy demasiado buena y por lo mismo demasiado estúpida– ¡Llevarme un viejo que unos meses más tarde hubiera ido por sí solo, librarlo de una vida que sólo era un peso, un constante temblor, una ruina!… No, decididamente he sido demasiado buena y es preciso vengar mi torpeza.

Caminando, llamo su atención un poco más lejos, una casa en la que todo parecía sonreír, las hay así, casas que parecen rostros amables, con sus rejas recién pintada, sus cortinas de colores muy claros, y sus enredaderas en las que ha prendidos ramilletes de floras, casas que detienen al transeúnte para hacerlo envidioso. “Bonito nido –murmuro la visitante– ya lo veremos dentro de una hora”, y haciendo chocar los huesos de sus manos se entró recta hasta un cuarto en cuyo fondo, y elevado como un trueno, aparecía el lecho. La esposa dormía. La muerte tocó sus brazos desnudos, haciéndola estremecerse de frío, oprimió ligeramente el cuello ara procurar un apoca de ansiedad, le dio tiempo para llamar, vio con placer que todo el mundo se alarmaba, rio de las carreras, de los frascos traídos, prolongo sus frías caricias e hizo reverencia acompañada de horrible mueca al médico que precipitadamente entraba Volvió a oprimir con más fuerza, acercó su boca infecta para aspirar el aliento de su víctima, paseó sus dedos ásperos por el hermoso cuerpo, le estrujó el corazón, después de haber jugado en esa vida como juega el gato con el ratón, se hubo cansado, la sacudió y se alejó impasible sonriendo al coro de lamentos que tras sí dejaba.

Fue luego una larga sucesión de asesinatos, por donde quiera que pasaba dejaba ventanas cerradas, casas donde las abandonadas se dejaban con huraños ojos sin atreverse a hablar, largas letanías de rezos entrecortadas por sollozos. A las cuatro de la tarde, algo atormentada por tanto llorar, se introdujo en el cuarto de uno que la llamaba. Ahí fue recibida como una redentora, los dedos fríos, largos y duros como tenazas, parecieron suaves y blandos; el rostro ajado, el gesto espantoso, tomaron las formas de un rostro joven y piadoso, llegando como una amada a imprimir el beso sagrado; el manto húmedo; el sudario medio desgarrado; pareció ligera gasa velando un cuerpo muchas veces soñado y desead en todas las horas de desfallecimiento. Las bendiciones que ahí recibió de nuevo la disgustaron, y cuando buscaba a quien llevar consigo una vez más tropezó con un médico.

¡Ah! ¡Señor doctor! ¡Apresurados vamos! Seguro será para arrebatarme a algún pensionario, vuestra ciencia es tan grande, prodigáis tanto la salud y la vida que yo, pobre muerte, necesito de vos. Y diciendo eso maltrataba al sabio, que muy ocupado con la muerte de los otros, apenas y se ocupaba de la suya: con precipitación penetró a una botica, pidió agua y polvos, pero cuando se disponía a usarlos, la disgustada dueña del cementerio, le ahogó de un seco y formidable manotazo.

En la noche, antes de volver a su dominio, una gran iluminación la trajo le lentamente entró a un circo. Como a buen tirano, el goce de los otros la ofendía, le estorbaba, pareciéndole que de algo la despojaban, las luces, el brillo de los colores, la orquesta, la pusieron fuera de sí; consolase, sin embargo, pensando que todos, absolutamente todos, le pertenecían; los mismos los alegres que los fastidiados, los inteligentes que los estúpidos; los poderosos que los miserables; todos eran carne que engordaría a sus gusanos, con solo extender su mano o dar fuerza a su soplo, interrumpiría la risa y evitaría el aplauso, sin que nadie absolutamente nadie, pudiera librarse de su yugo. “Adiós, pues, rostros jóvenes, rostros hermosos, corazones inflamados y seres que esperáis la aventura; ninguno de vosotros pensáis que sois míos, reflexionáis, os movéis, hacéis ruido, y vuestra vanidad, inflamando inmediatamente, os hace creeros libres y dueños de vosotros mismos.

¡AH! “¡Ah!, ¡Pobres locos! Yo sola soy vuestro sueño; me pertenecéis desde el principio de los siglos, y me pertenecéis hasta que mis huesos se rompan bajo las ruinas del universo. Reíd, reíd, haced los movimientos que en mí causan espanto, el hilo de vuestra vida, pobres fantoches, está en mi manos; reíd, representad vuestra comedia hasta que el sostén se rompa y os deje caer sobre el tablado frío, enlutado escenario de silenciosa tragedia que será el ataúd.

Vino a interrumpirla en su amenazante monólogo, la aparición de un payaso blanco como ella; hacía gestos irónicos parodiando el dolor de una pasión no correspondida, en su ancho traje de seda ostentaba, delicadamente bordadas, inmensas calaveras llorando por sus órbitas vacías. “¡Hola! –exclamó la fúnebre espectadora– ¡hola! ¿Conmigo juegas y el dolor parodias? Amiguito mío; yo contendré tus risas y te haré no reír del dolor” Y saliendo fue derecho a la casa de clown.

“Bebé”, el niño que alegraba el hogar con lo sonoro de sus risas y la constante movilidad de su pequeño cuerpo, dormía descansando de sus innumerables carreras y su eterno charlar Sobre su rostro caía el resplandor de una lámpara azul. “Bebe” dormía risueño, los diminutos puños cerrados y el aire satisfecho. La criminal se detuvo un momento. Aunque no quería confesárselo, sentía debilidad, algo así como remordimiento de arrancar un ángel tan hermoso, de cambiar sus facciones nunca quietas por las inalterables líneas, y su constante bullicio por el más completo silencio. Pensó en los besos y las caricias que diariamente debía recibir, en las carcajadas que el padre tenía que arrancar a su humor no siempre riente, para rodear de cuidados al niño, y casi estuvo por retirarse. Su debilidad la detuvo; llevó un dedo a su frente y miró de nuevo al niño “Vamos– se dijo ¿es que por casualidad me volveré compasiva? No; mi honor no lo permite” Y comenzó la obra.

Ésta, que al parecer era sencilla, no lo fue tanto. La madre acorazaba al niño, lo defendía, lo resguardaba, lo cubría con su cuerpo para evitar los abrazos de la cruel. Cuando sentía que los pequeños miembros se helaban, ella le deban su calor y cuando la respiración era difícil ella le daba su propio aliento. Fueron horas de ansiedad; a veces los dedos fríos tocaban la piel fina, pero la madre removía la criatura haciendo circular la sangre y la vida volvía lenta, los pequeños ojos se abrían, la cabeza pálida encerrada en su marco de cabellos rubios, recobraba vida, hasta que algunos minutos después los dedos tocaban de nuevo, el frío volvía y la palidez era más grande. La lucha duró varias horas, la madre no se cansaba nunca y la muerte se indignaba, hubo un momento en que pensó llevarse también a la defensora, pero entonces no habría dolor y el triunfo no sería completo.

Al fin venció, cuando la madre se apartó momento dejando descubierto el cuerpecito. El honor de la muerte, estúpido como el honor de los hombres, había dado muerte a “Bebé”.

Al día siguiente, sus víctimas llegaron una después de otra; ella las recibía ceremoniosamente, les rendía todos los honores, aceleraba a sus sepultureros, hacía remover la tierra y sonar las campanas. Vino el ataúd de la desposada cubierto de flores llenas de frescura y de vida: ironía propia de todo funeral. Vino el niño en su caja pequeña, blanca y acolchonada como un lecho; vinieron el viejo y el joven y los otros, siendo colocados a pequeñas distancias en la avenida, un día antes, desierta y llena ahora de flores. Vinieron los dolientes, rostros afligidos y sinceros, rostros indiferentes o imbéciles, rostros de ocasión como los trajes que llevaban, como las palabras que decían. Las cajas desaparecieron, las flores murieron sobre las paletadas de tierra, a lágrimas se secaron, y de nuevo, sólo hubo silencio.

Esa noche, la luna brilló con todo su esplendor. Cerca del cementerio los perros ladraban. A lo lejos, la ciudad mostraba sus millares de puntos luminosos brillando como estrellas en el cielo oscuro y el viento mecía las ramas que dan sombra los lechos a donde nunca llega el calor. La muerte de paseo a lo largo de las tumbas; abría las recién cubiertas y se alegraba viendo el cuerpo puro, el cuerpo joven de la desposada que un día antes dormía sobre brazos amados, amarillento, con manchas azuladas, siendo pasto de gusanos, y observaba atenta los lugares donde más abundaban, animándolo en su obra; iba al niño, desbarataba los cabellos que caían a lo largo de la cara color de cera, palpaba las manecitas que antes removieran todo; meneaba los cuerpos, se embriagaba en su olor e indiferente se alejaba acosada otra vez por el soberano fastidio. Pero su gran satisfacción, su mayor goce, era pensar que si todos le pertenecían en cuerpo, por completo le pertenecían un mes, un año, dos años después, cuando e olvido los hubiera borrado de la memoria de los hombres.

La muerte se retiró, su día no era del todo malo.