Sobre lo real y lo terrible

Caminamos en una playa de sentido con un mar frente a nosotros. Miramos al horizonte y hay una inmensa masa de ‘algo’. “Al otro lado está china” –nos han dicho-, “hay tanto bajo la superficie que no lo creerías” –nos han dicho-

Enterramos los pies en la arena; hacemos castillos, recogemos conchitas y miramos las huellas de los cangrejos, cosas que nos recuerdan de lo otro que está más allá de lo que vemos. Traemos un microscopio y miramos una gota de agua salada. La probamos y comprobamos. Decidimos que la aventura es hacer un bote y meterse al mar.

Entonces corremos y hacemos nuestra casa frente al mar, y sentimos la brisa y escuchamos a las olas y pensamos que conocemos el mar. “No comprendo estas cosas. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar el sol o la luna o las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos”, diría Hemingway.

“No le des la espalda al mar” –nos dicen unos-, “aprende a nadar”, “cuídate de la marea”; bla bla bla…

La cosa en sí, lo incognoscible, lo irrepresentable, lo real. Para la muerte tampoco hay representación, tal vez es lo más real y lo más atemporal en el microcosmos humano.

Lo terrible (Entsetzende) –diría Heidegger- “es aquello que saca a todo lo que es de su esencia primitiva. ¿Qué es esto terrible? Se muestra y se oculta en el modo como todo es presente, a saber, en el hecho de que, a pesar de haber superado todas las distancias, la cercanía de aquello que es, sigue estando ausente

 

Aftershocks (19 de septiembre 2017)

El primer gran terremoto lo viví el 19 de septiembre de 1985: recuerdo el caos de los alumnos, el esfuerzo de los maestros por mantener la calma y esa sacudida –interminable- acompañada de algo que aún no entendía, el miedo colectivo. Horas después llegaron los incendios, las réplicas, los conteos de muertos y propiedades y la solidaridad (esa adhesión circunstancial-promovida a la causa de otros). Han pasado 32 años y ya no lo tengo tan claro, pero creo que miles de personas se lanzaron a las calles del DF a ayudar. ¿cómo?, como pudieron.

El segundo gran terremoto lo viví en el 2017. Pasadas las 11pm se estremeció nuevamente la recién estrenada Ciudad de México. No pasó del susto –nos dijimos- ahora es otra historia, somos fuertes y estamos bien preparados –nos repetimos-

El tercer gran terremoto lo viví en el 2017, unos días después del segundo susto. Estaba en una cafetería de la calle de Tuxpan a unos cuantos metros de un hospital privado tradicional. Acomodado en mi mesita y leyendo, sentí primero una vibración en el piso, levanté la mirada al techo y lo vi, las lámparas estaban oscilando. Guardé mis cosas en el portafolio y me moví a la puerta. Ahí me di cuenta: los postes, los autos, la gente, el sonido de las estructuras crujiendo. Este era, este era el tercero. Algunos se quedaron en las “zonas de seguridad” en medio de los cruces entre Tuxpan y Tehuantepec, otros en los “marcos” de las puertas. Yo, en medio de la calle, mirando un par de autos chocar, los postes de luz brincar y a la gente con cara de “¿en serio? ¿otro el 19 de septiembre?”.

En algún punto, como a los dos minutos después de que inició, pensé: si esto sigue así, en unos segundos más no habrá para dónde correr, así que ya va a terminar.

Tres minutos, eso dice el sismológico nacional de México que duró este terremoto. Con una magnitud de 7.1 Mw (magnitud de momento, es la escala que se usa en lugar de la de Richter cuando la magnitud del sismo es mayor a 6.9 Richter), aceleró a 1.12 m/s2. Aquí nuestras ecuaciones de secundaria del movimiento rectilíneo uniformemente acelerado sirven para dar una muy grosera aproximación: e(t) = 1/2at+ v0t + e0  (el primer minuto cubrió 2 km de radio, el segundo 8km, el tercero 18km). En 3 minutos el área afectada es de unos 1,000 km2. Tres minutos en la colonia Roma: era claro, la afectación habría cubierto cómodamente los 1,500 km2 de la Ciudad de México y esto sería, matemáticamente, una desgracia.

Cuando terminó le temblor estábamos muy asustados: yo entré por mis cosas, pasé al baño (con la luz de mi celular, porque la energía eléctrica se cortó a los pocos segundos de iniciado el sismo) y volví a salir a la calle.

Ahí empezaron las réplicas.

Los primeros cinco minutos no sabíamos qué hacer, solamente nos alejamos de los olores a gas y localizamos a nuestros seres queridos. Supongo que en las zonas cercanas a los casi 40 derrumbes de la ciudad la gente no se pudo dar el lujo de estos 5 minutos, supongo que unos corrieron por sus vidas, otros se congelaron y otros más corrieron a ayudar. A ninguno, a ninguno, se le puede reclamar.

Pero sí que le podemos reclamar a los malnacidos que usaron esos momentos y las horas que siguieron para asaltar o robar, también le podemos reclamar a los malnacidos que hicieron como si nada pasara y dejaron a sus empleados trabajando hasta que no les quedó de otra. A esos sí que se les puede reclamar.

Como pude me comuniqué. Los celulares funcionaron más o menos bien, mejor los datos que la voz. A diferencia de 1985 en que yo estaba asustado en casa viendo la tele, ahora estuve asustado en el auto recibiendo las fotos de esta desgracia y pensando: “¿en serio? ¿otro el 19 de septiembre?”

En sismología hay tres leyes para modelar los patrones en que se presentan las réplicas después de un temblor fuerte:

  • La ley de Omori intenta modelar el patrón de réplicas de un temblor mayor: la frecuencia de las réplicas disminuye bruscamente por el recíproco de tiempo después del sismo principal. Utsu modificó la ley de Omori y hoy su ecuación es bien aceptada: n(t) = K / (c + t)2
  • La ley de Bath (empírica, por supuesto), nos dice que las réplicas esperadas llegan de 1.2 grados de magnitud por debajo del sismo principal. Para este terremoto llegarán de entre 5.5 y 6.5
  •  Una ley más (Gutenberg-Richter) nos dice cuántas réplicas esperar: N = 10(A-b)M

En el tejido social las réplicas no siguen las leyes sismológicas: aquí las réplicas son incontables, su frecuencia impredecible, su magnitud incalculable y pueden durar por años. Sin importar lo que digan los sismólogos, este 19 de septiembre del 2017 en México vivimos una réplica fuerte del temblor de 1985 y no, no estábamos preparados.

24 horas después y teniendo más clara la magnitud social y económica de esta desgracia, así como la tragedia individual y colectiva no quedó duda: en español solidaridad se dice México.

Me ha tocado escuchar de todo: hay quien cree que no ayudar con las manos muestra falta de humanidad, hay quien piensa que ayudar con las manos cuando ya están las autoridades respondiendo muestra una defensa maniaca (yo ayudo porque yo estoy bien). Yo creo que ayudar es ayudarse y ayudarse es ayudar.

Como sea, la gente está en las calles (ayudando de mejor o peor manera) o en sus casas (haciendo lo mismo) o en sus trabajos (también ayudando). Sin duda otra de las réplicas de este terremoto será la reconstrucción: Ciudad de México, Puebla, Morelos, ¡diablos!

Después vendrán las cuentas, los precios que pagar, las ventajas políticas y mediáticas. Eso no será ayudar, pero serán más de las réplicas.

El cinturón del robot (3 de 3)

Para terminar con el cuento de Yves Dermèze, Kurt, muerto de celos, manda a hacer un cinturón de castidad a Greta, su robot.

EL CINTURÓN DEL ROBOT (parte 3)

5 de junio

Cuando estuve ante el profesor Slater me sentí incómodo. No sabía cómo presentarle el asunto. Acababa de entrar en su despacho hexagonal, en compañía de Greta, vestida con sus dos piezas. Slater se levantó sonriente y vino hacia nosotros.

—Hola Kurt, veo que te has decidido. Créeme; es la mejor solución. Una costumbre no es nefasta en si misma si uno tiene la certeza de poder dominarla. Debes considerarlo desde ese punto de vista. Si después de estos quince días has reemplazado a Greta, no habrá inconvenientes para que vuelvas a llevártela. En cambio, si… ¿Qué diablos es esto?

Maquinalmente, palpaba las formas de Greta. Y yo no podía decir nada; es la costumbre, En el siglo XXI y entre los primitivos, era de buen tono acariciar a los animales domésticos, perros y gatos, de los que subsisten aún unos pocos ejemplares. Y ¿qué es un robot personal, más que una especie de animal doméstico?

Slater acariciaba a Greta, y aunque sentía un violento deseo de golpear su cara enrojecida, no podía hacer nada.

La desgracia era que, al palpar a Greta, acababa de sentir bajo sus dedos el ligero espesor del cinturón. Tuvo el reflejo que cualquiera hubiese tenido con un robot: le levantó la falda.

Cuando vio el corsé defensivo que moldeaba la parte inferior de su espléndido cuerpo emitió un «oh» de estupor, seguido por un largo silbido.

—Pero… —dijo.

Nuevamente me zambullí, desesperado.

—Señor —dije rápidamente—. No crea que una tonta desconfianza me lleva a… Pero lo que pasa es que… Greta está habituada a.… y yo creo…

Yo tartamudeaba. El me miraba, inquieto.

—¿No querrás decir que un robot puede preocuparse por su virtud, Kurt? —preguntó, estupefacto.

Tragué saliva.

—Creo que sí, señor. Todavía no nos hemos habituado al sistema de reacciones atenuadas que se ha puesto a punto últimamente, pero he podido comprobar con frecuencia que Greta, ml robot, puede sentir vergüenza. Por eso hice fabricar este cinturón.

Dudé. Estaba llegando a la parte delicada. Gracias a mi idea maquiavélica, iba a salvar, al mismo tiempo, a Greta y mi tranquilidad durante quince días.

—Señor —continué, extendiéndole una llavecita plana— quiero decirle que esa precaución no fue tomada pensando en usted; la prueba es que le confío de buen grado la única llave de la cerradura.

Le tenía cogido. Si aceptaba la llave, reconocía que deseaba a Greta. Meneó la cabeza varias veces, dejando errar su mirada de mi cara a la llave. Luego empujó mi mano y dijo con calma:

—¿Qué diablos quieres que haga con eso, Kurt? Guárdala.

No parecía estar enfadado. No dejaba de mirarme, exactamente como si yo tuviera un ojo en medio de la frente, como los venusinos.

Finalmente, me señaló un diván.

—Siéntate, hijo.

Había un tono tan paternal en sus palabras, que obedecí. Seguía mirándome y meneando la cabeza. Se rascaba la barbilla, según su tic habitual.

—Entonces, ¿es cierto, Kurt? —preguntó en voz baja—. ¿Verdaderamente estás

enamorado de tu robot?

—¡Ja! —dije sonriendo—. ¿Creía que era una broma?

—No; es evidente que eres sincero. Pero debo confesarte que, hasta ahora, creía que te iba a hacer un favor diferente. Pensaba que querías… desembarazarte de tu robot… o sea…

Yo no comprendía y a él le repugnaba explicarse con más claridad.

—Pero ¿por qué, grandes dioses? —pregunté. Se había sentado cerca de mí y me daba palmaditas cariñosas.

—Quería quitarte tu robot de delante porque suponía que ibas a recibir en tu casa… este… a alguien que… hubiese podido sentir celos.

Todo era cada vez más confuso. No paraba de frotarse la barbilla. Súbitamente se decidió y se inclinó hacia mí.

—Kurt, amigo mío, eres un tipo notable. Sería una pena que un muchacho con tus cualidades se limitara a …

5 de junio. De noche

Entonces, ¡era eso! ¿Estaré bien despierto? El profesor Slater afirma esa cosa insensata, increíble, ilógica: ¡los robots no son más que un sucedáneo!

Hasta aquí el cinturón del robot, es fácil imaginar el resto de la historia…. y tú, ¿amas lo principal o lo sucedáneo?

De amor, esperanza y desesperación (1 de 3)

Dioniso y Perséfone, hijos de Zeus.

Sémele, madre de Dioniso, estando embarazada encontró un trágico final al pedirle a su amante –Zeus- que se mostrase en plenitud (Sémele pensaba que el hombre que veía no era Zeus, el origen de sus dudas fue un chisme de la nefasta Hera, toda una hija del mal). En fin, Zeus se muestra y Sémele muere incinerada; pero antes Hermes, por encargo de Zeus, arranca a Dioniso del vientre de su madre y lo cose al muslo de Zeus para que terminara su gestación. Cuando Dioniso (su nombre significa dos veces nacido) tiene edad baja al inframundo y libera a su madre, a quien se le obsequia el don de permanecer con los dioses, como Tíone (la ardiente) –supongo que era una broma privada entre ella y Zeus-

Hermes no solamente salvó a Dioniso, también fue el encargado de arrebatar de Hades a la joven Perséfone, que el atascado dios raptó y se llevó al inframundo como su amante. La madre de Perséfone, Deméter, era hermana mayor de Zeus así que, bueno, Perséfone es hija del incesto (nada fuera de lo común entre las primeras tres generaciones de dioses griegos).

Dioniso, el alegre dios inspirador de la locura y el éxtasis y Perséfone la diosa de la vida, muerte y resurrección (en esa línea arquetípica están los personajes mitológicos Osiris, Fénix, Odín y otros más a quienes hoy en día igualmente se venera) serán nuestros referentes simbólicos para especular un poquito sobre los dos grandes estados de ánimo: la esperanza y la desesperación.

La esperanza puede ser vista como una virtud (al menos así nos propone que la pensemos Tomás de Aquino), como una actitud, o –como ocurre en la teología cristiana- como un obsequio de Dios a los hombres: del calibre del amor y la fe. La esperanza es la confianza “ciega” en que el amor del otro nos va a salvar, así como Zeus escogió salvar a Dioniso.

La desesperación es algo muy distinto: el desesperado suele sentirse solo, aislado, con miedo y confusión. El desesperado, como Perséfone mientras habitaba el averno, no encuentra una salida a su des-gracia pero, como Perséfone, no está solo y hay quien puede escoger salvarlo.

Sólo hace falta una cosa para que nuestros hijos, hermanos, amigos, pacientes, (todos) podamos mudar la desesperación en esperanza. AMOR. No el amor narcisista, sino el amor del otro. “Todo lo que necesitas es amor” -dirá Lennon-, sólo el amor nos puede liberar -repensando a Fromm-

En la sentencia bíblica (1 cor 13):

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy.
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe;
Es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal;
No se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.
Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.
El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.
Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.

Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es el amor.

¿entiendes?

Diría Kristeva (2004) “Ser psicoanalista es saber que todas las historias acaban hablando de amor

Fantasía y mundo

Tal vez nosotros escribimos nuestras historias (las narrativas históricas pero también nuestras propias teorías del mundo) para dar cohesión y sentido  a lo que ocurre (o pensamos que ocurre) en la masa fáctica (eso que llamamos realidad) y a las fuerzas y efectos que sentimos individualmente (económicos, psicológicos, familiares, etc). Dicen algunos que esta tarea, engranada en la colectividad y también en el individuo, nos arroja la intersubjetividad e historicidad y se sujeta con mayor o menor éxito en el lenguaje.

Nuestra filosofía intenta dar cuenta de los problemas epistemológicos que se derivan de este modo de estar en el mundo; pero dar cuenta de nuestro “estar” y “estar” no son la misma cosa -tal vez esta diferencia fue mejor entendida por Sartre que por Heidegger, quien sabe-

Como sea, la vivencia individual de la brecha entre nuestras teorías personales del mundo, nuestras narrativas y las masas fácticas (eso que llamamos realidad) es, para decirlo simplemente, traumática. Si tenemos suerte enfrentamos el dolor que produce esta vivencia (el dolor de la incertidumbre) imaginando: llenamos los huecos de criaturas y divinidades, les cantamos, les hacemos poesía, las pintamos y las adoramos. (Sin suerte vamos al centro comercial y bebemos).

Pensemos en los cuentos de hadas, ¿acaso no resultan universales, terapéuticos y atemporales? Mitos, cuentos, historias, etc. todo eso se inscribe en nuestras mentes y quedan más o menos disponibles para que intentemos explicar nuestro lugar en el mundo: los “esqueletos en el armario” familiar, las “razones” por las que nombramos a nuestros hijos, las teorías conspiratorias globales, la ciencia cuántica y sus “efectos en el entendimiento de la realidad”, en fin, todo lo que nos “articula” está teñido de soluciones fantásticas a nuestro dolor frente al no saber.

¿Será que el saber que nos queda es un saber otro, singular y novelesco? El hombre es muchas cosas, pero sobre todo es un ser perplejo, confundido e imaginativo. Bienvenido al mundo, hijo de phantaso.

El cinturón del robot (2 de ?)

En la primera entrega del cuento de Yves Dermèze, nuestro protagonista ha reconocido el amor… a su robot.

Continuemos con el cuento

EL CINTURÓN DEL ROBOT (parte 2)

28 de mayo

¡Todo se explica! Ayer por la tarde había retirado el tabique plástico del escritorio para tener más sitio para la audiovisión. Cuando el profesor Slater tomó la palabra, ya había decidido hacerle la pregunta que me preocupa. Debe de haber notado mi turbación, porque se volvió hacia mí. En su pantalla ocupo un lugar en el ángulo derecho de las coordenadas ficticias.

El profesor Slater es un genio muy comprensivo.

—¿Quieres hacerme alguna pregunta, Kurt?

Carraspeé. Me sentía horriblemente incómodo. Me parecía que todos mis condiscípulos me miraban entre risitas; una cosa estúpida, ya que si bien el Maestro nos ve a todos, nosotros sólo lo vemos a él. Sin embargo, reuní todo mi valor y me puse de pie.

—Señor, ¿me autoriza a presentarle a Greta, mi mujer?

Se sorprendió, pero sabe que soy incapaz de bromas fuera de lugar. Se acarició la barbilla, con aire pensativo.

—Con mucho gusto —respondió.

Llamé a Greta. Slater, con aire irritado, interpelaba a mis condiscípulos, a quienes yo no veía.

—No —decía—. Es inútil que insistan, señores. Cuando Kurt haya hecho su pregunta, juzgaremos si es necesario conectar el circuito de visión general.

Greta, a mi lado, se colocó ante el ojo-robot.

—Enhorabuena, Kurt —dijo el profesor, con una sinceridad que agradecí.

Rápidamente, tomé la palabra.

—Señor, he reflexionado mucho sobre su última clase. Los primitivos del siglo xx tenían la nefasta costumbre de vivir «en familia». El hombre y la mujer, como usted nos hizo notar, lejos de habituarse el uno a la otra, llegaban a detestarse, sin poder prescindir el uno de la otra. ¿Es así, o he deformado su pensamiento?

Slater continuaba acariciándose la barbilla. Durante un instante tuve la sensación de que no me escuchaba, sino que estudiaba a Greta, con un brillo en los ojos que no me gustó nada.

—Sí, Kurt, eso es —contestó finalmente—. La mentalidad de esa época es muy difícil de asimilar para nuestros espíritus más cultivados Por lo general, el hombre y la mujer se agriaban. Pero ¿por qué esa pregunta?

Respiré hondo y me zambullí.

—Señor, temo que mi espíritu esté deformado por una costumbre de la que me gustaría liberarme. Creo… sí, creo sinceramente que me he enamorado de Greta, mi mujer-robot aquí presente.

Hubo un silencio, y luego la voz de Slater me interpeló.

—¿Y qué? —decía el Maestro.

Levanté el rostro y miré a la pantalla. Las cejas de Slater parecían dos acentos circunflejos. Sin duda, no había entendido.

—Señor —repetí, pacientemente—, ayer tuve la revelación de que me sería muy doloroso prescindir de Greta. Ante la idea de entregarla a otro, mis dientes rechinan. Temo que el hábito de tenerla aquí haya desarrollado en mi un peligroso complejo de celos. En una palabra, temo haber vuelto a los desagradables sentimientos de los primitivos y de haber rebajado mi potencial personal.

Nunca había visto reír al profesor Slater. O sea que me quedé con la boca abierta cuando lo vi retorcerse en su sillón. Es extraño, pero gracias a su hilaridad descubrí detalles que antes se me habían escapado. Debía comer copiosamente, porque su cara había enrojecido. Tenía una manera muy vulgar de colocar las manos sobre los muslos. En su cuello había un rollo muy desagradable. Ciertamente, no seguía el tratamiento obligatorio de sanidad física.

Por otra parte, fui el único en verlo, ya que, desde la llegada de Greta había colocado los demás receptores en posición de «espera».

—Kurt —dijo finalmente—, hay un enorme malentendido entre nosotros. Yo soy el responsable y lo más posible es que todos los alumnos de la clase se sientan incómodos cuando comento los pocos documentos que escaparon a la Catástrofe de 1993. En nuestra nueva era, tenemos la costumbre de designar a nuestros robots sexuales con los términos de «mi mujer» o «mi hombre». El malentendido viene de ahí.

Yo jadeaba, estupefacto.

—Señor, quiere decir que… — que las mujeres…

—Pero claro, Kurt. En el siglo XX eran totalmente incapaces de fabricar robots con apariencia humana. Los hombres y las mujeres que vivían en común en el siglo xx no eran robots. Eran de carne y hueso, como tú y yo. Además, pienso aclararlo durante el resto de las clases, para evitar malas interpretaciones.

Sentí que me deslizaba a un abismo. ¿Cómo? ¿Semejante bestialidad había sido posible? ¿Hombres y mujeres de carne y hueso? Era una locura. Esa gente, ¿no tenía ninguna noción de lo que es la belleza? El más hermoso de los seres humanos conserva siempre, a pesar de nuestros institutos de sanidad física actuales, algunos defectos de conformación. Nuestros robots son rigurosamente perfectos.

Pero ¡eso no es nada! Imaginemos que yo me acostara con una mujer auténtica —con Helena, por ejemplo—; mañana podría encontrarla en la avenida aérea, o en el laboratorio. ¿Qué cara tendríamos, por los dioses? Yo no osaría mirarla. Tendría presente en todo momento el espectáculo de nuestros amores, y ella… ¡Dios! Ella no lo resistiría y huiría lejos de mí.

Lo inimaginable es que los hombres y las mujeres de antaño hayan podido vivir en común durante años. ¡Años! Yo sé que Greta no es más que un robot. Y evidentemente no se siente ningún embarazo ante un mecanismo, sirva para lo que sirva. ¡Pero ellos! ¡Ellos!

¡Pobre gente!

1º. de junio

¡Ya está! ¡Tenía que suceder! Ahuyentaba ese pensamiento de mi espíritu, pero hubiese sido mejor creer las advertencias de mi subconsciente. Yo había notado esa mirada… ¡Es espantoso!

El profesor Slater me pidió. paternalmente, que le prestara a Greta. Oh, dijo que no la utilizaría. Me explicó largamente que habla llegado el momento de que yo reaccionara. La costumbre terminaría por transformarme en un esclavo de mi mujer… como sucedía a los primitivos. Separarme de ella durante una quincena me curará definitivamente. Slater lo afirma.

Mi desgracia es que sigo viendo constantemente la crisis de hilaridad en la que el profesor me pareció tan vulgar. Pero ¿puedo negarme? Ciertamente no; sería el hazmerreír de todos.

2 de junio

Greta se marchó esta mañana. Cuando le dije, por primera vez en muchos meses, «vístete», creí ver una especie de asombro en su mirada. Por supuesto, es imposible; esos matices no han sido previstos por los fabricantes.

Me obedeció dócilmente. Recordé que la última vez que le había dado esa orden había sido cinco meses antes, para una función de gala de la SGB. Había querido llevarla a esa función. Por supuesto, se había comportado como todos los robots, de forma impecable. Yo, en cambio, me habla emborrachado, y cuando volvimos, tuvo que desvestirme y acostarme.

¿Por qué? Estoy seguro de que no le di la orden de hacerlo. Estaba incapacitado para decirle «acuéstame». Completamente inconsciente. Alguien debió sugerírselo. Lo extraño es que, como Greta está sintonizada en mi frecuencia, no tendría que obedecer a nadie más que a mí… Sí, ahora que lo pienso, fue extraño. Tendré que aclarar ese punto.

Por lo tanto, dije a Greta: «vístete». Me obedeció en seguida. Se puso su corta camisa color paja y su falda naranja. Los robots se conforman con ese «dos piezas», que no sería suficiente para ninguna mujer de carne y hueso.

Dios sabe que nunca la he castigado; sería una estupidez por mi parte. No soy como esos pilotos que cogen un martillo y golpean las turbinas cuando el motor no funciona bien. Sin embargo, mientras se vestía, Greta me miraba con una sonrisa dolorida. Esa sonrisa fue un bálsamo para mi corazón.

Aunque los especialistas en cibernética son capaces de poner a punto un cerebro emotivo, capaz de traducir físicamente los sentimientos humanos, se han guardado muy bien de meter un cerebro así dentro de nuestros robots sexuales. ¿Qué sucedería si Greta y los demás reaccionaran ante nuestras órdenes enfurruñándose, diciendo palabras amargas, discutiendo?

Sin embargo, los «sexuales perfeccionados» —quiero decir los modelos más nuevos, como Greta— tienen un sistema de reacciones atenuadas, cuyo funcionamiento no comprendo muy bien, pero que puedo explicar así: cuando un hombre se enfada, un robot pone mala cara.

En suma, para adivinar hasta qué punto Greta se siente afectada por este cambio de propietario, debo multiplicar por diez su testimonio físico. ¡Y sonríe tristemente! Si tuviera corazón, diría que su corazón ha sido destrozado.

Se estaba poniendo su camisa cuando le pregunté:

—¿Estás descontenta?

—Oh, sí —respondió simplemente.

—No nos separaremos por más de una quincena. Y tampoco es para lo que tú crees: el profesor Slater no te tocará.

No respondió. Por otra parte, no tenía por qué responder; yo había hecho una afirmación. Como un tonto, añadí:

—¿Te resultaría desagradable vivir con Slater?

—No —contestó ella.

Su mirada había vuelto a ser mecánica; es la que conserva mientras no le hablo. Pero yo acababa de hablarle. Entonces, había algo que falseaba el funcionamiento de ese maravilloso mecanismo. Y ese «algo» no podía ser más que el sistema de reacciones atenuadas. Greta se sentía descontenta y, sin embargo, aceptaba, sin que le resultara desagradable, el hecho de vivir con Slater, a quien no conocía más que por haberle visto unos minutos en la pantalla. No pude sacar más que una conclusión: el sistema de reacciones atenuadas se había aficionado a mí, tal como yo me había aficionado a Greta. Sufría porque me dejaba, no porque iba a vivir con Slater.

Me sentí profundamente feliz. La tomé en mis brazos, olvidando el rechazador automático. Los robots, cuando están vestidos, se liberan automáticamente de un abrazo, a fin de proteger sus ropas. Me rechazó un poco rudamente y su gesto me lanzó contra la pared, sorprendido, primero; comprensivo, después.

—Querida Greta —dije—. Tengo una idea excelente. Estos quince días pasarán muy rápido, ya lo verás. Pero para estar seguro de que el profesor no se distraerá, voy a…

Callé; era tonto explicarle mis intenciones. No las comprendería.

—Espérame ahí —dije.

Ella se inmovilizó. Pasé por el tabique y llamé a Thomas, por el audiovisual. Es uno de mis mejores amigos, un joven ingeniero de talento, siempre listo para ayudar a los amigos. Su cara y su boca enorme me sonrieron desde la pantalla.

—¿Cómo estás, mi querido Kurt?

—Thomas, viejo amigo, necesito que me hagas un favor.

—Te escucho, hermano. ¿De qué se trata?

A disgusto, le narré mi historia. No había dudas de que estaba enamorado de mi robot, Greta, y de que ésta se habla enamorado de mí. Científicamente, ¿era posible?

Él no se sorprendió, como yo esperaba.

—¿Y por qué no? —preguntó tranquilamente—. A priori, no veo ninguna razón para que un cerebro electrónico no adopte «hábitos de pensamiento», buenos o malos. Sobre todo, porque, con estos endiablados sistemas de reacción atenuados, el funcionamiento de un robot se parece curiosamente al comportamiento humano.

—Bueno. Pero ¿por qué Greta y yo, y no otras personas?

Thomas rio a carcajadas.

—Vas demasiado lejos, hermano. ¿Acaso crees que eres el primero que ha descubierto eso? Yo mismo, mi querido Kurt, me sentiría muy descontento si me privaran de los servicios de mi Carol. Pienso que los humanos del año 2312 estamos todos en las mismas. Más o menos, claro. ¿Y qué tiene de malo, mientras conservemos una autoridad soberana sobre nuestros robots?

Hubo un silencio. La afirmación de Thomas me tranquilizó un poco, aunque su «más o menos» me hizo suponer que yo estaba en el límite extremo de la categoría «más».

—¿Y qué tengo que ver yo con todo eso? —me preguntó luego.

No tenía más remedio que decirle la verdad, y lo hice. Silbó suavemente.

—Slater… el profesor Slater, ¿eh? —dijo a media voz.

—Oh –dije yo, esforzándome por mantener la calma—, es un hombre digno de confianza. Si dice que…

—Entonces, ¿he comprendido mal lo que querías pedirme?

Una gota de sudor brilló sobre mi frente y se estrelló contra el suelo de vidrio. Me sentía atrozmente avergonzado.

—¿Qué creías… haber adivinado? —dije, en voz baja.

—Espera un momento —gruñó él.

Desapareció. Vi pasar sobre la pantalla unas rayas blancas horizontales y luego reapareció. Acababa de asegurarse de que nadie escuchaba nuestra conversación.

—Discúlpame, amigo. Sabes que me estoy jugando mi empleo. Y me pareciste tan raro… Hablemos claro: ¿quieres un cinturón?

¿Cómo lo había adivinado? Ante mi estupor, frunció el ceño y golpeó el suelo con el pie.

—No seas tonto, Kurt. De un momento a otro, alguien puede conectarse con nuestra conversación. Sí o no, ¿quieres un cinturón para Greta?

—Sí —contesté yo—. Claro que sí. Pero… ¿cómo…?

Su respuesta desdeñosa me abrumó.

—¿Acaso crees que eres el único celoso del planeta? Esta semana hice tres cinturones. A los otros, les cobré cincuenta barans. Para ti, serán diez; el precio de coste. Pero necesito a tu robot frente a la pantalla, para tomar algunas medidas.

—En seguida —balbuceé.

Estaba tan aturdido que me golpeé contra el tabique, que había olvidado ablandar. Después de rectificarlo, lo atravesé, frotándome la frente. Thomas había dicho: «Hice tres esta semana». ¡De modo que había más hombres celosos de sus robots! Otras personas habían tomado esta precaución, que yo consideraba de otros tiempos…

Greta estaba allí, inmóvil.

—Ven —le dije.

Me siguió hasta la pantalla y se quitó la ropa cuando se lo indiqué. Thomas ni siquiera la miró; habla traído un aparato con largos brazos, provisto de múltiples objetivos, que dominaba una masa informe de material plástico.

—Dile que no se mueva —ordenó.

Repetí la orden. Greta quedó inmóvil. En la pantalla los largos brazos se agitaron y los objetivos giraron. Unos segundos después el material plástico tomó una forma que yo conocía bien: las caderas y los muslos de Greta.

—Ya está —dijo Thomas. Rápidamente, añadió:

—Es un repetidor ultramoderno, que ha sido inventado para otras cosas. Por eso, prefiero que no se enteren; no tengo derecho a utilizarlo. Esta noche tendrás el cinturón. ¿Sabes cómo funcionan esos chismes?

Yo no tenía la menor idea. Traté, rápidamente, de imaginar el aparato.

—Supongo —dije, agitando las manos como para asir una forma delicada— que el sistema de apertura estará sintonizado con mi longitud de onda personal y que…

—Ni lo pienses —gruñó Thomas—. No tengo el equipo necesario para hacer cosas tan complicadas, Kurt. Lo único que puedo garantizar es que el cinturón, de material plástico flexible, es totalmente inviolable. ¡Ja, ja, ja!

Reía como un imbécil, con la cabeza echada hacia atrás.

—Sí, sí —dije— Pero ¿cómo se abre?

—Con una llave. Como en los tiempos antiguos. Una cerradura minúscula en la espalda y una llave plana de combinaciones múltiples. ¿De acuerdo? Por otra parte, si eso no te sirve, lo siento. No puedo hacer otra cosa.

Sonreí como un idiota. La visión de esa «llave» de otras épocas que se adaptaba a una «cerradura», como las que utilizaban nuestros antepasados anteriores al año 2000, era ridícula. Pero, como decía Thomas, no se podía hacer otra cosa. Fueran las que fuesen las intenciones del profesor Slater, el cinturón protegería a Greta. Era lo único que me interesaba. No sé cómo reaccionaban los primitivos del siglo xx, pero, por mi parte, podía permitirle todo a Slater… todo, menos lo esencial.

—Es perfecto —dije a Thomas—. Pero, una sola llave, ¿eh?

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Se encogió de hombros y se volvió de espaldas.

—Si crees que tu robot me interesa… —gruñó, despreciativo antes de cortar el contacto.

El cinturón del robot (1 de 3?)

Yves Dermèze fue de esas personas brillantes que no tiene página en Wikipedia. Hay literalmente miles de páginas insulsas en Wikipedia y no hay una para Dermèze… en fin.

La producción del francés incluye un cuento corto de (1955-58) titulado “El cinturón del robot” (La ceinture du robot); en este cuento el protagonista, Kurt, se las ve difíciles cuando toca “compartir su propiedad”. En el camino Kurt recibe más de lo que imaginó y Dermèze nos enseña una o dos cosas acerca de la posmodernidad.

Reproduzco el cuento tal y como lo recopiló Daniel Phi

Por motivos del medio (es un blog), dividiré el cuento en unas 4 o 5 partes.

¡Diviértanse!

EL CINTURÓN DEL ROBOT

19 de mayo de 2312

Uno se pregunta cómo nuestros pobres antepasados del siglo XX podían vivir «en familia» Acabo de visionar mi sexto curso de historia moderna y contemporánea… Es impresionante.

Que hayan vivido en habitaciones de piedra u hormigón, ignorando los materiales plásticos deformables que utilizamos ahora… puede pasar. Que se trasladaran en «autos», por «carreteras» recubiertas con esa pasta negra que actualmente se reserva a las tinajas de las fábricas especializadas en la germinación artificial, lo acepto. Pero… que hayan pasado sus mediocres existencias en familia…

A primera vista, no se comprende bien esa expresión. El profesor Slater nos la explicó detalladamente en la audiovisión. Se toma una casa de tres, cuatro, cinco cuartos… (las viviendas, hace cuatro siglos, estaban divididas en cuartos inamovibles. ¡Qué incómodo debía ser! Es asombroso que nuestros antepasados no hayan inventado nuestro plástico móvil, que se endurece o se ablanda instantáneamente).

En esas tres, cuatro o cinco piezas, se amontonan un hombre, una mujer y sus hijos… dos, cuatro, doce, a veces. Digo bien: doce. Hay documentos que escaparon a la Gran Catástrofe de 1993 y muestran malas «fotografías» de algunos reproductores premiados. ¡Así estaban las cosas!

Pero me estoy yendo por las ramas. Un hombre, una mujer, sus hijos. Está casi comprobado que los niños nacidos fuera de su vida en común no eran admitidos en el «hogar». Eso nos deja totalmente perplejos. Que la madre amamante a las crías es un rasgo común a todas las razas animales poco evolucionadas, aunque generalmente los abandonan en cuanto pueden cuidarse de sí mismos. En cambio, la mujer del siglo xx parece haberse negado siempre a abandonar a sus hijos cuando crecían. Uno se pregunta por qué.

Sea por las razones que sea, esa costumbre familiar explica muchas cosas, según el profesor Slater: el hombre y la mujer pasaban, con bastante rapidez, del amor a la resignación, la nerviosidad y el odio. El equilibrio moral se rompía, los cerebros se volvían irascibles, las querellas nacidas en el interior del «hogar» se extendían a las familias vecinas y luego crecían, hasta abarcar naciones enteras. Slater supone que la mayor parte de las guerras de otros tiempos (desgraciadamente no conoceremos nunca su ex-tensión ni sus causas, ya que todos los documentos se perdieron) se debían en gran parte, a esa «vida familiar» casi animal.

Había llegado a ese punto de mis reflexiones cuando Greta asomó la cabeza a través del tabique. Verdaderamente, la necesitaba. Me resultaba doloroso pensar en esos antepasados que, como el zorro en su cubil, no disfrutaban de un solo momento de verdadera tranquilidad y perdían en sus disputas tontas las pocas horas de que podían disponer después de su espantosa lucha por la vida.

Cuando Greta atravesó la pared obedeciendo a mi invitación, le sonreí. Ella sonrió inmediatamente con sus ojos azules y sus labios rojos y yo sabía, gracias a Dios, que ningún rencor, ninguna segunda intención podían ocultarse tras esa sonrisa.

Nunca lo había pensado antes, pero nuestras mujeres son, quizá, la mejor conquista de nuestra supercivilización.

21 de mayo

¡Absolutamente inimaginable! Estoy trastornado. El profesor Slater ha logrado reconstruir unos fragmentos de esos «periódicos» impresos que leían nuestros antepasados. Allí supimos que legalmente, una mujer —o un hombre— no tenían derecho a entregarse más que a su legítimo dueño, ¡ni aunque este último estuviera de acuerdo!

Mejor aún: en esos casos, la ley aseguraba severos castigos al hombre y a la mujer. Parecería, asimismo, que algunos precursores que poseían un ganado femenino y alquilaban sus servicios a sus semejantes (en suma, algo muy parecido a nuestra organización actual) ¡padecieron los rigores de una sociedad primitiva!

Pero ¿dónde terminaríamos si actuásemos de esa forma? Un ejemplo: Greta está aquí, cerca de mí, mientras confío mis pensamientos al magnetófono. Espera que le dé alguna orden, que le indique una tarea. Sin embargo, no la necesito para nada, ya que estoy registrando estas reflexiones. Por lo tanto, si le dijera que fuese a casa de Svan, mi vecino, y se ofreciese a él, yo sería culpable ante la ley de ellos. ¡Pero es una locura! ¿Por qué? ¿Por qué razón esos atrasados del siglo xx hubieran condenado a Greta a permanecer inactiva cuando yo no la necesito? Y si Nel, el hombre de esa Helena que trabaja conmigo en el laboratorio, tomara en sus brazos a una mujer que no fuera Helena. ¿le condenarían? Es insensato. El profesor Slater sugiere también que, en ese caso, se condenaría a Helena, por su complicidad, pero no se molestaría a la otra mujer. Tengo ganas de gritar. Prefiero pensar que Slater se ha equivocado.

Él intentó explicar que el egoísmo de los seres primitivos justifica ese comportamiento. Es evidente. Si miro a Greta, de pie a mi lado, no puedo comprenderlo…, pero yo no soy primitivo. Si acaricio el muslo de Greta que, por supuesto está desnuda, la caricia es muy agradable. Pero ¿por qué tendría que sentir despecho si otro hiciese lo mismo?

—Siéntate —digo a Greta.

—Sí, Kurt.

¿Por qué no le pregunto qué está pasando? La idea no es mala. Podría hacer una investigación entre los hombres y las mujeres que conozco y llevar mis notas al profesor Slater. Seguramente le interesarían.

Estudio a Greta, sentada y encantadora. Sus cabellos cobrizos cubren su espalda y su sonrisa es exactamente la sonrisa afectuosa que debe mostrar.

—No —le digo dulcemente—. En este momento estoy trabajando.

El matiz afectuoso desaparece, pero la sonrisa subsiste. Greta es una mujer perfecta. En el fondo creo… sí, lo creo, que «tuve suerte». Que se me perdone la expresión. Pero si comparo a Greta con Rosy, la mujer de Svan, o con Nel, el hombre de Helena, debo reconocer que es superior a ellos. Tiene un no sé qué que me emociona profundamente. Sin duda, es el recuerdo de las horas en común. El profesor Slater tocó ese tema en una clase, el año pasado. Me he habituado a mi mujer. Por un lado, eso me molesta; el hábito es una forma de senilidad precoz. Quizá conviniera que Greta se tiñera los cabellos. ¿De rojo? ¿De negro? No; de negro no. No me gustaría una Greta morena.

—¿Greta?

—¿Kurt?

Estoy muy pensativo. Hay algo que no termina de ponerse en marcha dentro de mí, un mecanismo de reflexión que conozco. Viene del inconsciente y, más o menos rápidamente, sube, hasta flotar entre las ideas conscientes. Hasta este momento no sé en qué estoy pensando, pero lo sabré dentro de un instante.

Me levanto y rodeo con el brazo los hombros de Greta.

—Querida, hace mucho tiempo había una ley humana, concebida de manera tal que las mujeres… No, me estoy explicando mal. En otros tiempos, los hombres, que eran muy primitivos, no podían tolerar que sus mujeres se entregaran a otro. Su orgullo se rebelaba ante esa idea. ¿Entiendes eso?

—Lo entiendo —respondió Greta sin dejar de sonreír.

—Y ¿sabes por qué se comportaban así?

Ella hizo un mohín.

Por supuesto. ¿Cómo podría saberlo? Soy un estúpido. Mi pregunta estuvo mal hecha. No puedo obtener una respuesta más que hablando de las cosas que Greta sabe.

—Bueno, Greta; escúchame. Si te dijera que te levantaras, fueras a casa de nuestro vecino Svan y te entregaras a él, ¿qué harías?

Ella se pone de pie y va hacia el tabique. Apenas tengo tiempo de detenerla.

—¡Deténte, Greta! He dicho simplemente «Si te dijera.»

—Te había oído mal.

Eso me deja perplejo. Es la primera vez que reacciona de esa forma.

—Veamos: ¿habrías ido?

—Claro que sí, Kurt.

—¿Hubieses sufrido? —pregunto, lentamente.

Hay un abismo de incomprensión en su mirada.

—¿Sufrir? ¿Por qué?

Sí, claro. La respuesta no podría haber sido diferente. Y sin embargo… sí; sin embargo, esa respuesta me oprime el corazón.

—Siéntate —le digo.

Nervioso, con el ceño fruncido, vuelvo a mi asiento automático. Siento que me vuelvo loco. «Sufrir… —¿por qué?», dijo Greta. No podía responder otra cosa. ¡Pero soy yo, Kurt, quien sufre! ¡Esa visión de Greta en brazos de Svan…! Svan, a quien tres trasplantes sucesivos no han permitido igualar la altura de sus hombros! ¡Svan, que, desde su nacimiento, y a pesar de todo lo que le han hecho, tendrá siempre el hombro izquierdo atrofiado! ¡Greta, en los brazos de un inválido! Oh, sé muy bien que, en otros tiempos, la humanidad estaba llena de jorobados, cojos y deformes, y que la invalidez de Svan es teórica. No importa: la clavícula de su hombro izquierdo mide dos centímetros menos que la del derecho. Greta, ¿en el lecho de ese monstruo?

Me apercibo de que mi respiración es agitada.

Es una locura. Debo tener fiebre. Me esfuerzo por razonar con sensatez. En primer lugar, Svan no parece deforme. Lo es, y yo lo sé porque asistí a su operación, pero, para ser franco, soy uno de los pocos que lo saben. Físicamente no tiene nada de repugnante.

La certeza se me impone: mi reacción no proviene de la personalidad de Svan. Además, basta con que trate de imaginar a Greta en los brazos de otro hombre… sea quien sea, sí; ¡sea quien sea! Mis dientes rechinan.

Es una locura. He aquí, diría el profesor Slater, dónde nos puede llevar una costumbre. Estoy celoso de Greta. Yo, Kurt, estoy celoso. Yo, que no soy un hombre primitivo. Y, ¿qué es Greta, me pregunto? Un robot, nada más. Un robot, como la mujer de Svan, como el hombre de Helena. Yo, Kurt, a los veintidós años, por la fuerza de la costumbre, ¡me he enamorado de un robot!

Por una recuperación del hombre (3 de ?)

Continuando con las entregas acerca de la recuperación del hombre: antes señalé que recuperar al hombre de la pila de objetos e ideas que evacuan la ciencia y la tecnología podría ser una digna política de la verdad.

También he señalado dos problemáticas globales que parece arrojar a las humanidades a un proceso “irreversible” de trivialización: (1) la nueva imagen del hombre, basada en un reconocimiento irrestricto de de la ciencia positiva. (2) la aceptación de la “muerte de la filosofía” y la sustitución de todo proyecto filosófico por una filosofía naturalizada.

Una tercera problemática global es “el final del arte“, semejante al problema de “la muerte de la filosofía”, veamos:

Hace unos días discutí con una querida amiga las ideas de Arthur Danto sobre el final del arte. El filósofo, considerando In Advance of the Broken Arm, de Duchamp, señala que, pese a su aceptación como obra de arte, no dejaba de ser una pala de nieve bastante corriente.

En 1964 Duchamp presentó, básicamente, una pala de nieve colgada del techo de su estudio. El nombre de la composición quizás se refiera a la posibilidad de caerse paleando la nieve y, tal vez, romperse el brazo.

Duchamp dijo que un objeto ordinario podría “elevarse a la dignidad de obra de arte por el simple acto de voluntad del artista”. Danto señala que esta y otras perspectivas acerca de lo que es arte son problemáticas y que nos han llevado al “final del arte”.

Tal vez el arte no ha muerto, pero a mi me parece que las condiciones del arte y el negocio del arte se suman a la nueva imagen del hombre para reforzar el sentimiento de pérdida que hoy vivimos.


Regresando a Danto, él arguye en contra del entendimiento actual del arte:

Cuando no importa la finalidad del arte y solamente importa la expresión, preguntarse sobre el futuro del arte deja de ser relevante porque en la lógica de la pura expresión el arte no tiene futuro. El filósofo señala que la pregunta por el futuro del arte es claramente anti-relativista en la medida en que supone de algún modo la existencia de una historia lineal.

Hablar del futuro del arte tiene profundas implicaciones filosóficas, ya que para esta cuestión se requiere una conexión interna entre el modo en que definimos el arte y el modo en que concebimos la historia del arte. Sólo podemos plantearnos que el arte tiene una historia que responde al modelo progresivo si concebimos el arte como representación. Si, por el contrario, lo concebimos como mera expresión, o como la comunicación de sentimientos, tal como hacen muchos, entonces no hay historia y no tendrá sentido plantearse la cuestión del fin del arte. Danto concluye este punto señalando que el hecho de que los artistas expresen sentimientos no deja de ser más que un hecho, y no puede ser la esencia del arte si es que el arte tiene una historia del tipo que se deduce cuando nos preguntamos sobre la finalidad del arte.

De este modo, Danto critica a la teoría expresiva del arte y señala que su éxito es al mismo tiempo su fracaso: su éxito consistió en que fue capaz de explicar el arte de manera uniforme —es decir, como la expresión de los sentimientos; su fracaso, en que sólo tenía un modo de explicar todo el arte.

Eliminar -como lo hacemos hoy- la historia del arte tiene consecuencias ya que cancela la pregunta sobre el futuro del arte.

Por otro lado, hay quienes señalan que la finalidad del arte es darnos la respuesta a la pregunta ¿qué es el arte? Danto señala que esta pregunta no es pertinente en el campo del arte, porque es una pregunta filosófica: cuando la finalidad del arte es descubrir qué es el arte, estamos haciendo filosofía y el arte llega a su fin.

Danto critica a aquellos –artistas y gente del medio- que señalan que el único objetivo posible para el artista –para el arte- es llegar a contestar qué es el arte y señala que esta idea, en la que se supone que el arte se aproxima progresivamente a ese tipo de cognición, traiciona al arte. Además, continúa Danto, otro problema de esta idea es que si se logra entender qué es el arte, entonces el arte deja de ser necesario. Danto piensa que señalar que el objetivo del arte es conocer qué es el arte lo coloca como un estadio transitorio en el advenimiento de cierto tipo de sabiduría, que es una perspectiva filosófica del arte.

Danto afirma que existe una conexión interna entre la naturaleza y la historia del arte: si la historia del arte se termina con el advenimiento de la auto-consciencia, o mejor, del autoconocimiento (que es una idea hegeliana), entonces asistimos al final de la historia del arte y del final del arte mismo, es decir: cuando el arte es sólo expresión y su progreso solamente tiene sentido en cuanto que nos permite conocer qué es el arte, el arte ha llegado a su fin.

Finalmente, Danto observa que desde hace algunos años el arte se redujo a configurar un periodo y no a crear una obra.

Si pensamos en la asombrosa sucesión de movimientos artísticos en nuestro siglo: el fauvismo, los cubismos, el futurismo, el vorticismo, el sincronismo, el arte abstracto, el surrealismo, dadaísmo, el expresionismo, el expresionismo abstracto, el pop, el pop-art, el minimalismo, el post-minimalismo, el arte conceptual, el realismo fotográfico, el realismo abstracto, el neoexpresionismo —por citar sólo los más familiares, podremos observar que en esta sucesión vertiginosa de movimientos de vida corta, los imperativos del arte eran en realidad imperativos históricos: había que configurar un periodo histórico-artístico y el éxito consistía en producir una innovación aceptada: si lo lograbas, tenías el monopolio para producir obras que nadie podía producir, ya que nadie había configurado el periodo con el que tú y quizá unos pocos colaboradores serían identificados en adelante (Danto señala cómo el fauvismo duró aproximadamente dos años y que hubo un momento en que cada nuevo periodo de la historia del arte parecía destinado a durar cinco meses o incluso menos.)


En resumen, y esto es importante:

  • Cuando puedes ser un artista abstracto por la mañana, un realista fotográfico por la tarde y un minimalista mínimo por la noche; o puedes recortar muñecas de papel, o hacer lo que te dé la real gana, entonces ha llegado la era del pluralismo, es decir, ya no importa lo que hagas: cuando una dirección es tan buena como cualquier otra, el concepto de «dirección» deja de tener sentido.
  • La decoración, la auto-expresión y el entretenimiento son, obviamente, necesidades humanas perdurables y ahí el arte siempre tendrá un papel que desempeñar si los artistas así lo desean, es decir: la libertad del arte acaba en su propia realización y es posible, siempre, disponer de un arte servil.
  • Danto señala que las instituciones del mundo del arte (galerías, coleccionistas, exposiciones, publicaciones periódicas), que han predicado y señalado lo nuevo a lo largo de la historia, se marchitarán poco a poco.

¿si ves la diferencia?

Por una recuperación del hombre (2 de 4?)

En la primera entrega de esta serie propuse que recuperar al hombre de la pila de objetos e ideas que evacuan la ciencia y la tecnología podría ser una digna política de la verdad, que ocupe a todo esfuerzo humanista meritorio. También señalé que esta no será tarea fácil, ya que las condiciones culturales no parecen estar “de nuestro lado”. En esta entrega centro mi atención en dos ideas principales: (1) la ciencia parece imponer la agenda humanística y (2) la imagen del hombre resultado de la ciencia y de la filosofía “naturalizada”, parecen asistir a los científicos a declarar “la muerte de la filosofía”. 

LA NUEVA IMAGEN DEL HOMBRE

Sin duda la ciencia discretamente recuperó los grandes temas de los que hace unos cuantos siglos solamente se ocupaba la filosofía, de modo que aparecieron preguntas verdaderamente importantes en publicaciones científicas: ¿cómo es posible la conciencia?, ¿cómo emerge desde la actividad neuronal del cerebro?, ¿cómo se da el salto desde los elementos objetivos de nuestra biología hacia nuestro mundo privado de seres pensantes?, ¿qué tanto puede hacer nuestra mente?, ¿por qué evolucionó la mente en ciertas especies y no en otras?Algunos filósofos –principalmente de tradición analítica- pensaron que era necesario rearmar nuestra idea de pensamiento a partir del nuevo conocimiento aportado por la ciencia y, así, colaboraron en la popularización de las viejas tradiciones de “eliminación” (todo puede reducirse a lo estrictamente físico) y “naturalización” (el pensamiento humanista debe anclarse en lo empírico y lo que es objeto de la ciencia), que han puesto su granito de arena en el “negocio” del desmantelamiento de las humanidades. Otros, siguiendo los modelos metateóricos de la ciencia y la algorítmica matemática y computacional, replantearon el papel del pensamiento y la palabra.

Sellars (1956), por ejemplo, presentó un caso contra los estados mentales intencionales según el cual nuestros conceptos de intencionalidad y de estados mentales intencionales, se derivan de elementos lingüísticos. El filósofo no se refería a la naturaleza del pensamiento, sino que hablaba de los conceptos usados para entender nuestro pensamiento y el de los demás. Sellars pensaba que el vocabulario para referirnos a nuestro pensamiento no tiene nada que ver con la forma en que pensamos: de este modo, que uno diga que p no quiere decir que uno exprese que t, donde t es un pensamiento acerca de p. Para Sellars el lenguaje es anterior al pensamiento en términos del conocimiento, aunque el pensamiento sea anterior al lenguaje en el orden del ser. Esta idea resulta familiar para los psicoanalistas. Lacan, por ejemplo, decía: “Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en mi libro que “aquello a lo que nos lleva el descubrimiento de Freud es a la enormidad del orden en el que hemos entrado, en el que hemos, si así se puede expresar, nacido una segunda vez, saliendo del estado llamado propiamente infans, sin palabras.” (Lacan, 1974, entrevistado por E. Grazzotto)

Rorty (1965, 1970), leyendo a Sellars, señaló que las sensaciones y otros estados mentales intencionales similares son inexistentes, que lo único que existe son los procesos cerebrales, y en este caldo conceptual Quine (1969) propuso reemplazar a la epistemología por una psicología descriptiva y nadie pareció demasiado sorprendido. El “proyecto de naturalización” que fundó Quine prescribe que el pensamiento de los filósofos debe partir de conceptos admisibles por las ciencias empíricas.

Estas ideas llevaron a postular un materialismo eliminativista, según el cual el entendimiento de la mente que nos da el sentido común es falso y muchas de las clases de estados mentales en los que cree la mayoría de la gente no existen (la psicología folk). Paul Churchland (1981) no tuvo empacho en señalar que tanto los principios como la ontología de la psicología folk pronto serían despachados por las neurociencias. (es divertido notar lo similar que resulta el discurso actual de algunos psicoanalistas al discurso de los filósofos de la mente y del lenguaje de hace más de cuarenta años)

Sellars (1962) con su célebre frase enredada propuso que el objetivo de la filosofía es: “entender cómo las cosas (en el más amplio sentido del término), se relacionan (en el más amplio sentido del término). Para el filósofo hay una diferencia importante entre saber cómo hacer algo y saber algo: un pato no sabe nadar en el sentido de que no sabe que el agua los soporta.

Saber algo, señala Sellars, es lo que distingue a los hombres y la tarea de la filosofía es ocuparse de las investigaciones relativas con el “saber algo” del hombre, a lo que él llamó investigaciones de orden superior. Sellars señala bien que el desarrollo de la ciencia ha producido una explosión de especialidades, cada una con sus propios programas de investigación y dominios de objetos. Es por esto que la filosofía es importante, ya que permite mantener el “ojo en el todo”; explicar, de algún modo, al conjunto de los objetos científicos.

Desde aquí, el filósofo sugirió privilegiar a la filosofía de la ciencia. La tarea de la filosofía, señala Sellars, le ha permitido identificar dos imágenes del hombre en el mundo que parecen enfrentadas:

  • una proviene de la ciencia y la otra, que él denomina manifiesta, es el añejo marco de referencia que le permitió al hombre empezarse a preguntar por el mundo. Los objetos de la imagen manifiesta son las personas y las cosas, mientras que los objetos de la imagen científica son los objetos de las teorías científicas (las partículas elementales, los campos, las interacciones subatómicas, etc.)

El autor se pregunta, ¿cuál es la imagen verdadera del hombre en el mundo?, él arguye –medio kantianamente- que los objetos manifiestos (las cosas y el hombre) son simplemente apariencias a la mente del hombre de una realidad que es, fundamentalmente, la que podrá elucidar la ciencia. Aún más, Sellars señala que las contrapartes teóricas de todas las características de la imagen manifiesta son igualmente irreales. La filosofía puede considerar al hombre de la imagen manifiesta, pero solo en su capacidad de científico.Si bien el trabajo de Sellars, Quine y Rorty es brillante y muy valioso, la imagen de hombre que nos invitan a considerar nos ofrece un mundo de objetos investigados por la ciencia que, provisionalmente, constituyen apariencias manifiestas para la mente y la cultura. La tarea de la filosofía es estudiar estas apariencias como si fueran reales, pero sin perder de vista que la verdad de lo real eventualmente será desvelada por la ciencia.

El hombre de la ciencia y de la filosofía naturalizada, está determinado por su ontogénesis y matizado por su crianza, vive en un mundo por descubrirse y manipularse con las herramientas conceptuales que le da la ciencia. Aspectos como la ética, el bien común y la vida buena tendrán cabida solo en la medida en que sean objeto de la empresa científica. En estas condiciones las humanidades se encuentran en un proceso irreversible de trivialización y su única tarea legítima es la investigación historiográfica de las ideas.

Así las cosas, asistimos, en palabras de Stephen Hawking a la “muerte de la filosofía” (En The Grand design, un libro de “divulgación” que el físico escribió junto a otro compañero, que también es guionista de Star Treck).

En las siguientes entregas revisaremos el Round 2 (acerca del arte contemporáneo), el Round 3 (acerca del mass media) y el Round 4 (la sociedad de la información). Como lo veo, este asunto me va a tomar más entregas de las planeadas, ni modo.