Salome: narcisismo y muerte

En su novela Gaspar, Melchor y Baltazar (Edhasa 1996), Michel Tournier presenta un relato que resume en El crepúsculo de las máscaras en donde, a propósito de lo que él llamó iconofilia, nos cuenta la siguiente historia: 
Desde su juventud, el rey Baltasar es un aficionado a los objetos de arte. De los zocos de su ciudad trae a casa el retrato de una doncella que cuelga encima de su cama. Un día llega su padre y le dice que, por ser el heredero, convendría que se casara. ¿Ha pensado ya en una muchacha? A Baltasar le coge desprevenido y señala el retrato. Pero cuando su padre le pregunta quién es, se ve obligado a confesar su ignorancia. Su padre se encoge de hombros y se dirige hasta la puerta. Luego se para, retrocede y le pide a su hijo que le confíe el retrato.

Provisto de ese único documento, encarga a la policía que busque a la chica retratada. Acaban por identificarla. Es la hija menor de un lejano hidalgo. Entablan tratos y unos meses más tarde los dos chicos están casados. La vida sigue su curso, pero desgraciadamente cuanto mayor se hace la esposa de Baltasar, más se aleja del retrato querido. Y Baltasar siente cómo va decayendo su amor por su esposa. Porque tal es su aberración que primero quiere a su imagen y luego al modelo, cuando suele ser lo contrario lo que ocurre. Y esta aberración es la que yo había llamado iconofilia.
Tournier creyó que la iconofilia (a la que él llama una nueva perversión) era algo nuevo e interesante para pensar pero –dice- después se dio cuenta de que no fue su invento y que reinaba desde hacía muchísimo tiempo sobre la humanidad: “Querer una imagen, querer identificarse con ella o por lo menos parecerse a ella, o también, para quererla, buscar a una persona que se parezca a esta imagen ¿no es lo que los hombres han hecho toda la vida y lo que van haciendo cada vez más por la gracia de la fotografía y del cine?

La lectura de El crepúsculo de las máscaras me recordó el trabajo de Freud Introducción del Narcisismo (1914). El texto es monumental y no hay forma de hacerle suficiente justicia, sin embargo, hay algunas ideas que quiero comentarte. Después de dedicar unas páginas a pegarle a Jung (que por las mismas fechas sufría un “colapso nervioso” debido a su aún reciente ruptura con Freud), el vienés (ya sé que Freud era Checo, pero parece que eso le gusta a muy pocos) señala lo siguiente:
Hemos descubierto que ciertas personas, señaladamente aquellas cuyo desarrollo libidinal experimentó una perturbación… no eligen su posterior objeto de amor según el modelo de la madre, sino según el de su persona propia. Manifiestamente se buscan a sí mismos como objeto de amor, exhiben el tipo de elección de objeto que ha de llamarse narcisista… promovemos esta hipótesis: todo ser humano tiene abiertos frente a sí ambos caminos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno o el otro. Decimos que tiene dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crió, y presuponemos entonces en todo ser humano el narcisismo primario que, eventualmente, puede expresarse de manera dominante en su elección de objeto.

La comparación entre hombre y mujer muestra, después, que en su relación con el tipo de elección de objeto presentan diferencias fundamentales, aunque no, desde luego, regulares.

El pleno amor de objeto según el tipo del apuntalamiento es en verdad característico del hombre. Exhibe esa llamativa sobrestimación sexual que sin duda proviene del narcisismo originario del niño y, así, corresponde a la trasferencia de ese narcisismo sobre el objeto sexual. Tal sobrestimación sexual da lugar a la génesis del enamoramiento, ese peculiar estado que recuerda a la compulsión neurótica y se reconduce, por lo dicho, a un empobrecimiento libidinal del yo en beneficio del objeto.

Diversa es la forma que presenta el desarrollo en el tipo más frecuente, y con probabilidad más puro y más genuino, de la mujer. Con el desarrollo puberal, por la conformación de los órganos sexuales femeninos hasta entonces latentes, parece sobrevenirle un acrecimiento del narcisismo originario; ese aumento es desfavorable a la constitución de un objeto de amor en toda la regla, dotado de sobrestimación sexual. En particular, cuando el desarrollo la hace hermosa, se establece en ella una complacencia consigo misma que la resarce de la atrofia que la sociedad le impone en materia de elección de objeto. Tales mujeres sólo se aman, en rigor, a sí mismas, con intensidad pareja a la del hombre que las ama. Su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad… Tales mujeres poseen el máximo atractivo {Reiz = estímulo} para los hombres, y no sólo por razones estéticas (pues suelen ser las más hermosas); también, a consecuencia de interesantes constelaciones psicológicas. En efecto, con particular nitidez se evidencia que el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto; el atractivo del niño reside en buena parte en su narcisismo, en su complacencia consigo mismo y en su inaccesibilidad, lo mismo que el de ciertos animales que no parecen hacer caso de nosotros, como los gatos y algunos grandes carniceros; y aun el criminal célebre y el humorista subyugan nuestro interés, en la figuración literaria, por la congruencia narcisista con que saben alejar de sí todo cuanto pueda empequeñecer su yo.

El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual. Puesto que, en el tipo del apuntalamiento (o del objeto), adviene sobre la base del cumplimiento de condiciones infantiles de amor, puede decirse: Se idealiza a lo que cumple esta condición de amor.

El ideal sexual puede entrar en una interesante relación auxiliar con el ideal del yo. Donde la satisfacción narcisista tropieza con impedimentos reales, el ideal sexual puede ser usado como satisfacción sustitutiva. Entonces se ama, siguiendo el tipo de la elección narcisista de objeto, lo que uno fue y ha perdido, o lo que posee los méritos que uno no tiene. En fórmula paralela a la anterior se diría: Se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal. Este remedio tiene particular importancia para el neurótico que por sus excesivas investiduras de objeto se ha empobrecido en su yo y no está en condiciones de cumplir su ideal del yo. Busca entonces, desde su derroche de libido en los objetos, el camino de regreso al narcisismo, escogiendo de acuerdo con el tipo narcisista un ideal sexual que posee los méritos inalcanzables para él.
En mi lectura, Freud sugiere que para el narcisista el amor (que en el fondo es amor a sí mismo y ya) tiene un destino fatal: desaparecer una vez que nuestro narcisista, haya “consumido” todo lo que pueda de su “[email protected]” y “sienta” que ahora no lo necesita. Creo que lLa iconofilia de Baltazar se parece al amor del narcisista.

No han faltado críticas para el artículo de Freud por sus “aires machistas y degradantes para las mujeres”; posiblemente se trata de personas que no pueden ver las múltiples y valiosas aportaciones de este trabajo y tienden a leer rápido y con poca paciencia.

A tales censores les quiero aventurar un poco de ficción histórica: 

Freud conoció a Lou Andreas Salomé en Weimar el 22 de septiembre de 1911. Salome, escritora y Femme Fatale, le fue presentada por Poul Bjerre (psiquiatra Suizo y simpatizante de Freud, que después de ver cómo el “vienés” la encantó, decidió alejarse un poco  del psicoanálisis porque “era demasiado sexual”). La cosa es que Bjerre escribió, a propósito de ¨la Salome¨ lo siguiente:
Era una persona excepcional; esto se notaba enseguida. Poseía el don de hacerse cargo inmediatamente del modo de pensar de otra persona, en especial cuando [esa otra persona] la amaba (…) Recuerdo también que me sentí horrorizado cuando me habló del suicidio de Rée ¿Y no sientes remordimientos?, le pregunté. Ella se echó a reír y me dijo que los remordimientos eran síntomas de debilidad (…). Lou parecía indiferente por completo a las consecuencias que pudieran tener sus actos (…). Tenía una extraordinaria fuerza de voluntad y le producía una gran alegría triunfar sobre los hombres. Podía inflamarse, sí, pero sólo por un momento y con una pasión de singular frialdad (…). Sí, destruyó matrimonios y vidas humanas, pero, en lo espiritual, su proximidad resultaba fructífera, estimulante y hasta excitante (…). 

Sostuvimos estrechas relaciones durante casi dos años y viajamos juntos (…). Pero cuando, en 1913, volví a verla en Múnich, había cambiado por completo, se había apartado de mí para seguir a Freud. Necesitaba un nuevo nombre para su colección: y estaba también el joven Tausk, que la amaba desesperadamente y que después se suicidaría (…)
Antes de Bjerre, Salome ya se había hecho de fama entre los famosos: con Nietzsche (quien le propuso matrimonio dos veces), con Paul Rée y con Rilke (entre otros). Sobre la Salome que muta, esa mujer que fascinó a Bjerre, esa mujer que al principio amó a los hombres para después dejarlos, podemos citar a Nietzsche, que en las cartas que envió a Lou tras su ruptura, escribió una y otra vez la misma frase, ¨La Lou de Orta era otra persona¨.

En fin, el asunto es que –según señalan Reyes Vallejo Orellana y Antonio Sánchez-Barranco Ruiz-, Freud y Andreas-Salome entablaron relaciones profesionales y de amistad cercana, al punto que “Salome” fue mentora de la Srita. Anna Freud, dado que su papá parecía no confiar en el papel de educadora de su esposa Martha (¡!)

Podemos especular que Freud conocía bien y de primera mano la historia de la Salome cuando empezó a escribir Introducción del Narcisismo que, según Strachey, fue en junio de 1913. Tal vez Freud tenía en mente la historia de la “heroína” de Bjerre cuando escribió: En particular, cuando el desarrollo la hace hermosa, se establece en ella una complacencia consigo misma que la resarce de la atrofia que la sociedad le impone en materia de elección de objeto. Tales mujeres sólo se aman, en rigor, a sí mismas, con intensidad pareja a la del hombre que las ama. Su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad… 

Heinz Peters, que tiene una interesante biografía de Andreas-Salome, señala que en su lecho de muerte ella dijo: “realmente no he hecho más que trabajar durante toda mi vida, trabajar… ¿por qué?… [creo que] si dejara que mis pensamientos vagaran, no encontraría ninguna [¿explicación?]. Lo mejor, después de todo, es la muerte

Muy apropiado para cerrar este comentario resulta el final de la entrada dedicada a Andreas-Salome en Wikipedia (o sea, lo que se piensa comunmente): Su pensamiento mezcló el psicoanálisis freudiano con la filosofía de Nietzsche y sus estudios se basaron, principalmente, en el narcisismo y en la sexualidad femenina.

Sin duda mezcló el psicoanálisis freudiano, la filosofía de Nietzsche y el narcisismo.

Así parece: el amor narcisista se apropia, consume, mimetiza y finge. Más… nada

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