Otra manera de ver o, ¿por qué me gusta la vista del río a la luz de la luna?

Aert van der Nee fue un pintor con dos especialidades: escenas invernales y paisajes nocturnos a la luz de la luna. Con un limitado rango de colores el artista logró crear en “Vista del río a la luz de la luna” (1640 – 1650), una experiencia única.
La pintura, elaborada en óleo sobre tabla, se encuentra exhibida en el Rijksmuseum de Ámsterdam en la sala 2.6

–>

¿Hasta dónde llega tu percepción de la obra?

Hagamos una lectura del cuadro considerando la propuesta de López Quintás quien nos invita, en su pedagogía de la admiración, a poner atención a las realidades del entorno de modo que podamos distinguir distintos “tejidos de la realidad” y así notar las diferencias entre objetos y los ámbitos de experiencia individual.

La propuesta del autor es que para “ver” diferentes tejidos de la realidad es necesario poner atención y contar con “una mente vacía” (en los términos de Husserl) y que si logramos “hilvanar” un nuevo tejido de la realidad nuestras actitudes cambiarán y, por tanto, nuestros ámbitos de experiencia se verán enriquecidos.

¿qué veo en la obra?:
  • El centro del cuadro lo ocupa un pescador que está agachado, preparándose para iniciar su jornada. Arriba, un poco a la derecha de quien mira, está la luna, que refleja la luz a 140 grados sobre un molino y unos barcos de vela grandes. al fondo, a la derecha del molino, la torre de un campanario. Van de Neer parece invitarnos a ver este espacio como un cuadro dentro del cuadro y como un punto focal importante para su relato.
  • Partiendo del centro de mirada (el pescador), en el cuadrante superior derecho la luna se entrevé en la bruma de la mañana: molinos, barcos de vela, casas, árboles y bueyes completan el espacio. El río, discreto, se continúa hasta fundirse con el horizonte. A lo lejos, a la derecha del cuadro, un par de personas caminan hacia el molino.
  • En el cuadrante superior izquierdo está la villa: podemos ver casas holandesas típicas del siglo XVII en madera, adobe y paja; también hay corrales, y camino, tal vez semi desierto por la hora del día. Junto a los árboles que están al centro del cuadrante notamos a una vieja y una mujer más joven trabajan, un hombre se adentra al pueblo con paso cansado. En una de las casas una vieja se asoma por la ventana superior. Junto al muelle unos pescadores se aprestan a salir. Hay un barco mayor, de vela y a su lado un caballo, en la orilla.
  • En el cuadrante inferior derecho vemos a un barquero preparando la carga para transportarla, un hombre transporta material en su carreta y ahuyenta a un perro. Notamos, frenta a nosotros, el paso esforzado del caballo.
  • En el cuadrante inferior izquierdo está un hombre sobre su carreta, lo sigue alguien con paso buen paso y tras ellos corre un perro. Al frente del cuadrante vemos un estanque con patos ocupándose de sus asuntos. Atrás del estanque hay un viejo sentado, que espera o descansa.
  • El pescador y el viajero se encuentran en primer plano y parecen dividir la escena del cuadro en dos espacios: a la izquierda del pescador y del viajero se vive y a la derecha se trabaja.
Ahora puedo armar un tejido alterno de la realidad:
El día empieza y algunas personas ya están trabajando. Están callados, ocupados en sus oficios y asuntos. A los animales de trabajo aún no les amanece y los animales domésticos están en lo suyo. Predomina la madera, usada en las barcas y las carretas y presente en los troncos, árboles, las casas, las cercas, los molinos y los veleros. La madera, la tierra y el rio son continuos en todo el cuadro. La gente del cuadro se nos presenta con la cabeza baja, parecen tener frío. Sentimos su silencio, tal vez hasta su cansancio y aburrimiento. La luna no nos deja en paz, ilumina una parte del cuadro que parece como otra vida, tal vez más interesante, menos monótona y desesperanzada. El retrato que hace van der Neer de una mañana de trabajo nos proyecta un inicio de jornada sombrío, monótono y un poco desesperado.
Al experimentar la obra podemos pensar que el siglo XVII en Europa no fue fácil para la gente común. En los distintos campos de juego que observamos en la pintura de van der Neer, se cuentan historias entre personas: nos damos cuenta del trabajo monótono en la villa, sentimos la soledad de los barqueros, notamos el fastidio de los hombres que van por el camino.

Así que:
Ir más allá de las apariencias y leer al fenómeno de una manera más profunda y enriquecedora. Tener la posibilidad de acercarse al fenómeno buscando ámbitos y no objetos, dejando de lado discursos sobre la técnica y la definición y aceptando que el otro tiene una intención comunicativa inmersa en un contexto histórico y técnico y que esto “pinta por él”.
Respetar la “realidad” que el fenómeno nos ofrece, solamente en este momento un objeto deja de exhibirse para nosotros y se convierte en parte de nuestra experiencia de vida. A partir de nuestra experiencia relacional con el fenómeno (arte, vínculo, etc.) podemos entender el valor de ajustar nuestras actitudes (epistémicas, estéticas y éticas) a una realidad mucho más profunda y presente.

Y tu mundo, ¿podría ser más amplio?

Salome: narcisismo y muerte

En su novela Gaspar, Melchor y Baltazar (Edhasa 1996), Michel Tournier presenta un relato que resume en El crepúsculo de las máscaras en donde, a propósito de lo que él llamó iconofilia, nos cuenta la siguiente historia: 
Desde su juventud, el rey Baltasar es un aficionado a los objetos de arte. De los zocos de su ciudad trae a casa el retrato de una doncella que cuelga encima de su cama. Un día llega su padre y le dice que, por ser el heredero, convendría que se casara. ¿Ha pensado ya en una muchacha? A Baltasar le coge desprevenido y señala el retrato. Pero cuando su padre le pregunta quién es, se ve obligado a confesar su ignorancia. Su padre se encoge de hombros y se dirige hasta la puerta. Luego se para, retrocede y le pide a su hijo que le confíe el retrato.

Provisto de ese único documento, encarga a la policía que busque a la chica retratada. Acaban por identificarla. Es la hija menor de un lejano hidalgo. Entablan tratos y unos meses más tarde los dos chicos están casados. La vida sigue su curso, pero desgraciadamente cuanto mayor se hace la esposa de Baltasar, más se aleja del retrato querido. Y Baltasar siente cómo va decayendo su amor por su esposa. Porque tal es su aberración que primero quiere a su imagen y luego al modelo, cuando suele ser lo contrario lo que ocurre. Y esta aberración es la que yo había llamado iconofilia.
Tournier creyó que la iconofilia (a la que él llama una nueva perversión) era algo nuevo e interesante para pensar pero –dice- después se dio cuenta de que no fue su invento y que reinaba desde hacía muchísimo tiempo sobre la humanidad: “Querer una imagen, querer identificarse con ella o por lo menos parecerse a ella, o también, para quererla, buscar a una persona que se parezca a esta imagen ¿no es lo que los hombres han hecho toda la vida y lo que van haciendo cada vez más por la gracia de la fotografía y del cine?

La lectura de El crepúsculo de las máscaras me recordó el trabajo de Freud Introducción del Narcisismo (1914). El texto es monumental y no hay forma de hacerle suficiente justicia, sin embargo, hay algunas ideas que quiero comentarte. Después de dedicar unas páginas a pegarle a Jung (que por las mismas fechas sufría un “colapso nervioso” debido a su aún reciente ruptura con Freud), el vienés (ya sé que Freud era Checo, pero parece que eso le gusta a muy pocos) señala lo siguiente:
Hemos descubierto que ciertas personas, señaladamente aquellas cuyo desarrollo libidinal experimentó una perturbación… no eligen su posterior objeto de amor según el modelo de la madre, sino según el de su persona propia. Manifiestamente se buscan a sí mismos como objeto de amor, exhiben el tipo de elección de objeto que ha de llamarse narcisista… promovemos esta hipótesis: todo ser humano tiene abiertos frente a sí ambos caminos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno o el otro. Decimos que tiene dos objetos sexuales originarios: él mismo y la mujer que lo crió, y presuponemos entonces en todo ser humano el narcisismo primario que, eventualmente, puede expresarse de manera dominante en su elección de objeto.

La comparación entre hombre y mujer muestra, después, que en su relación con el tipo de elección de objeto presentan diferencias fundamentales, aunque no, desde luego, regulares.

El pleno amor de objeto según el tipo del apuntalamiento es en verdad característico del hombre. Exhibe esa llamativa sobrestimación sexual que sin duda proviene del narcisismo originario del niño y, así, corresponde a la trasferencia de ese narcisismo sobre el objeto sexual. Tal sobrestimación sexual da lugar a la génesis del enamoramiento, ese peculiar estado que recuerda a la compulsión neurótica y se reconduce, por lo dicho, a un empobrecimiento libidinal del yo en beneficio del objeto.

Diversa es la forma que presenta el desarrollo en el tipo más frecuente, y con probabilidad más puro y más genuino, de la mujer. Con el desarrollo puberal, por la conformación de los órganos sexuales femeninos hasta entonces latentes, parece sobrevenirle un acrecimiento del narcisismo originario; ese aumento es desfavorable a la constitución de un objeto de amor en toda la regla, dotado de sobrestimación sexual. En particular, cuando el desarrollo la hace hermosa, se establece en ella una complacencia consigo misma que la resarce de la atrofia que la sociedad le impone en materia de elección de objeto. Tales mujeres sólo se aman, en rigor, a sí mismas, con intensidad pareja a la del hombre que las ama. Su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad… Tales mujeres poseen el máximo atractivo {Reiz = estímulo} para los hombres, y no sólo por razones estéticas (pues suelen ser las más hermosas); también, a consecuencia de interesantes constelaciones psicológicas. En efecto, con particular nitidez se evidencia que el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto; el atractivo del niño reside en buena parte en su narcisismo, en su complacencia consigo mismo y en su inaccesibilidad, lo mismo que el de ciertos animales que no parecen hacer caso de nosotros, como los gatos y algunos grandes carniceros; y aun el criminal célebre y el humorista subyugan nuestro interés, en la figuración literaria, por la congruencia narcisista con que saben alejar de sí todo cuanto pueda empequeñecer su yo.

El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual. Puesto que, en el tipo del apuntalamiento (o del objeto), adviene sobre la base del cumplimiento de condiciones infantiles de amor, puede decirse: Se idealiza a lo que cumple esta condición de amor.

El ideal sexual puede entrar en una interesante relación auxiliar con el ideal del yo. Donde la satisfacción narcisista tropieza con impedimentos reales, el ideal sexual puede ser usado como satisfacción sustitutiva. Entonces se ama, siguiendo el tipo de la elección narcisista de objeto, lo que uno fue y ha perdido, o lo que posee los méritos que uno no tiene. En fórmula paralela a la anterior se diría: Se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal. Este remedio tiene particular importancia para el neurótico que por sus excesivas investiduras de objeto se ha empobrecido en su yo y no está en condiciones de cumplir su ideal del yo. Busca entonces, desde su derroche de libido en los objetos, el camino de regreso al narcisismo, escogiendo de acuerdo con el tipo narcisista un ideal sexual que posee los méritos inalcanzables para él.
En mi lectura, Freud sugiere que para el narcisista el amor (que en el fondo es amor a sí mismo y ya) tiene un destino fatal: desaparecer una vez que nuestro narcisista, haya “consumido” todo lo que pueda de su “[email protected]” y “sienta” que ahora no lo necesita. Creo que lLa iconofilia de Baltazar se parece al amor del narcisista.

No han faltado críticas para el artículo de Freud por sus “aires machistas y degradantes para las mujeres”; posiblemente se trata de personas que no pueden ver las múltiples y valiosas aportaciones de este trabajo y tienden a leer rápido y con poca paciencia.

A tales censores les quiero aventurar un poco de ficción histórica: 

Freud conoció a Lou Andreas Salomé en Weimar el 22 de septiembre de 1911. Salome, escritora y Femme Fatale, le fue presentada por Poul Bjerre (psiquiatra Suizo y simpatizante de Freud, que después de ver cómo el “vienés” la encantó, decidió alejarse un poco  del psicoanálisis porque “era demasiado sexual”). La cosa es que Bjerre escribió, a propósito de ¨la Salome¨ lo siguiente:
Era una persona excepcional; esto se notaba enseguida. Poseía el don de hacerse cargo inmediatamente del modo de pensar de otra persona, en especial cuando [esa otra persona] la amaba (…) Recuerdo también que me sentí horrorizado cuando me habló del suicidio de Rée ¿Y no sientes remordimientos?, le pregunté. Ella se echó a reír y me dijo que los remordimientos eran síntomas de debilidad (…). Lou parecía indiferente por completo a las consecuencias que pudieran tener sus actos (…). Tenía una extraordinaria fuerza de voluntad y le producía una gran alegría triunfar sobre los hombres. Podía inflamarse, sí, pero sólo por un momento y con una pasión de singular frialdad (…). Sí, destruyó matrimonios y vidas humanas, pero, en lo espiritual, su proximidad resultaba fructífera, estimulante y hasta excitante (…). 

Sostuvimos estrechas relaciones durante casi dos años y viajamos juntos (…). Pero cuando, en 1913, volví a verla en Múnich, había cambiado por completo, se había apartado de mí para seguir a Freud. Necesitaba un nuevo nombre para su colección: y estaba también el joven Tausk, que la amaba desesperadamente y que después se suicidaría (…)
Antes de Bjerre, Salome ya se había hecho de fama entre los famosos: con Nietzsche (quien le propuso matrimonio dos veces), con Paul Rée y con Rilke (entre otros). Sobre la Salome que muta, esa mujer que fascinó a Bjerre, esa mujer que al principio amó a los hombres para después dejarlos, podemos citar a Nietzsche, que en las cartas que envió a Lou tras su ruptura, escribió una y otra vez la misma frase, ¨La Lou de Orta era otra persona¨.

En fin, el asunto es que –según señalan Reyes Vallejo Orellana y Antonio Sánchez-Barranco Ruiz-, Freud y Andreas-Salome entablaron relaciones profesionales y de amistad cercana, al punto que “Salome” fue mentora de la Srita. Anna Freud, dado que su papá parecía no confiar en el papel de educadora de su esposa Martha (¡!)

Podemos especular que Freud conocía bien y de primera mano la historia de la Salome cuando empezó a escribir Introducción del Narcisismo que, según Strachey, fue en junio de 1913. Tal vez Freud tenía en mente la historia de la “heroína” de Bjerre cuando escribió: En particular, cuando el desarrollo la hace hermosa, se establece en ella una complacencia consigo misma que la resarce de la atrofia que la sociedad le impone en materia de elección de objeto. Tales mujeres sólo se aman, en rigor, a sí mismas, con intensidad pareja a la del hombre que las ama. Su necesidad no se sacia amando, sino siendo amadas, y se prendan del hombre que les colma esa necesidad… 

Heinz Peters, que tiene una interesante biografía de Andreas-Salome, señala que en su lecho de muerte ella dijo: “realmente no he hecho más que trabajar durante toda mi vida, trabajar… ¿por qué?… [creo que] si dejara que mis pensamientos vagaran, no encontraría ninguna [¿explicación?]. Lo mejor, después de todo, es la muerte

Muy apropiado para cerrar este comentario resulta el final de la entrada dedicada a Andreas-Salome en Wikipedia (o sea, lo que se piensa comunmente): Su pensamiento mezcló el psicoanálisis freudiano con la filosofía de Nietzsche y sus estudios se basaron, principalmente, en el narcisismo y en la sexualidad femenina.

Sin duda mezcló el psicoanálisis freudiano, la filosofía de Nietzsche y el narcisismo.

Así parece: el amor narcisista se apropia, consume, mimetiza y finge. Más… nada

“Éste ha probado la fruta de Alberigo”, o, de traiciones y otras delicias (Parte 1 de 3)


Recientemente tuve oportunidad de observar una traición: sorprende la alevosía, el ataque a la confianza y la imposibilidad del traidor de ver lo que ha hecho (y mira que un terapeuta no es tan fácil de sorprender); es “notable” la “perfecta eficiencia” del ataque al vínculo, que deja a la parte traicionada paralizada y confundida.

Así que me pregunté: ¿Qué pasa en la mente del traidor?

La traición es la marca de Caín, que enfermo de celos y envidia, termina con la vida de su hermano. Los hombres de todas las épocas condenan al traidor y generalmente se le considera una persona “maldita”.

Dante reservó el noveno círculo del infierno para los traidores: ahí se encuentra el mismísmo demonio, que el poeta imagina desgarrado de rabia y dolor y consumiendo a los transgresores del orden secular y divino. Al final de su tour infernal, el florentino se encuentra con Alberigo de Manfredi, señor de Faenza, que ingresó en la orden de los Hermanos Gozosos. Este hombre se había enemistado con sus parientes. Un día, fingiendo reconciliarse con ellos, los invitó a un gran banquete y en el momento de servirse los postres los hizo asesinar. De este hecho tuvo origen el proverbio italiano “Éste ha probado la fruta de Alberigo”.
Veamos parte del canto XXXIII de la divina Comedia:

-Yo soy fray Alberigo, aquel cuyo huerto ha producido tan mala fruta que aquí recibo un dátil por un higo.

– ¡Oh! -le dije-, ¿también tú has muerto?

-No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba -repuso-, porque esta Ptolomea tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella antes de que Atropas mueva los dedos, y para que de mejor grado me arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un alma comete una traición como la que yo cometí, se apodera de su cuerpo un demonio que, a partir de entonces, dirige todas sus acciones hasta que llega al término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esta sombra que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerlo, si es que acabas de llegar al Infierno: es Branca d’Oria, el cual hace muchos años que fue encerrado aquí.

-Yo creo que me engañas -le dije-, porque Branca d’Oria no ha muerto aún, y come y bebe y duerme y va vestido.

-Aún no había caído Miguel Zanche -repuso aquél- en la fosa de Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca d’Oria dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el uno de sus parientes que fue cómplice en la traición. Extiende ahora la mano y ábreme los ojos.
Yo no se los abrí y creo que el ser con él desleal fue una lealtad por mi parte.
¡Ah, genoveses! ¡Hombres diversos de los demás en las costumbres, y llenos, además, de iniquidad! ¿Por qué no sois desterrados del mundo? Junto con el peor espíritu de la Romaña fray Alberigo, he encontrado a uno de vosotros que, por sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su cuerpo aparece aún vivo en el mundo
Dante, La divina Comedia, canto XXXIII

Psicosis e infinito (parte 3 de 3)

Eigen señala que, sin importar cómo surja en la mente la distinción yo-otro, cuando finalmente ocurre los procesos naturales tales como la percepción y la coordinación corporal cambian de alcance y se vuelven aspectos de la “vida” del self, con lo que un mundo nuevo de relaciones tiene lugar (pensemos en las problematizaciones de la Primera Meditación de Descartes o en el concepto knowledge by acquaintance de Rusell). 
Ya dijimos que el autor parece sugerir que el self está destinado a enfrentar por un lado el sentimiento de finitud, que proviene de la cognición, y por otro la nostalgia del infinito, que es un residuo de su formación, y que nuestra construcción de la realidad interna se verá afectada por el modo en que resolvamos este asunto. Siguiendo con esta idea, parece que nuestro autor ropone pensar que el self psicótico queda desgarrado entre lo finito y lo infinito, de modo que no logra resolver su relación con el soma: o bien es todo cuerpo, todo cabeza, todo productos corporales o es adimensional; o bien es todo lo que hay en el mundo al mismo tiempo o es una mente descorporeizada.
Aunque a Eigen no le preocupa el problema de la espacialidad y la temporalidad, ya que su interés es describir la experiencia del psicótico,  podemos continuar nuestro entendimiento de su línea de pensamiento y aventurar laa siguientea ideaa: Hume propuso que las experiencias de sucesión y proximidad a las que nos enfrentamos todos desde el nacimiento nos permiten “instanciar” la espacialidad y la temporalidad, aspectos claves para construir nuestra subjetividad. Kant, por su parte, las consideró formas a priori de la sensibilidad; para este filósofo el espacio es la forma correspondiente a la sensibilidad externa y el tiempo es la forma organizadora de la sensibilidad interna, dándoles el máximo estatus epistémico (de ahí que también se conozcan como intuiciones puras), entonces:
¿sería posible pensar que la relación del self con el soma definan la capacidad de la persona para construir la frontera entre la realidad interna y la externa así como sus condiciones de posibilidad para conocer? Aún más, ¿valdría la pena explorar la idea de que las condiciones de posibilidad de todo conocimiento (nuestra experiencia del espacio y el tiempo) dependen de la relación del self con el soma? Una mente descorporeizada (como el famoso experimento mental del cerebro en la cubeta) no podría conocer.
La perdida de los límites es enloquecedora, carecer de fronteras o no poder aceptarlas resulta en una pérdida de la espacialidad y de la dimensionalidad de la mente así como de la temporalidad del mundo.
La psicosis, ese sería el destino de un cerebro en una cubeta.

Io and the tragedy of love

Her story too was one of abduction and metamorphosis.
Tormented by a gadfly, she crossed and recrossed sea after sea in a state of constant mental anguish. She even gave her name to the sea that led to Italy. Zeus’s love for her had brought her to madness and disaster. It all began with some strange dreams, when Io was priestess in the Heraion near Argos, the oldest of all shrines and the place that gave the Greeks their way of measuring time; for centuries they numbered their years with reference to the succession of priestesses in the Heraion. Io’s dreams whispered of Zeus’s passionate love for her and told her to go to the fields of Lerna, where her father’s sheep and oxen grazed. From now on she would no longer be a priestess consecrated to the goddess but an animal consecrated to the god, like the ones that wandered freely about the sanctuary grounds. Thus her dreams insisted. And so it was.
But one day the sanctuary grounds would expand to become the whole world, with its boundless seas, which she was to ford one after the other without respite, forever goaded by that relentless gadfly. And the vaster the landscape about her, the more intense her suffering became. By the time she came across another victim, Prometheus, what she wanted most of all was to die, not realizing that she had found another sufferer like herself who could not hope to die. But for Io, as for Prometheus, release from obsession did come at last. One day, after she had crossed to Egypt, Zeus skimmed his hand lightly over her. At which the crazed young cow became a girl again and was united with the god. In memory of that moment she called her son Epaphus, which means “a hand’s light touch.” Epaphus later became king of Egypt, and rumor had it he was also the ox called Apis.

Roberto Calasso. The Marriage of Cadmus and Harmony

Psicosis e infinito (parte 2 de 3)

Continuando con algunas ideas de Michael Eigen, él piensa que mientras que para una persona más o menos normal las fronteras entre las antinomias (material-inmaterial, percepción-alucinación) operan bien, para el psicótico éstas se viven como muy rígidas o muy laxas y pueden cambiar o levantarse en cualquier momento. Al carecer de puntos de referencia dinámicos, el sentimiento de mismidad (I-feeling) del psicótico se ve comprometido, es decir, él carece de la cohesión interna que le da a la experiencia del mundo un sentido.
¿a qué se refiere Eigen con la idea de un sentimiento de mismidad comprometido? Eigen cita a Federn, que en su libro “El yo, la psicología y la psicosis” apunta una observación clínica importante: parece que en la mayoría de los casos un tipo de despersonalización (pérdida del sentimiento de mismidad) se presenta antes de un brote psicótico. Al estudiar el fenómeno detenidamente observó que el sentimiento del self corporal (unidad corporal) frecuentemente se perdía antes del sentimiento del self mental (mismidad mental), también identificó que al despertar, los pacientes con brotes psicóticos generalmente recuperan primero el sentimiento del self mental y después el sentimiento del self corporal (experiencia distinta a la de una persona no psicótica, quien al despertar experimenta un sentimiento de integración mental y corporal).
Por otro lado, Federn pensó que el sentimiento de mismidad mental precede en el desarrollo de la mente al sentimiento de unidad corporal, así que propuso que en el infante se logra una mismidad mental antes de que se constituya la experiencia de los límites espaciales.
Lo que Federn intuye, bien señala Eigen, tiene implicaciones muy interesantes ya que en el principio de la vida psíquica se constituye un self proyectado en todas direcciones, un self que lo abarca todo y lo consume todo. La mismidad mental es, de origen, omnipresente. Cuando surgen los límites espaciales, piensa Federn, el yo se modera, construye un mapa del mundo y desarrolla una prueba de realidad. A partir de la experiencia de los límites es que la mente aprende a ser coextensiva con su propio cuerpo y renuncia a la omnipresencia, pero, continua Eigen, se trata de una dislocación fundamental, ya que se incorpora una “segunda naturaleza” en el ser humano: la mismidad mental, que precede a los límites espaciales, se extiende para abarcarlo todo y la integración define a un self más pequeño y exitoso en el mundo.
En nuestra lectura de Eige: para sobrevivir, la persona se ve forzada a abandonar un self omnipresente y el precio que paga es la instauración de lo que regresará una y otra vez como una “nostalgia del infinito“. Se trata de una alienación fundamental, un corte entre un  self-mundo y un self-en el mundo. La experiencia subjetiva de esta doble naturaleza -en el sentido de Eigen- es una “caída” al mundo. El dasein (en términos filosóficos) queda atrapado entre el mundo y lo infinito, siempre buscando recuperar aquello a lo que renunció.

Como ha sido dicho una y otra vez: El paraíso es el precio que pagamos por el mundo.

El amor asesinado

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno…
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre…, no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló… El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto…
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía…
Emilia Pardo Bazán

Psicosis e infinito (parte 1 de 3)

Michael Eigen, en su interesante libro “The psychotic core“, reflexiona acerca de las ideas de infinito y finitud y su relación con la psicosis. Nuestro autor, a partir de considerar los problemas de los psicóticos con los límites y las fronteras, piensa a la persona en relación con el otro y el mundo.
Para Eigen uno de los principales misterios del ser humano es que nuestro sentido de los límites puede cambiar de maneras radicales: el sentido de lo que uno es (sí mismo) puede expandirse e incluir toda la existencia o contraerse al punto en que el sí mismo (no el self, sino la experiencia del self) se borre. 
Consideremos por un momento el comportamiento de los bebés: Eigen nos recuerda que lo que pasa en un infante tiene poco que ver con lo que pasa en una mente madura, aun cuando parece que ambas personas habitan el mismo mundo: los placeres y molestias de un infante no se conectan con nada que nosotros podamos pensar y sus reacciones parecen fuera de todo límite y proporción. Tal vez, continúa Eigen, las sensaciones que experimenta un infante lo desbordan porque él carece de todo marco de referencia para enfrentarlas.
El bebé, nos propone Eigen, vive en un mundo que se aproxima a lo que nosotros llamamos alucinatorio; caracterizado por la descoordinación entre las percepciones diarias y la experiencia de las fantasías.  El autor piensa que una de las tareas más importantes que el bebé enfrenta es la de relacionar el mundo interior con el exterior, ya que al principio de la vida esta relación no está dada, sino que se debe construir durante el desarrollo. Eigen sugiere que el psicótico parece haber fallado en esa tarea.
Uno de los problemas principales en la psicosis, continua el autor, es la coordinación entre nuestro sentido de lo material y lo inmaterial: en el psicótico estas dos dimensiones experienciales se mezclan de modos inusitados; mientras que en la vida de una persona que no está gobernada por sus aspectos psicóticos el sentido implícito de lo inmaterial se mezcla con nuestro sentido de la realidad material de un modo relativamente estable y sin saltos abruptos, en la psicosis se da un desajuste entre la invisibilidad e intangibilidad de la mente y la realidad física diaria.
Así, parece que los psicóticos fallan al acomodar su experiencia de la inmaterialidad del mundo psíquico a la experiencia del mundo externo: los límites espaciales ordinarios se abaten y la experiencia de lo inmaterial inunda el mundo, produciendo una saturación más allá de lo sensible, que puede ser vivida como una maldad omnipresente y persecutoria.
La psicosis, señala Eigen, nos permite ver cuán difícil es la coordinación entre la mente y la realidad: para el psicótico, que no logra poner en paz la experiencia del mundo físico y la del mundo interno, la vida es un permanente e infinito horror.

El rostro del Otro y el Mal primordial

Zizek, en su texto “La mirada animal del Otro”, retoma el argumento que Derrida desarrolló en L’Animal que donc je suis para presentar un brillante ataque a la propuesta de Levinas.
Para Zizek Levinas, a partir del rostro del Otro, deja fuera al tercero. Dije Zizek que “En su plano más radical, este Tercero no es solo un tercer ser humano que está al margen de la dualidad establecida entre mi persona y el rostro que tengo ante mí, sino el tercer rostro, el inhumano rostro animal excluido por Levinas como hecho ético. (Irónicamente, cabe decir que el mejor argumento contra el rostro levinasiano es el rostro mismo, el rostro desdeñado y excluido por el propio autor.)
Zizek señala que el verdadero salto ético se da más allá del rostro del Otro, se trata de suspender la influencia de su rostro y elegir contra el rostro que tengo ante mí, por consideración a un tercero, que está ausente. Zizek va más allá, al señalar que “esta frialdad es la justicia primordial”. Pienso que Zizek está en lo correcto cuando señala que todo predominio del Otro en virtud de su rostro deja al Tercero como un fondo anónimo y que un acto de justicia no consiste en darle su lugar al rostro que tengo ante mí, sino que no requiere abstraernos de la profundidad del rostro para incluir a los Terceros anónimos, los terceros del fondo. Sin ese cambio de perspectiva, continua Zizek, no se puede desarraigar la justicia y no se logra romper el cordón umbilical que limita la justicia a una situación particular. 
solo ese giro hacia el Tercero cimenta la justicia en la dimensión de la universalidad. Cuando Levinas intenta cimentar la ética en el rostro del Otro, ¿acaso no se aferra a la raíz última del compromiso ético, temeroso de aceptar el abismo de la Ley desarraigada como único fundamento de la ética? Que la justicia sea ciega significa precisamente que no se puede cimentar en la relación con el rostro del Otro.
Zizek va más lejos al señalar que “La primacía del Tercero tiene una consecuencia crucial: si aceptamos que el Tercero está –no solo empíricamente, sino también en el plano conceptual de la constitución trascendental– siempre ahí, que no llega en segundo lugar, como una complicación de la relación primordial con el rostro del Otro, entonces lo que para Levinas constituye la experiencia ética elemental, la de quedar obsesionado con el rostro del Otro, es en realidad (la aparición de) todo lo contrario: un Mal primordial, de grado cero, que perturba el equilibrio de lo colectivo mediante una preferencia egoísta por un rostro a expensas de todos los demás

To forgive

Kierkegaard (The Sickness unto Death) says that forgetting (as a verb) “is the opposite of creating, since to create is to bring forth from nothing, and to forget is to take back into nothing” (maybe that’s why only God can really forgive?, I don’t know)

Anyway, Kierkegaard provided us with this beautiful idea: “What is hidden from my eyes, that I have never seen; but what is hidden behind my back, that I have seen. The one who loves forgives in this way: he forgives, he forgets, he blots out… in love he turns toward the one he forgives; but when he turns toward him, he of course cannot see what is lying behind his back
Recognising Kierkegaard’s relational vision of ‘the self before God’, one can smell the delicate and beautiful balance between I and Thou (yes, in the terms of Buber) in Kierkegaard’s forgiveness, don’t you think?