Después de la 917

Es diciembre y, entre tanta vacuidad, igual y se les antoja leer algo de Borges:

“…

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XLVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían el artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo.

El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres —Jorasán, Armenia, Erzerum—, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo XIII, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección «Idioma y literatura» era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön…

Esta noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo American Cyclopaedia… Entró e interrogó el volu-men XLVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar…”

Jorge Luis Borges

¿la vanidad de la plenitud o la plenitud de la vanidad?

Hablaba con ella acerca de la auto-referencia (omnipotencia) y el conocimiento.

Imaginemos a un hombre frente a un cuadro: lo mira y algo le llama la atención; le provoca, despierta, revuelve por dentro. Ese es el fundamento de la experiencia estética, pero no es pensamiento estético.  Ahora supongamos que nuestro hombre, maravillado, empieza a ir todos los días al museo a observar el mismo cuadro: conforme pasa el tiempo lo memoriza, entiende lo que le provoca, averigua del pintor, de la época, lee las críticas y los contextos de los críticos. Lee del movimiento artístico y los antecedentes filosóficos de ese movimiento. Teoriza sobre el por qué los curadores lo han puesto donde lo pusieron, etc. Con cada paso que da, se abre para él un universo de pensamiento y, tal vez, se olvida la experiencia estética (origen de todo).

Así, en un extremo el hombre tiene una experiencia interna y en el otro tiene un saber histórico, museográfico, etc. Si somos afortunados y dedicados, la ruta que nos trazamos para navegar el mundo nos llevará a conocer y, después, a la amenaza de desconocernos.

Claramente quedarnos en la auto-referencia de lo que experimentamos y creemos es tan pobre como quedarnos en la alienación de los otros discursos (aún si se trata de discursos académicos), entonces ¿Qué hacer?

¿qué más podemos decir de la “antinomia” auto-referencia (la vocación masturbatoria de la mente del amo obsesivo) VS alienación (la vocación evitativa de la mente del amo fóbico)?

No sé. Pero entretanto conviene recordar a Unamuno:

La razón es una fuerza analítica, esto es, disolvente, cuando dejando de obrar sobre la forma de las intuiciones, ya sean del instinto individual de conservación, ya del instinto social de perpetuación, obra sobre el fondo, sobre la materia misma de ellas.

La razón ordena las percepciones sensibles que nos dan el mundo material; pero cuando su análisis se ejerce sobre la realidad de las percepciones mismas, nos las disuelve y nos sume en un mundo aparencial, de sombras sin consistencia, porque la razón fuera de lo formal es nihilista, aniquiladora.

Y el mismo terrible oficio cumple cuando sacándola del suyo propio la llevamos a escudriñar las intuiciones imaginativas que nos dan el mundo espiritual.

Porque la razón aniquila y la imaginación entera, integra o totaliza; la razón por sí sola mata y la imaginación es la que la vida.

Si bien es cierto que la imaginación por sí sola, al darnos vida sin límites nos lleva a con-fundirnos con todo, y en cuanto individuos, nos mata también, nos mata por exceso de vida.

La razón, la cabeza, nos dice: ¡nada!; la imaginación, el corazón, nos dice: ¡todo!…

La razón repite: ¡vanidad de vanidades, y todo vanidad! Y la imaginación replica: ¡plenitud de plenitudes, y todo plenitud!

Y así vivimos la vanidad de la plenitud o la plenitud de la vanidad.

La soledad de Ivan Ilych

In the midst of the conversation, Fedor Petrovich glanced at Ivan Ilych and became silent. The others also looked at him and grew silent.

Ivan Ilych was staring with glittering eyes straight before him, evidently indignant with them.

This had to be rectified, but it was impossible to do so.

The silence had to be broken, but for a time no one dared to break it and they all became afraid that the conventional deception would suddenly become obvious and the truth becomes plain to all.

Lisa was the first to pluck up courage and break that silence, but by trying to hide what everybody was feeling, she betrayed it.

Well, if we are going it’s time to start,

she said, looking at her watch, a present from her father, and with a faint and significant smile at Fedor Petrovich relating to something known only to them.

She got up with a rustle of her dress.

They all rose, said good-night, and went away.

When they had gone it seemed to Ivan Ilych that he felt better; the falsity had gone with them.

But the pain remained—that same pain and that same fear that made everything monotonously alike, nothing harder and nothing easier.

Everything was worse.

No free associations

When the patient talks about blood, I know what it means and I can produce plenty of associations, but the patient produces none. So I can either let an association of his pass without proper interpretation, and so feel an opportunity is lost, or I can use my own associations and give an interpretation that, in my giving of it, makes me abandon my position as an analyst and become a participant in his game—a game played according to rules of which I am not aware. But I do this if I do not give an interpretation.

From this point of view it might be put thus:

P. Blood. Now it’s your turn to play.

A. (silent)

P. (to himself) What! Doesn’t know what blood is? He must be mad.

A. Blood is your common sense which you feel is seeping away.

P. Yes. (And then follow more remarks which are in fact not comprehensible to me, but are to him because they are part of a game which only he understands. This game is a sexual one—sexual, that is, in the eyes of someone.)

Bion

La humanidad del otro hombre

Transferirse, aceptar la debilidad sin cobardía; es el ser cayendo en humanidad, como una lágrima.

Where have I been? Where am I? Fair daylight,

I am mightily abus’d. I should e’en die with pity,

To see another thus. I know not what to say.

I will not swear these are my hands. Let’s see.

I feel this pin prick. Would I were assur’d

Of my condition!

Shakespeare, King Lear IV, 7.

 

Para evitar la desesperanza existencial solemos tomar la salida que desmiembra al otro. Lo que no vemos es que esta violencia también nos borra a nosotros: humanos “apenas”, brincamos de evento en evento, de cuerpo en cuerpo, de acto en acto, de una noche a la que sigue. Consumimos sin nutrirnos y, languideciendo, necesitamos más.

Hace unos años leí un trabajo de Kristeva en que nos recuerda que la libertad tiene que ver con la capacidad del hombre de encontrar a los otros como otros. No se trata -digo yo- de ignorar a los otros, ni de usar a los otros, ni de acordarse de los otros cuando uno necesita de sus servicios o está aburrido o triste, sino de transferirse al lugar de los otros (eso es diferente a proyectarse). Transferirse al lugar de los otros nos permite escoger bien entre los muchos -no infinitos- vínculos posibles y nos permite hacer juicios apropiados.

Transferirse al lugar de los otros nos permite darnos cuenta de que querer no es querer complacer y respetar no es permitir que hagan de nosotros una alfombra. También nos permite darnos cuenta de que contener no es digerir por el otro. Si podemos hacer esto, nuestra relación se hará re-unión: conciencia de sí y ser-en-acto (para usar los términos de Levinas). Solamente así la experiencia es fuente de sentido.

Mother

Alguien escribió por ahí:

Is there any association with landscape and the (body of the) mother? I recently spent a week at the Kruger National Park in South Africa and was amazed with the river beds with no water.

Pensé su pregunta desde la infancia de la palabra: ‘landscape’

  • Land de landja (country-one’s native land)
  • Scape de Scap (vessel-container)

Mother – landscape : Container of one’s native land.

Sentir

“Me siento sola y asustada” -me dijo.

Lo siento mucho, pensé.

Je sens. Resulta que el verbo sentir, en francés, significa oír/sentir/oler.

  1. Sentir es “to feel” y también “to sense”. “Lo siento”, literalmente “I feel it”; es una de esas expresiones sabias que hablan del adentro (el psiquismo), la frontera (la piel) y el afuera (las cosas).
  2. Sentir es una palabra que ha caminado desde el latín sentire, vinculada con la raíz indoeuropea *sent, que podemos entender como tomar una dirección. Así, sentir es también dirigirse a algún lugar.
  3. Sentire también está vinculada con el germánico sinn, que puede entenderse como deseo, comprensión y significado (sinn machen)

Sentir nos recuerda cómo alma y cuerpo están anudados, también nos recuerda que alma y sentido están anudados e igualmente que tú y yo estamos anudados.

Sentir es sentir el mundo y, con suerte, cuando uno siente, lo siente.

Así está bien

Bion, sus cogitaciones y nuestras pequeñeces

Hace unos días escuché a unos colegas hablando acerca del taller/conferencia que dio respetadísima maestra sobre temas del quehacer de los psicoanalistas. Confieso que yo no asistí al taller, tenía pacientes y -como suele pasarme- andaba un poco empachado de teoría. Como sea, los colegas se armaron sendos pseudo-argumentos a favor y en contra del conocimiento de la ponente.

Hipnotizado por las palabras de mis colegas, me sorprendí “entrando” a su debate y jalando recuerdos e ideaciones de aquí y de allá, haciendo pequeñas escaramuzas mentales que, por suerte, se extinguieron pronto. Ayer por la mañana llegó a mi mente un pequeño texto de Bion, de sus pre-postumas Cogitaciones.

El texto es de 1969, ¿tal vez del 15 de marzo?. La traducción es mía (seguro hay otra mejor).

Mucha de la controversia psicoanalítica no es ninguna controversia. Si la escuchamos por suficiente tiempo -ponga usted un año, aunque preferentemente dos o tres- los patrones empiezan a emerger, al punto que podría escribir una ponencia apropiada para citarse en cualquier mesa de jornada, taller o simposio, simplemente alterando una o dos frases.

“Damas y Caballeros, hemos escuchado un texto estimulante y muy interesante. Yo tuve la gran ventaja de leerlo con anticipación y, aunque no puedo decir que coincido en todo lo que ha dicho el Dr. X” (principalmente porque no tengo una remota idea de lo que él piensa que está diciendo y estoy seguro de que él tampoco), “encuentro su presentación extremadamente estimulante. Hay muchos puntos que me gustaría discutir con él si tuviésemos el tiempo” (gracias a Dios no lo tenemos), “pero sé que aquí hay muchos colegas ansiosos por tomar el micrófono” (en particular todos nuestros insoportables residentes que hasta el momento nadie ha logrado callar). “Así que no tomaré mucho de nuestro tiempo. Sin embargo, hay un asunto en el que a mi me gustaría que el Dr. X pudiese compartir sus ideas” (en este punto me preparo para dar a uno de mis rollos favoritos su periódica salida a pasear, no importa ni mínimamente cuán irrelevante sea o que tan improbable sea que el Dr. X tenga algo que decir sobre el asunto, tampoco importa que yo no tenga la menor intención de escuchar los puntos de vista del Dr. X, en el improbable caso de que los tenga.) “Pienso que” (y solamente los pobres diablos de mi grupillo saben qué tan a menudo pienso) “que… etc… etc.”

The mystery of consciousness

Why such an interest in consciousness at the present time? Could it be because of a feeling that we might in this phenomenon be in the presence of something absolutely inexplicable? After all, not everything is explicable. The greatness of a particular work of art, while not pure mystery, is a matter of ‘noumenal’ depth, a bottomless well, beyond demonstration. Is consciousness such a thing? Are we in this phenomenon running our heads up against the limits of explanation?

This seems unlikely. It is worth remembering that at some point during the history of the life-system of which we are part, consciousness evolved into being, and that the laws of physics cannot have relaxed their hold upon physical phenomena as it did. And it seems equally certain that supervenience must have characterized the emergence of consciousness upon such a physical basis, and that it is inconsistent with a radical contingency. If one physical condition corresponds to consciousness in one animal in one life-system in one sector of physical space, it is not going to correspond to unconsciousness or something quite other either in another animal or in a different life-system in another part of the universe. These considerations suggest that there cannot be much to the idea that consciousness is an essentially inexplicable phenomenon. What that explanation is, and whether we can ever hope to find it, are naturally enough other matters.

And so when people speak of ‘the mystery of consciousness’, they perhaps mean that nothing could explain the appearance of so radical a novelty on the world scene. But it is possible that what they are thinking of is something rather different. It could be that what they have in mind is, that whatever the explanation of consciousness may be, that explanation must be one that is marked by a natural depth which is barely to be plumbed in its entirety. And it is easy to sympathize with such a sentiment. And yet why single out consciousness in this regard? Are we to assume that a comparable attitude is out of place concerning Mentality itself—or even Life? Are not these phenomena marked likewise by depth of this particular type, and in that specific sense of the term by ‘mystery’ of a kind?

Brian O’Shaughnessy